ONU: democracia ficticia (votación: 14 a 1. ¡Igual se pierde!)

Organización de las Naciones Unidas (ONU) Organización de las Naciones Unidas (ONU)
23 Mayo 2022

Carlos Duguech

Columnista invitado

En muchas ocasiones abordé este tema por considerarlo en los tiempos actuales como una aberración del sistema de las Naciones Unidas. Se le reclama, y se espera, que intervenga para el cumplimiento de los principales objetivos plasmados en su carta orgánica: “la paz y seguridad internacionales”. Desde el 24 de febrero la invasión armada de un país soberano a otro vecino y también soberano, la guerra iniciada por Rusia contra Ucrania, parece no haber motivado ningún resorte de efectivo peso en la ONU. Se suponía su necesaria intervención. Sólo pronunciamientos de rigor. Salvo Acnur, la agencia de la ONU para la atención de los refugiados en el mundo, que sí actuó. Y lo hizo directamente en favor de los casi seis millones de ucranianos desplazados de sus hogares desde el comienzo de la agresión guerrera desatada por la “Rusia de Putin”. Los afligidos ucranianos, se distribuyen principalmente entre Polonia y Rumania. Hasta el menos avisado de los ciudadanos del mundo tenía el derecho a suponer que la ONU, particularmente desde su Consejo de Seguridad, era esa “guardia de turno permanente” para intervenir. Como lo hizo en los tres primeros días de abril de 1982 ocupándose de dictar resoluciones sobre Malvinas (la 502) disponiendo que las partes, Argentina y Gran Bretaña, buscaran una solución diplomática a la cuestión y que las fuerzas militares argentinas se retiraran de las islas.

Y también los memoriosos, los que eran contemporáneos de la guerra de Corea en 1950. En ese caso recuerdan que por primera vez la ONU puso en funciones el Capítulo VI de su Carta, que habilitaba su intervención armada.Y creó un comando militar, con los EEUU al frente de una coalición de países que aportaron al sistema defensivo. Claro, se dirá, en los primeros años de la “guerra fría”. La Organización está basada en el principio de la igualdad soberana de todos sus miembros.

Las frustraciones de los que aspiran a una ONU más democrática en toda su estructura son recurrentes. Entre ellas, estarán los estériles esfuerzos para lograr la reforma, hasta donde podía aspirarse, de una ONU que desde su fundación conserva pétreamente en su Carta cláusulas inadecuadas para nuestro tiempo. Son las que consagran sin modificaciones los lugares de los dueños de los únicos cinco asientos permanentes del Consejo de Seguridad. Fueron autoasignados por los vencedores en la horrorosa experiencia de la Segunda Guerra Mundial. Y esas bancas aseguran a sus ocupantes una prerrogativa irritante: el poder de veto. Así, cualquier resolución del organismo puede ser vetada, aunque tenga el apoyo de catorce de sus quince miembros. Siendo Rusia uno de ellos nada puede hacerse contra el veto. Semejante discrecionalidad (en realidad, es muchísimo más que eso) se ha prolongado por casi ocho décadas y viene siendo - desde siempre - el más grande escollo para el funcionamiento democrático del sistema, que tiene hoy 193 miembros.

Un país, un voto

Hay democracia en las deliberaciones y votaciones que tienen por sede el ámbito donde funciona la Asamblea General: cada país tiene un voto (artículo 18 de la carta), se trate de Alemania, de los Estados Unidos, de Etiopía o de Haití. Claro, hay que señalar que las resoluciones del plenario no son vinculantes, como sí lo son las que dicta el Consejo de Seguridad (CS).

Esta es la abismal diferencia en las reglas según han sido diseñadas en 1945 (otro tiempo, otra configuración del mundo) para los mecanismos de poder en la ONU. Si alguien se preguntara sobre las posibilidades reales de modificar la Carta, habría que invitarlo a leer el capítulo 18, “Reformas”. En el artículo 108 se fijan las pautas y se establece el cerrojo: las reformas deberán ser votadas por las dos terceras partes de los miembros de las Naciones Unidas (mayoría calificada). Y agrega el artículo: “Incluyendo a todos los miembros permanentes del Consejo de Seguridad”, una minoría de menos del tres por ciento. Hé ahí la clave. No es de extrañar que éstos sean, a la vez, los únicos socios reconocidos del club nuclear, poseedores “legítimos” de los arsenales atómicos, consagrado en el “Tratado de No Proliferación nuclear” (TNP).

Reforma de la carta: en buen romance, tal como están establecidas las normas, aunque voten 188 de los 193 miembros -¡algo más del 97%!-, si los cinco miembros permanentes (EE. UU., Francia, Gran Bretaña, China y Rusia) no lo consienten al unísono no habrá reforma posible. Por añadidura, el capítulo de reforma del estatuto de la Corte Internacional de Justicia no es ajeno a este cerrojo de casi ocho décadas.Según el artículo 69 de la Carta “se efectuará mediante el mismo procedimiento que establece la Carta de las Naciones Unidas para la reforma de dicho instrumento.

Revolución gandhiana

Hace falta, entonces, una revolución pacífica -una resistencia gandhiana- que deberían encarar los otros 188 estados-parte si se dispusieran honradamente a fortalecer en verdad a la ONU. Y que esos 188 se dispusieran, además, a otorgarle la necesaria operatividad en tiempo real para el cumplimento de su objetivo fundacional, “mantener la paz y la seguridad internacionales”, el propósito liminar de su Carta. Serían éstos innovadores y muy necesarios mecanismos para erradicar el despotismo de cláusulas y privilegios. No se puede dudar de que ellos son la causa del deterioro de la imagen que la organización mundial por excelencia sufre recurrentemente, pese a tantos otros frentes en los que se destaca por su actuación.

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