TEATRO SAN MARTÍN. En el evento, Malaisi habló sobre la consecuencia de emplear desmedidamente el celular.
Un niño feliz y consciente puede cambiar al mundo. Sabe decir sí, pero también no y tal vez. Es capaz de predicar el carpet diem sin descuidar su futuro ni responsabilidades.
Sin embargo, para llegar hasta tal punto, primero necesitamos de un tesoro poderoso: la educación emocional.
Lucas Malaisi es psicólogo, docente y presidente de la Fundación Educación Emocional. Desde hace décadas, él se dedica a brindar capacitaciones y talleres informativos sobre este constructo en Argentina y otros países.
Fruto de esa militancia y compromiso es que el autor creó un proyecto de ley para implementar el tema en las escuelas. El documento ha viajado (con mayor o menor eficacia) por varias legislaturas provincias y dentro de la Cámara de Diputados y Senadores de la Nación.
Convocado por la Fundación Compromiso Solidario, el orador estuvo en Tucumán para hablar sobre los “Usos y abusos de las pantallas y sus consecuencias en niños/as y adolescentes”.
Reflexiones y balance
- Una de las grandes críticas hacia el modelo educativo actual apunta a que los alumnos son como autómatas que absorben datos, ¿a qué se debe?
- Esto corresponde a un fenómeno global. Ya hace décadas, Howard Gardner -creador de la teoría de las inteligencias múltiples- había advertido que el sistema educativo mundial hacía hincapié solo en las dos primeras inteligencias (lógica matemática y lingüística). Apuntar al aspecto cognitivo fue útil durante la era industrial porque necesitábamos que la gente se alfabetice y tenga conocimientos técnicos para trabajar. Superada esa etapa, hoy aparece otro desafío: el analfabetismo emocional. Tenemos información de sobra al alcance de la mano, pero aún falta desarrollar estas habilidades.
- ¿Resulta complejo cambiar el sistema para sumar la educación emocional en las aulas?
- En absoluto porque no hablamos de dejar de hacer, romper o modificar por completo un paradigma. En las escuelas, simplemente se seguiría haciendo lo de siempre; con el único extra de sumar espacios curriculares y transversales dedicados a la Educación Emocional.
- Para bajar el grado de abstracción, ¿qué actividades concretas se desarrollarían en los salones?
- Las clases podrían basarse en tomar una emoción y comprenderla. Esto incluiría sus aspectos objetivos (las señales físicas o sustancias segregadas, las conductas asociadas, etcétera). Sumado a valores subjetivos (cómo cada estudiante la vivencia). Por ejemplo, en una lección sobre la tristeza, se le preguntaría a los chicos qué cosas los ponen tristes o qué hacen en tales situaciones. También se darían herramientas para gestionar la tristeza o ayudar a alguien que la pasa mal. Hay miles de preguntas, pero el ejercicio fundamental es que los niños y jóvenes reconozcan las emociones en ellos mismos o un tercero y cuenten con los recursos para expresarlas asertivamente.
- Con este panorama, ¿evitaríamos hechos como el tiroteo escolar que hubo en Texas (Estados Unidos) el mes pasado?
- No podemos ser tan soberbios de decir que la educación emocional elimina todos los problemas, pero si disminuye el caudal de problemáticas que tienen una base emocional y permite que los equipos de salud sean más eficientes. Hay que diferenciar los roles. Los docentes no están entrenados para hacer un diagnóstico o tratamiento de una patología; eso le corresponde a un profesional médico. El docente obra con los chicos sanos y por eso la educación emocional es una estrategia de promoción de la salud. Debemos fortalecer en ese grupo el hábito saludable para que no caigan o logren resolver sus conflictos con una buena base de recursos. Para el caso, sin recurrir a la violencia.
- Entonces la respuesta pasa en pensar por adelantado...
- Se llama prevención inespecífica. Al abordar habilidades emocionales indirectamente estás previniendo bullying, abuso de drogas, abuso de pantallas, conductas conflictivas como el no cuidado del cuerpo, relaciones tóxicas, abandono escolar, suicidios, etc. Son inversamente proporcionales.
- Aunque el sector áulico se gestione bien, ¿qué pasa con aquellos niños que nunca recibieron un abrazo en casa o crecieron carentes de todo tipo de contención?
- La ley de educación emocional contempla que los docentes, además de recibir capacitaciones para planificar los contenidos en el aula, sean capaces de hacer talleres con las familias. La propuesta consiste en crear escuelas para padres. Con tres o cuatro reuniones anuales, se les enseña a poner límites, actuar desde la crianza responsable, comunicarse y fomentar la nutrición emocional de sus hijos.
- Desde inicios de año se viralizaron varios videos en los cuales hay docentes que atacan verbalmente a sus alumnos por pensar distinto o tienden al adoctrinamiento ideológico. ¿Cómo actuamos acá?
- El tercer pilar de la ley consiste en que los docentes también aprendan a gestionar sus emociones. La máxima de la educación emocional se conoce como habeas emotum. Es decir, cada quien respeta, comprende y acepta lo que los otros sienten. En ese sentido, el docente nunca posee “la verdad” porque no se trata de conocimientos objetivos. En una clase sobre miedo, los profesores desconocen previamente a qué le temen sus estudiantes; deben descubrirlo juntos y construir en pareja este conocimiento.
Para leer en profundidad sobre el proyecto del entrevistado, ingresá a www.fundacioneducacionemocional.org.








