Elvira Orphée, Alejandra Pizarnik y la vida fulgurante

En abril se cumplieron cien años del nacimiento de Elvira Orphée (1922-2018), extraordinaria escritora unida a Tucumán por un complejo vínculo de fascinación y rechazo. “Tucumana pero repugnada”, como se resume en Pretérito perfecto de Hugo Foguet, la novela donde Orphée es ficcionalizada en el personaje de la Negra Fortabat.

01 Mayo 2022

Instalada primero en Buenos Aires, donde cursa la carrera de Letras, Elvira Orphée obtiene luego una beca para perfeccionar estudios en Madrid. De Madrid pasa a París. A Europa vuelve unos años después, junto a su marido, el pintor Miguel Ocampo –primo de Victoria y Silvina–, que ejerce funciones diplomáticas en París y en Roma. Y en la efervescente París de comienzos de los 60 Orphée conoce a Alejandra Pizarnik. Circulaban por allí otros escritores latinoamericanos como Octavio Paz y Julio Cortázar. Paz, que podía caminar y conversar largamente con Orphée por el Bois de Boulogne, escribe el elogioso prólogo a Árbol de Diana de Pizarnik. En su rol de lectora de la editorial Gallimard, a Orphée le toca evaluar el manuscrito de Rayuela de Cortázar, cuyo inolvidable personaje de la Maga estaría en cierta medida inspirado, según se cuenta, en Pizarnik.

Además de estos cruces de ámbitos y relaciones, Orphée y Pizarnik compartieron una amistad no tan conocida. “Nos alimentamos mucho, la una a la otra, hasta el día de su muerte”, recuerda Orphée en una entrevista de Leopoldo Brizuela. Una amistad en parte fundada en el humor. En una conversación con Arturo Álvarez Sosa, Orphée cuenta que Pizarnik conoció Tucumán y que las dos proyectaron “con espíritu un poco festivo” un libro que se llamaría “Guerra entre tucumanos y judíos” (nombre que después cambiaron por “Guerra de los tucumanos contra los unos”) y que por supuesto nunca escribieron. Para Orphée, “Alejandra era un ser de alegría”, que vivía “de chiste en chiste”, aunque –reconoce– “con una tremenda tragedia adentro”.

Quizá las unía también un cierto modo de vincularse con el mundo. Un poco desterradas de la vida cotidiana, ambas buscaban, a través de la escritura, lo que Orphée llamaba una “vida fulgurante”. Escribir “es mi posibilidad de vida fulgurante”, afirma ante una pregunta de Alicia Dujovne Ortiz. La búsqueda de absoluto que recorre la vida y la poesía de Pizarnik está en los personajes de Orphée. Pienso sobre todo en Atalita Pons, la protagonista de Aire tan dulce, cuyos monólogos titulados “tiempo extraño” son como el fluir de la conciencia de una alucinada, que habla, minutos antes de morir, desde un tiempo que ya no es el de los otros. Como ese “yo ya no existo y lo sé” de la poesía de Pizarnik.

En la entrevista mencionada de Leopoldo Brizuela, admirador y generoso promotor de la obra de Orphée, ella revela que continuó leyendo la poesía de su amiga, muerta décadas antes. Y hace notar la proximidad entre un poema de Árbol de Diana y un pasaje de Aire tan dulce. “Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida, déjate enlazar de fuego, de silencio ingenuo, de piedras verdes en la casa de la noche, déjate caer y doler, mi vida”, dice el texto de Pizarnik. Y “Querida”, uno de los capítulos de Aire tan dulce, finaliza así: “Sé mi querida, sé la que me quiere, mamita Muerte. Vendrás, habrá acabado de llover. Sabrás que te estaba esperando por este inmenso desapego que me notarás. Y después será el amor”. Orphée confiesa que no puede “dejar de pensar en eso. Alejandra hablando a la vida; yo, a la muerte. Pensar que ella se ha muerto hace tanto y yo estoy aquí. Sin el menor desapego”.

Árbol de Diana y Aire tan dulce pertenecen a esos años de París en los que Orphée y Pizarnik convergieron. Un cruce más entre estas originalísimas escritoras.

© LA GACETA

Soledad Martínez Zuccardi – Doctora en Letras. Profesora de Literatura argentina en la UNT.

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