La declinación argentina y el camino del crecimiento

Fragmento de la exposición del CEO del Grupo Clarín en el encuentro de AEA (Asociación Empresaria Argentina) celebrado el martes pasado. “No hay razones físicas ni geográficas para que una empresa, un inmueble o un salario estén tan devaluados en nuestro país en relación con la región y con el mundo. Hay básicamente razones políticas, institucionales y económicas”. Por Por Héctor H. Magnetto.

La declinación argentina y el camino del crecimiento
11 Junio 2022

Creo que en general, en nuestro país, la conquista y el mantenimiento del poder suelen estar por encima de su función instrumental, de su rol como herramienta de desarrollo y progreso. Esto se traslada a una dinámica que exacerba la confrontación, alimenta el internismo y dificulta cualquier intento serio de pensamiento estratégico, otro gran déficit nacional. Lo que lleva a que las decisiones estructurales se dilaten y a que la inacción se transforme en inercia. A esto hay que sumarle una relativización persistente de las reglas de juego básicas de la democracia capitalista, que en nuestro caso no son otras que las de nuestra Constitución.

No hay razones físicas ni geográficas para que una empresa, un inmueble o un salario estén tan devaluados en nuestro país en relación con la región y con el mundo. Hay básicamente razones políticas, institucionales y económicas. Para crecer debemos producir más bienes y servicios; y para ello se necesita ante todo inversión privada y rentable. La misma requiere de estabilidad macroeconómica y jurídica, de respeto al derecho de propiedad, de efectiva división de poderes. Y ante todo de una clara y tenaz decisión política, acompañada de los acuerdos necesarios para llevarla adelante.

Los argentinos llevamos décadas de crecimiento ínfimo, de inflación endémica, de desequilibrios fiscales y de balanza de pagos permanentes, de emisión monetaria y endeudamiento para financiarlos. Pensemos que el ciudadano promedio del mundo hoy es 4,4 veces más rico que en 1950, pero el argentino sólo dos veces. En cambio, un australiano lo es 3,1 veces, un brasileño 9,7 veces y un coreano 30 veces. Pocos países han logrado mejorar menos los ingresos de sus habitantes que la Argentina, lo que sin dudas debe interpelarnos.

En este trayecto de declinación el país ha aumentado enormemente el gasto público y los impuestos, aún los más distorsivos. Desequilibrios que pueden transformarse en verdaderas hipotecas cuanto más nos alejemos de la prudencia e insistamos en medidas voluntaristas.

Cuando hablamos de multiplicar ingresos hablamos de incentivar las fuerzas de la producción, de ir normalizando, otra vez con realismo y con prudencia, las distorsiones -impositivas, logísticas, de infraestructura, regulatorias, educativas- que dificultan la inversión, obturan la creación de empleo, retrasan la innovación y, en definitiva, afectan la productividad y la competitividad.

El nuevo escenario mundial nos muestra algunas hendijas, como las potenciales demandas energéticas y alimentarias. Por eso, el camino para recomponer nuestra credibilidad interna y externa, y demostrarnos -primero a nosotros mismos y después al mundo- que podemos ser una democracia capitalista confiable, no admite más demoras.

En este punto, hay que aprovechar nuestras ventajas competitivas. La agroindustria no sólo es el principal generador de divisas, sino que además está en condiciones de multiplicar ese aporte con más valor agregado. En energía, nuestros recursos pueden garantizar el abastecimiento interno y también superávits exportables, ayudando a la balanza de pagos y generando el puente hacia la transición energética. La minería se puede transformar en una fuente de ingresos creciente. La industria de mayor densidad ha demostrado ser competitiva y generar trabajo de calidad. Las manufacturas configuran un entramado productivo y social que debe abordarse con inteligencia. Y la economía del conocimiento está revelando un interesante potencial.

El desafío es grande. Pero creo que, en definitiva, es la aspiración de gran parte de la sociedad, que quiere que el país ofrezca condiciones para el desarrollo y no para la emigración de las nuevas generaciones. Quizás, y solo quizás, la realidad tan compleja que vivimos haga más difícil la apelación a los espejismos y las fórmulas mágicas. Y nos obligue a poner manos a la obra…

La industria de medios

Sobre Internet discurre gran parte del flujo de información que alimenta la educación, la cultura y la vida democrática. Sin conectividad, es difícil mantener una conversación pública libre, plural y creativa en el mundo actual. Pero sin libertad de expresión es directamente imposible. Como lo sería sin organizaciones que tengan como función profesional el ejercicio del periodismo y la generación de contenidos.

Según el último informe de Freedom House sobre el estado de la libertad global, los últimos 16 años en el mundo han sido de declinación democrática. Guerras, autoritarismos, manipulaciones electorales, ataques a la prensa, cooptación de la justicia y corrupción, son algunos de los fenómenos que ilustran esta declinación.

El libre flujo de información, pero también la información de calidad, son presupuestos para contrarrestar esa declinación democrática. Sin dudas, la revolución digital ha generado un cambio exponencial en la manera de producir y consumir noticias, y también la disrupción del modelo de negocios que había asegurado por décadas la sustentabilidad del periodismo profesional.

Las comunidades en las redes sociales, o la posibilidad de convertirse en el propio editor que ofrecen las plataformas, son ventanas novedosas. Pero las mismas no reemplazan la búsqueda profesional de información, el ejercicio de auditoría democrática que define a la prensa, el análisis y la crítica basados en hechos. Hacer periodismo fue, es y será costoso.

El desafío es ir encontrando un modelo de sustentabilidad global, porque resulta claro que la agenda pública de una sociedad no puede estar a merced de un algoritmo o de un diálogo de sordos en un ecosistema que premia la viralización y las cámaras de eco. Sin dudas la digitalización trajo nuevas formas de hacerse oír y nuevas herramientas para escuchar. Pero el reto es no quedar atrapados en el ruido o en el caos de la desinformación.

Por eso creo en el futuro del periodismo. Creo en la vigencia de quienes, desde sus legítimas cosmovisiones, criterios editoriales y estándares profesionales, puedan interpretar, interpelar, y representar el mandato de sus audiencias en el debate público. La última palabra, como siempre, la tendrá la ciudadanía.

Por Héctor H. Magnetto.

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