Saramago cumple cien años

Múltiples actividades se realizarán este año por el centenario del nacimiento del premio Nobel portugués fallecido en 2010. Aparecerán nuevos libros sobre su trabajo, una novela inédita entre nosotros y documentales sobre su vida.

REUTERS REUTERS
01 Mayo 2022

Un Nobel improbable

Por Daniel Dessein
Para LA GACETA - BUENOS AIRES

Un mes antes de ganar el Nobel, en 1998, José Saramago había estado de visita en Buenos Aires presentando su novela Todos los nombres. A partir de entonces, sus viajes a la Argentina se repitieron. El último lo hizo seis meses antes de su muerte, ocurrida en junio de 2010.

Lo conocí en uno de esos viajes, en 2003, en un almuerzo al que asistí junto a un puñado de periodistas argentinos y extranjeros. Su libro más reciente era El hombre duplicado y estaba escribiendo Ensayo sobre la lucidez, novelas que junto con Todos los nombres y La caverna conformarían una tetralogía alimentada por su escepticismo respecto del hombre contemporáneo y el capitalismo. En la charla que tuvimos todo giró en torno a las ideas subyacentes en los libros de esos años. “El poder no está donde creemos que está, el sistema en el que vivimos no es lo que creemos que es”, nos decía. “El régimen en que vivimos no es democrático. Los poderes económicos son los que determinan todo. Por encima del presidente de los Estados Unidos (por entonces George W. Bush) están las multinacionales. El ciudadano reemplaza un gobierno por otro pero no reemplaza el poder económico, no elige a las autoridades de las corporaciones, a los que deciden el destino del mundo”, agregaba.

Tom Dieusaert, periodista del diario De Standaard de Bélgica, le preguntó qué alternativa había. “Primero hay que hacer el diagnóstico -contestó-; nosotros no cuestionamos nada, cuando deberíamos cuestionarlo todo. El proceso de enajenación del ser humano es aterrador. Hay tres preguntas que deberíamos hacernos permanentemente: ¿por qué las cosas son así?, ¿para qué?, ¿para quién?”.

Desde Ensayo sobre la ceguera, novela publicada en 1995 y que durante la pandemia de Covid parecía describir lo que estábamos viviendo, en sus libros ensayó una indagación sobre el individuo y una dura crítica a la alienación del consumismo. “El individuo está en peligro, corre el peligro de disolverse en la multitud”, dijo durante el almuerzo.

Meses antes había aparecido un libro de conversaciones con Jorge Halperín con un título contundente: Soy un comunista hormonal. En 2003, después del encarcelamiento de 70 opositores y tres fusilamientos en la Cuba castrista, llegarían las dudas. “Hasta aquí he llegado. Desde ahora en adelante Cuba seguirá su camino, yo me quedo”, declaró.

La visita a la Argentina cerró con una charla en el teatro Colón. Nos despedíamos de ese Nobel de Literatura hijo de padres campesinos -de una madre analfabeta que le regaló su primer libro y alimentó sus ganas de leer-. De ese hombre que fue un chico que tuvo que dejar el colegio para trabajar con sus manos. De ese escritor que, acosado por la censura, dejó de publicar por veinte años para volver al ruedo siendo ya maduro. Del autor que había alcanzado la consagración casi sin querer.

Se despidió de nosotros con esta frase: “Dios necesita a los hombres para que hagan lo que le quedó por hacer. Y lo que quedó por hacer es la felicidad”.

© LA GACETA

El año Saramago

La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires -que este jueves abrió sus puertas y volvió a la presencialidad después del paréntesis obligado de la pandemia- será uno de los espacios donde tendrán lugar los homenajes. Pilar del Río, viuda del escritor y presidente de la fundación que lleva su nombre, estará presente en la Feria y en el estreno de una película basada en la novela El año de la muerte de Ricardo Reis que se presentará en el Malba. En el CCK se proyectará José y Pilar, documental de Miguel Gonçalves Mendes. Y en la FIL habrá una maratón de lectura de La caverna. Los homenajes del centenario proseguirán en Montevideo, Bogotá, Lisboa y Madrid con la participación de escritores como Alberto Manguel, Juan Gabriel Vásquez y la premio Nobel polaca Olga Tokarczuk.

Recientemente se publicó La viuda, primera novela de Saramago -de 1947- que permanecía inédita en castellano. Además, este mes se presentó Saramago. Sus nombres. Un álbum fotográfico, libro de Alejandro García Schnetzer y Ricardo Viel.

Un maestro en el manejo de la palabra

Por Alba Omil
Para LA GACETA - TUCUMAN

En la obra de Saramago, ¿qué es lo más sorprendente? Lo más apasionante, lo más deslumbrante (y lo más contagioso), aunque hay otros aspectos a destacar, es el estilo: párrafo amplio, austero y denso a la vez; un particular y muy subjetivo uso de la puntuación; sus estilemas, que reaparecen ya en otros autores (como Alessandro Baricco); las constantes apelaciones al lector; su trama impredecible.

Vayamos a otro aspecto que resulta insoslayable: el subsuelo simbólico de sus escritos. En ese plano, el mundo en que actualmente nos toca vivir -vertiginoso, burocratizado, mecanizado, vaciado muchas veces de sentimientos- es protagonista, es escenario, es víctima o es reo.

Léase, si no, Ensayo sobre la ceguera.

En la universalidad de este subsuelo, lo que nos espeluzna es el espejo deformante donde estamos obligados a mirarnos: este es el mundo donde vivimos.

Léase, si no, El cuento de la isla desconocida, El gran laberinto, Ensayo sobre la lucidez, o sus cuentos de Casi un objeto.

Desnudos de preconceptos, livianos del peso de las ideologías, leer a Saramago resultará siempre un placer y un aprendizaje: el infrecuentemente inigualable manejo de la palabra, ese ladrillo con el que el escritor ha logrado edificar edificios formidables.

© LA GACETA

El nombre de la dignidad

Por Rodolfo Alonso
Para LA GACETA - BUENOS AIRES

Conoció la pobreza, casi extrema, muy pronto y mucho tiempo. Pagó el injusto precio de abandonar estudios para ganarse honradamente la vida con sus manos. Pero nunca dejó de leer, en libros que muchas veces no podía comprar. Y tampoco cesó nunca de escribir, como debe ser, por pura necesidad y sin el menor ánimo de lucro, con el mismo ahínco y la misma callada, bendita tozudez del labriego que arranca de la tierra el pan para sus hijos.

Debió esperar para ver editado su primer libro. Pero no le cupo nunca, como demostró hasta el fin, quedarse de brazos cruzados. Y el reconocimiento, la consagración y la gloria con que la vida iba a sorprenderlo, sin que se hubiera preocupado de ello en absoluto, no lograron jamás hacerlo renegar de sus orígenes, de su entrañable solidaridad con los humildes, o del respeto hacia su lengua.

Mi último contacto fue por interpósita persona. Cuando Hermenegildo Sábat me presentó sus bellos dibujos para un libro que honraría a otro gran portugués universal: Fernando Pessoa, y con el cual me honraba a su vez sugiriéndome un prólogo, no pude dejar de señalarle que ese libro encontraría feliz cabida en Portugal. Para mi sorpresa no resultó fácil editarlo allí hasta que Saramago, con su fraterno ojo avizor, no dio el empuje que lo concretaría.

© LA GACETA

Tamaño texto
NOTICIAS RELACIONADAS
Comentarios