Las estadísticas nos patearon en el piso

Las estadísticas vienen dando desde hace muchos años garrotazos sobre la cabeza de los argentinos.

De aquella “Argentina potencia” que acompañó a nuestros padres, abuelos y bisabuelos durante la primera mitad del Siglo XX, el país inició un proceso de retroceso y deterioro sin freno, e incluso por momentos pisando el acelerador en línea recta hacia el precipicio.

Algunos íconos -fueron muchos más- de esta debacle que se inició a partir de la segunda mitad del siglo pasado fueron el inicio del populismo nacional socialista (una tendencia de la época); el bombardeo a Plaza de Mayo y el golpe militar contra Juan Perón en el 1955; el nuevo golpe militar contra el radical Arturo Illia en el 66 (celebrado por Perón desde Madrid), encabezado por Juan Carlos Onganía, que entregó un país que comenzaba a desintegrarse, infestado por la guerrilla y la violencia social y que le costó a los tucumanos el cierre de 15 ingenios, tragedia humanitaria por la que la provincia jamás volvió a ser la misma ni a recuperar su pujanza histórica.

Onganía cayó tras la profunda crisis política que causó el Cordobazo, en 1969.

Otros íconos del desastre fueron el “Rodrigazo” anticomunista (1975), orquestado por la organización terrorista Triple AAA durante el gobierno de Isabel Perón. Este plan económico de Celestino Rodrigo significó, técnicamente, el nacimiento de la inflación descontrolada en la Argentina.

1975 fue también el último año en que Argentina figuró entre los diez países con mejor distribución de la riqueza del mundo y también fue el año donde dio comienzo el terrorismo de Estado.

Le siguieron la sangrienta dictadura del 76 que aceleró la inflación y triplicó la deuda externa argentina; la hiperinflación de Alfonsín; la corrupción, el cierre masivo de empresas nacionales y el estallido de la desocupación durante el segundo gobierno de Menem (95/99); la caída estrepitosa de Fernando de la Rúa y el estallido de 2001, tal vez una de las mayores crisis políticas, sociales y económicas en la historia del país.

Tras una breve calma que antecede a la tormenta, a partir de 2007 arrancó la historia más conocida y reciente: suba permanente de la inflación, el déficit fiscal, la pobreza y la indigencia, las deudas interna y externa, el asistencialismo imparable, la falta de inversiones, el éxodo de jóvenes, la inseguridad, la corrupción, el desplome de los índices educativos, y el menoscabo institucional generalizado.

Ni fu ni fa

Durante la revolución productiva y el desarrollo que alcanzó el país en la primera mitad del siglo pasado -guerras mundiales mediantes- que ubicó a la Argentina entre las seis o siete potencias económicas del mundo y con uno de los repartos de la renta más equitativos del planeta, se impuso un sistema económico con dos bases productivas: las mega empresas estatales, casi todas deficitarias y monopólicas, y las empresas privadas prebendarias y proveedoras del Estado, también cuasi monopólicas y sobre la base de costos y ganancias irreales dentro de lo que sería un capitalismo saludable y competitivo.

En el medio quedaron las empresas, pymes y cuenta propistas anclados a una economía “real”, sin subsidios, sin posibilidad de manejar los costos y los precios a su antojo y obligados a competir en serio, con sus pares y con el mundo.

Allí comenzó la crisis de un Estado que viene manipulando todos los índices para ocultar el déficit, la inflación, la emisión de moneda sin respaldo, entre otras herramientas distorsivas, para sostener un estado de bienestar ficticio, en base a empleo público, subsidios y prebendas.

Con cada gobierno que hizo cualquier locura para sostener esta utopía, se terminó distorsionando todo el sistema tributario, hoy asfixiante para la clase trabajadora y productiva, se aniquiló la seguridad jurídica y se desalentaron las inversiones genuinas, y con ello también el empleo auténtico, único generador de riqueza real.

Hoy Argentina, según el último informe del Index of Economic Freedom, de la estadounidense Heritage Foundation, de diciembre de 2021, en una escala de cero a 100, el país obtuvo 52,7 puntos, y se ubicó en el puesto 148, sobre un total de 178 países, en materia de “libertad económica”.

Este índice surge del promedio del puntaje en cuatro ítems, a su vez evaluados según tres indicadores cada uno.

El primero es la “Regla de la ley”, que mide derecho de propiedad, efectividad judicial e integridad del Gobierno.

El segundo mensura “Tamaño del gobierno”, medido a través de la carga fiscal, el gasto público y la salud fiscal.

El tercero aborda la “eficiencia regulatoria”, que es cuantificada a través de las libertades para hacer negocios, trabajar y operar financieramente. Y el último, la “Apertura de mercado”, que se evalúa en función de los grados de libertad para comerciar, invertir y financiera.

Cualquier empresa de mediana para arriba, nacional o extranjera, observa este índice antes de hacer una inversión.

Volviendo a las estadísticas que garrotean la cabeza de los argentinos, en todos los ítems detallados más arriba este país figura entre los peores del mundo. Y ni siquiera hablan de inflación, pobreza o reparto de la riqueza.

Los presidentes que no gobiernan

“En Argentina gobiernan más los problemas estructurales de lo que gobiernan los presidentes”, definió ayer el analista político Jorge Giacobbe, de visita en la provincia, durante una entrevista con el periodista Indalecio Sánchez en LA GACETA Play.

Esto explica claramente porqué cada gobierno que pasa ahonda la crisis y el desencanto social.

No se trata sólo de un problema de gestión -que los hay y muchos-, de hecho el peor puntaje argentino en “libertad económica” se obtuvo en 2016, durante las desregulaciones que intentaba iniciar Mauricio Macri, sino de desórdenes e inconsistencias orgánicas, estructurales, que se agravan década tras década.

El descontento antisistema que a partir de los 60 aglutinaron las izquierdas, hoy lo capitalizan los anarquismos liberales o libertarios, en sus distintas variantes.

El fenómeno Milei no es exclusivo de los argentinos, sólo que en este país se extiende cada vez más porque la crisis local es una de las más graves del planeta, no en términos absolutos, como lo sería en África, sino en términos de la caída del poder adquisitivo que supieron tener los argentinos, la desintegración del estado de bienestar y la ausencia de perspectivas a futuro.

En otras palabras. ¿No hay países más inviables que Argentina? Por supuesto que sí -aunque no tantos-, pero ninguno cayó tanto y durante tanto tiempo sostenido como el nuestro.

Es la respuesta al fracaso sistemático del Estado y de la clase política en bajar la pobreza, generar trabajo y mejorar la calidad de vida de la gente.

Que te asesinen por un par de zapatillas no es culpa de un empresario evasor, ya que evasores hay en todo el mundo y en muchos países van presos, menos aquí, sino que es la consecuencia de un tejido social que se está desintegrando.

Mucha gente se está dando cuenta y está dejando de lado viejos dogmas, porque sabe que sea cual sea el afiche sonriente que gane las elecciones el año que viene, el statu quo de la política seguirá intacto.

Entre las peores

Argentina integra los últimos pelotones en casi todos los índices mundiales: económicos, sociales, educativos, institucionales, de expectativas…

Y en el concierto de provincias, a su vez, Tucumán forma parte de las peores de la clase.

Si las estadísticas le vienen pegando garrotazos en la cabeza a los argentinos, a los tucumanos nos vienen pateando en el piso.

No vamos a reiterar datos ya conocidos y muy divulgados, como que esta provincia registra uno de los mayores índices de pobreza, con una de las peores infraestructuras nacionales en servicios básicos, pero también en servicios premium, sin transparencia ni acceso a la información pública, con un sistema electoral clientelar, o que la provincia más chica tiene la red vial más deteriorada del país. Este útlimo índice es la confirmación palmaria de la decadencia tucumana.

Dos jóvenes censistas, que el miércoles pasado trabajaron juntos por una cuestión de seguridad, y por lo tanto censaron el doble de viviendas de las que le habían otorgado a cada uno, nos revelaron un par de datos angustiantes, y de esos que la dirigencia fracasada no habla.

No vamos a precisar el sector para no estigmatizar, pero podemos decir que relevaron un área de la zona sur de la capital, ubicada a unas 30 cuadras de Plaza Independencia.

De las 42 casas que censaron en total, sólo ocho habían realizado el censo digital. Algunos por desidia o vagancia, pero casi todos porque carecían de internet. A 30 calles de Casa de Gobierno.

Gracias a que a la mayoría de las planillas tuvieron que completarlas a mano pudieron conocer las respuestas.

De las 220 personas que viven en esas 42 viviendas, poco más de cinco por casa en promedio, sólo ocho dijeron tener el secundario completo. Un sector un poco más grande dijo estar cursándolo o haberlo abandonado y el grupo mayoritario llegó apenas hasta el primario, completo o incompleto.

Es evidente que en esta foto no hay futuro posible.

Cuando se difundieron los porcentajes de las provincias que habían completado el censo digital se hizo público y oficial lo que estos censistas nos habían adelantado.

Tucumán fue el sexto peor distrito del país, con apenas del 38,7% de la población que hizo la encuesta en forma virtual, detrás de Salta (31,2%), Chaco (33,2%), Jujuy (34,6%), Misiones (34,7%), y Catamarca (38,6%).

Es el norte postergado en un país unitario, concentrado en el centro, y asquerosamente desigual.

Esta semana se conoció otro dato que confirma la tragedia.

De los jóvenes argentinos que en 2014 ingresaron a primer año de la secundaria, sólo el 43,2% lo finalizó seis años después, en 2019.

El 36% pertenecen a secundarios estatales y el 63% a privados.

El informe fue realizado por el Centro de Estudios de la Educación Argentina, de la Universidad de Belgrano, en base a cifras oficiales del Ministerio de Educación de la Nación.

En el ránking por provincias, Tucumán es la cuarta provincia con más deserción escolar en el sector privado (el 59,8% lo concluye), y la octava peor en el sector público, donde termina el secundario el 33,2% de los chicos.

Según este estudio, seis de cada 10 jóvenes tucumanos en unos años serán adultos sin estudios secundarios para insertarse al mercado laboral. Y si se suman a los que ni siquiera terminaron la primaria serán ocho de cada 10. Un país casi analfabeto.

Ayer se conoció además que Tucumán, después de Chubut, es la segunda provincia que más paros docentes tuvo desde el retorno de la democracia, con 32 huelgas por año en promedio.

No importa quién sea el presidente o el gobernador, estos son los verdaderos problemas estructurales que nos gobiernan.

La anarquía no es una amenaza política futura, es un hecho consumado y real que convive entre nosotros.

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