Hace pocos días se presentó un mapa de posibles inversiones en turismo, realizado por una consultora que, contratada por el ente de Turismo, había estudiado lugares, infraestructura, personas, prestadores y comunidades de cuatro áreas de la provincia, tanto de las más desarrolladas como de las olvidadas, con la idea de que se tratara de propuestas posibles de hacer. Expusieron sobre 26 puntos probables. Era casi previsible que se hablara de un restorán flotante en El Cadillal (donde se ha cambiado positivamente la infraestructura y eso está generando un movimiento impensado hace cinco años) o un restorán en El Cristo (donde se ha hecho un enorme trabajo de jerarquización del entorno) y hasta sonaba lógico que se reflotase el camping del parque 9 de Julio o el ómnibus turístico. Además aparecieron también propuestas que, se diría, apenas necesitan un empujoncito, como cabañas en El Cochuna o alojamiento para bikers en Raco-Siambón y en San Javier.

¿Quién va a dar ese empujoncito en una sociedad agrietada por la crisis económica, la pelea política, el desánimo y la desconfianza? Una de las preguntas que le hicieron a Sebastián Giobellina, titular del ente de Turismo, fue si habría líneas de créditos del Consejo Federal de Inversiones para estas iniciativas, y la respuesta fue discreta, políticamente correcta, porque se había invitado a empresarios precisamente para interesarlos en el mapa: dijo que se trataba de articular los esfuerzos entre las distintas áreas del Estado y los privados para que estos, si tienen plata para invertir, la inviertan (si les parece) en (estas) cosas posibles. Una versión del “pregúntate qué puedes hacer por tu país” de Kennedy, en tono de atractivos turísticos.

Ya hay un circuito chico de tarea mixta que se está formando desde Yerba Buena hacia El Cadilllal, que abarca iniciativas como el parque aéreo en El Corte (privado) o el restorán en El Cadillal (estatal), otras en desarrollo como la Primera Confitería (concesionada) y propuestas muy posibles como un ecolodge para senderistas y bikers en la reserva universitaria de Horco Molle.

¿Se trata de otro mundo? La pregunta ante la publicación del mapa en LA GACETA del lunes 23 fue si estas cosas se pueden plantear en un Tucumán con la mitad de su gente devorada por la pobreza, con la clase media asustada por la inseguridad y el narcotráfico (con hijos que quieren irse a otros lugares del mundo), con un sistema de transporte en crisis terminal y con funcionarios empeñados en aumentar la cantidad de policías y mostrar helicópteros para tratar de cambiar la imagen de la provincia mientras los cadetes marchan en protesta por la inseguridad.

¿Qué Tucumán es el que muestra turismo? Tal vez otra cara del lugar en el que uno vive, acaso aprovechable turísticamente (en el mapa hay hasta propuestas de cabañas ecológicas en la comunidad originaria de Amaicha o un restobar en la estación de tren de Lules) pero también aprovechable para la vida personal y comunitaria, en el aquí y el ahora, sólo para sentirse bien. En estos días se está pintando un edificio en la calle San Juan al 600, contra la corriente de una ciudad que ha dejado muchos de sus frentes sumidos en la desidia. Hace un año, ante la iniciativa municipal de pintar las paredes exteriores de edificios carentes de consorcios en Barrio Oeste II, El Bosque y Gráfico, surgieron preguntas de si Tucumán podría aspirar a la impronta de ciudades ilustradas como las francesas Lyon (cuyo barrio Estados Unidos es una poesía de paredes que parecen hechas por Ray Bradbury) o Angoulême, la capital mundial del comic (con edificios pintados con imágenes de historietas). Pero no. En la producción de LA GACETA al respecto (“Paredes de edificios que acarrean años de olvido y afean la ciudad”, 09/05/21) tanto funcionarios como particulares fueron escépticos. “Así como la Municipalidad no puede exigirle a un vecino que pinte su casa, tampoco puede hacerlo con quienes viven en edificios”, dijo un resignado Alfredo Toscano, secretario de Obras y Servicios Públicos. “Es un trabajo muy costoso que no se incluye en las expensas ordinarias”, añadió Liliana Díaz, de la Cámara de Administradores de Consorcios, que agregó: “en este contexto de crisis…”. Idea que corroboraba un pintor de edificios, Ángelo Bakoñiki, que decía que “es un trabajo que casi nadie hace”.

Con lo cual se llegaba a una paradoja: no pinto porque no tengo plata y no soy atractivo (estética o psicológicamente) porque tengo el frente despintado: ¿Qué imagen se le ofrece al turista en una ciudad despintada? En realidad, lo que está despintado es el frente público, porque en los barrios privados –algunos de los cuales son verdaderas pequeñas ciudades, como Loma Linda o las que están creciendo en El Manantial, entre la avenida Solano Vera y la ruta 301- la estética de viviendas bellas en un jardín florido es una imposición no escrita.

Ahora bien, ¿bello es solamente lo caro? No tanto. En Santa Ana, el comisario retirado Pedro Gómez inició en septiembre pasado una campaña para pintar el pueblo con sus vecinos, en momentos en que se había declarado monumento protegido a la iglesia vieja y se había gestionado un subsidio para pintarla al ente de Cultura. Mientras los funcionarios están debatiendo cómo se va a hacer la pintura y el arreglo de techos de la capilla (todavía no llegó el subsidio), Gómez organiza rifas entre los vecinos para revocar y pintar las casas con pintura amarilla, coral, bermellón y ocre y ya van arreglando 170 edificaciones (según cuenta), entre viviendas, dos escuelas y dos capillas. ¿La idea es para promover el turismo? “Es para embellecer nuestra casa. Es que la gente, por más humilde que sea, tiene derecho a vivir dignamente también”, dice. Y agrega: “Los chicos que van a la escuela hacen tareas en grupos y al ver las casas pintadas las ilustran lindas”.

Los 1.800 edificios de San Miguel de Tucumán, esos que han saturado el sistema de agua y cloacas –como se describió en “Panorama Tucumano” hace unos días- son parte sustancial de la imagen capitalina. ¿Quién podrá acercarlos a las ciudades ilustradas? Dardo Lizárraga, que se ocupa de pintura de exteriores, dice también que es una tarea más cara –incluye seguro y reparación de paredes afectadas- y que con la crisis disminuyeron los pedidos, pero cuenta que su equipo pinta unos 10 o 15 edificios por año. Aunque en Tucumán –añade- no se cumple con la previsión de que los materiales duran cinco años, de modo que ese sería el ciclo de renovación del maquillaje de los edificios. Acá pueden estar 20 años sin ser repintados.

¿Cómo estimularía las inversiones y las visitas una ciudad pintada? La gente de Turismo avanza a contrapelo de la imagen de crisis y muestra esas intenciones. Pero también acaso se trate de ver cómo se excita la imaginación de la gente. En la nota de LA GACETA del año pasado, la vecina Carolina Arce –vive a una cuadra del edificio que se está pintando ahora- decía que “el impacto comunicativo que tiene una pared es increíble... Mi sueño: que tengan jardines verticales o que haya intervenciones artísticas en estos paredones… ¿Sabés qué? Creo que nos cambiará hasta el humor”. Eso. Pinta tu aldea.

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