
Por Eduardo Fidanza / analista político - columnista invitado
Los últimos días ofrecieron suficientes indicios para pensar que la configuración de la oferta electoral de cara a 2023 podría sufrir transformaciones. Una suerte de pulsión a tensionar, y acaso a destruir, la unidad que caracterizó a las principales coaliciones del sistema en los últimos años, podría prevalecer, según lo que se observa con el transcurrir de los días. El agravamiento de la interna del Gobierno, que alcanzó niveles inéditos esta semana, constituye la primera pista. La refutación de la legitimidad de ejercicio del Gobierno por parte de Cristina Kirchner podría ser la antesala de un quiebre del Frente de Todos, que no ocurriría inmediatamente, pero sí el año próximo, si no existieran mecanismos de consenso que lo impidieran. Esta es una probabilidad que fragmentaría la oferta electoral, llevándola a cinco fuerzas (Frente de Todos, ¿Unidad Ciudadana?, Juntos por el Cambio, Milei y la izquierda). Atención: con esta cantidad de jugadores la chance de llegar al ballotage de cada uno de ellos requiere menos votos.
El nuevo escenario está impulsado por Milei y la Vicepresidenta, que han decidido acelerar sus estrategias. La irrupción y el ascenso del libertario, de apariencia irresistible, significó nada menos que el quiebre del “bicoalicionismo”. Ya no hay dos fuerzas que pueden llegar, sino tres. La dinámica de Milei es a la vez imparable y confortable. Él impulsa la acción como un espectro amenazante del que todos hablan, más que a través de acciones políticas concretas. No tiene compromisos ni pasado, está cómodo actuando su rol acechante, mientras sus competidores se desesperan. La Vicepresidenta, que es la otra actora central del momento, posee, en cambio, claras urgencias. La primera, entendemos, es dilemática: o impone el punto de vista de su sector o acelera el alejamiento del gobierno para no cargar con las consecuencias de una gestión económica incompatible con su relato. A ella le cabe el “teorema de Baglini”, por eso habla como si estuviera afuera, algo que quedó claro en su larga conferencia en Chaco. Mientras reconfigura su estrategia pone al borde de la disolución el dispositivo de poder que construyó en 2019.
La dinámica dominante, que protagonizan Cristina y Milei, tiene consecuencias negativas para los otros dos actores de esta película: Alberto Fernández y Juntos por el Cambio. El primero luce acorralado, recibiendo misiles de alto calibre, que responde con artillería liviana, desconcertando a los que sueñan que aún podría autonomizarse de su mentora, una quimera cada vez más lejana. El problema para él, entre otros, es que, si sigue desilusionando con sus vacilaciones a gobernadores, intendentes, sindicalistas y funcionarios cercanos, potenciará lo que ya empezó a suceder: el peregrinaje a ver a Cristina. Por su parte, Juntos por el Cambio parece estancada, absorbida por sus internas irresueltas, perdiendo votos por derecha, lejos de entusiasmar al electorado propio y potencial. A la pregunta de si la coalición opositora podría romperse, la respuesta inmediata es no. Pero se trata de un no relativo dentro la fluida sucesión de hechos que produce la vida pública argentina. Cuando se impone la política liquida, lo impensable se vuelve real.
Calculadoras a full
El nuevo escenario está llevando a un replanteo, tanto entre analistas, periodistas y dirigentes. Las calculadoras empiezan, todavía en secreto, a trabajar a full. La premisa y la predicción, bajo un sistema dominado por dos coaliciones, era “el que rompe, pierde”. Ahora, ese principio podría paradójicamente invertirse. Con la pulsión a destruir alianzas de la que hablábamos al principio, los presidenciables podrían ubicarse en la situación de decir “si rompo, tal vez gane”. El cálculo es sencillo: bajo dos coaliciones se necesitaría un piso de aproximadamente 40% para aspirar a la segunda vuelta con chances. En cambio, si la oferta fuera fragmentada, tal vez con 25% o menos alcance para aspirar a la final. Es plausible plantearlo: Cristina -aunque no sea candidata- y Milei ya tienen esa base prácticamente asegurada, Alberto sueña con conseguirla si la economía se enderezara. Y la principal coalición opositora podría incluso obtener más votos, si permaneciera unida. Y si no, el que la rompiera, podría quedarse con un caudal de al menos el 20% y estar en carrera.
Si estas hipótesis se confirmaran, la política argentina habrá entrado en una fase de fragmentación que, como sucediera en Chile y Perú, le facilite llegar a la presidencia a un outsider como Javier Milei. Ahora bien, aunque las dos grandes coaliciones permanecieran unidas, la reconfiguración igual está consumada. El líder libertario ya quebró el dominio electoral de estas, convirtiéndose, según las estimaciones, en la tercera fuerza electoral. Eso le asegura, como mínimo, el rol de árbitro en 2023. Pero el fantasma que recorre la política argentina, como en el Manifiesto Comunista sucedía con el socialismo, es otra: que llegue a la presidencia. Si eso sucediera, tendríamos nuestro Bolsonaro o nuestro Trump. Que no son el mal, sino el síntoma, de una clase dirigente que ha frustrado y desilusionado a la mayoría de la gente.







