Cuando un Presidente no trabaja de Presidente 24x24

Alberto Fernández Alberto Fernández
24 Mayo 2022

Por Hugo E. Grimaldi

Un magistrado ha justificado al presidente de la Nación con un argumento que es nada más ni nada menos que la negación de su investidura y que, por lo tanto, la devalúa tanto como a su portador. “Los hechos”, ha señalado el juez Lino Mirabelli en el cierre de la causa de la fiesta de Olivos redimida con un pago de $ 4 millones de parte de Alberto Fernández y de su esposa, “no pueden catalogarse como propios de la función o vinculados con el ejercicio de ella”.

Lo que Mirabelli pretendió que sonara lógico es probablemente lo que hace más ruido al oído de los ciudadanos quienes, en un país de presidencialismo exacerbado, confían en que el elegido con su voto trabaje en pos de la Nación de noche y de día. Eso es precisamente lo que niega ese fallo que quizás se ajuste a derecho, pero que conlleva un terrible tufillo a acomodo. Más de parte de un magistrado que había procesado a un surfer por violar el aislamiento obligatorio impuesto por un Decreto que había firmado justamente quien, en esta otra causa, violó su propia orden en Olivos, aunque para el juez no en el ejercicio de su función.

Está más que claro que en su fallo de 23 carillas Mirabelli no evaluó para nada el trasfondo ético del asunto (lo deja para la Ley de Ética Pública) que surge de las amenazas que profirió el Presidente hacia terceros que no querían acatar la cuarentena e inclusive de las mentiras (o medias verdades) que él dijo en varias oportunidades para intentar justificar el episodio. Lo peor de todo el asunto a los efectos de su credibilidad es que la autoridad moral de Fernández quedó por el suelo.

La dinámica del deterioro presidencial, la que se observa en todas las encuestas, se centra no solamente en todos los enredos lamentables que protagoniza casi a diario, sino en situaciones de idas y de vueltas sin fin, como en el caso de las retenciones, con desmentidas y ratificaciones, promesas que no se cumplen, traspasos recurrentes de culpas hacia los demás o lisa y llanamente la subestimación de la ciudadanía, a la que le suele prometer liebre por gato y a la que finalmente le da gato.

La soledad política en la que vive Fernández, día a día se le va agrandando a medida que el Gobierno políticamente dispara hacia un rincón y cambia de ruta en el medio. La semana pasada se le armó un acto en Esteban Echeverría para darle musculatura y junto a él hubo un solo gobernador y apenas medio gabinete, pese a que Juan Manzur había conminado a los ministros a asistir. Es más, debió escuchar un discurso híper crítico con sus formas de parte de Gerardo Martínez de la UOCRA y la invitación al destete de Cristina Kirchner bajo la forma de una lapicera para que ejerza su rol de Presidente, el mismo que los ciudadanos le confiaron para que esté al pie del cañón 24x24.

Después de haber coqueteado con no ir al Tedeum para viajar a la Antártida, se usó la excusa del mal tiempo para cancelar el viaje, aunque habría que darle una mirada a la seguridad del material aéreo que se iba a utilizar para llegar a la Base Esperanza. Entonces, el Presidente, casi por descarte, como si no tuviera más remedio, asistirá a la Catedral, donde lo aguarda un discurso que, por más que se haya pedido (como siempre se pide) que no sea de tono hipercrítico, no va a poder soslayar los palos habituales de la Iglesia al desempleo, la pobreza y la inflación.

Más allá de que su Gobierno es de una inacción insoportable que no puede enderezar el rumbo porque se presume que no lo tiene, esa imagen de un Presidente que según el juez no trabaja de Presidente a tiempo completo es la que está en caída libre. Para elixir de sus opositores, los de afuera y para los de adentro, sobre todo.

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