
El evangelio de este domingo segundo de Pascua nos plantea el tema de la Fe. En el personaje de Tomás apóstol nos vemos representados de una manera o de otra. Hoy la fe sigue estando presente, pero ¿cómo creemos los cristianos? ¿Cómo es la experiencia de fe que vivimos en una sociedad muy desapegada de todo contenido religioso? ¿Cómo es la fe católica ante tanto movimiento religioso que mezcla catolicismo y alternancias espirituales de diversos orígenes y pensamiento? Es un tema fundamental creer y creer bien lo que debemos creer los cristianos.
El Contexto del Evangelio: en la cruz murió el Hijo de Dios vivo. El temor que se había apoderado del corazón de los Apóstoles, tenía sus raíces más profundas en esta muerte: fue el temor nacido, por decirlo así, de la muerte de Dios. El temor atormenta también a la generación contemporánea de los hombres; quizá lo sienten más profundamente aquellos que han aceptado la muerte de Dios en el mundo humano.
Este temor no se encuentra en la superficie de la vida humana. La actitud “consumística” no toma en consideración toda la verdad sobre el hombre, ni la verdad histórica, ni la social, ni la interior y metafísica. Más bien es una huida de esta verdad. No toma en consideración toda la verdad sobre el hombre. El hombre es creado para la felicidad. ¡Sí! ¡Pero la felicidad del hombre no se identifica en absoluto con el gozar!
El hombre orientado “consumísticamente” pierde, en este goce, la dimensión plena de su humanidad, pierde la conciencia del sentido más profundo de la vida. Esta orientación del progreso mata, pues, en el hombre lo que es más profundo y esencialmente humano. En este contexto de temor a la muerte la Fe aparece como algo relativo y accidental.
La reacción del hombre en Tomás apóstol terminó siendo elocuente y al mismo tiempo iluminante para nosotros. Experimenta esa lucha del hombre creyente y no creyente que llevamos dentro de nosotros mismos. A veces vivimos esa experiencia entre creer y dudas de lo que creemos; la búsqueda de Tomás nos ayuda. Aunque todos le aseguraban: “Hemos visto al Señor”, Tomás contesta que “si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. Es evidente que no quiere dejarse llevar por crédulas declaraciones y exige toda una exploración. Esta postura, aunque ofensiva para el resto de los discípulos que no le iban a mentir en un asunto tan delicado y serio, es sumamente valiosa para nosotros.
“Mucho más útil me ha sido la duda de Tomás -confiesa S. Gregorio Magno- que la fe inmediata de la Magdalena”. Con todo, la confesión de la divinidad de Cristo que realiza Tomás cuando Cristo le invita a hacer el examen que exigía, es también meritoria, como explica S. Gregorio Magno, que distingue en ella ese aliud vidit, aliud credidit (si no veo, no creeré); esto es, “no es lo mismo lo que vio que lo que creyó”. Volvió a ver la humanidad de Jesús, humanidad gloriosa, pero humanidad con las llagas de las manos y del costado... y creyó en la Divinidad, que no podía ver con los ojos ni experimentar con los sentidos corporales.
El camino de la fe implica la búsqueda y encuentro con una Persona, la de Cristo. Que busquemos a Jesús y pidamos con sencillez y humildad dar el paso a creer en el Dios que nace en Belén y en el mismo Dios que muere y resucita en la Pascua. Hoy, domingo de la Misericordia, recemos a su Divina misericordia por el perdón de nuestras faltas.







