Balanza: ¿ayuda u obstáculo para la salud?

Una campaña internacional pone foco en una conducta médica considerada de rutina. Personas en tratamiento y especialistas explican sus posibles implicaciones

¿Quienes, de los que nos hemos “peleado” con el peso (o contra la imagen que “nos devuelve” el espejo), no hemos pensado alguna vez que la balanza llegaba a transformarse en un instrumento de tortura? Muchos hemos logrado más o menos manejar la situación, pero hay personas para las cuales la balanza sigue siendo -cómo mínimo- un estresor. Y no hace mucho han iniciado una movida que está empezando a hacerse oír. Bajo el título “‘No me pese’: el pedido que crece en los consultorios”, el diario Clarín publicó una nota que da cuenta de esta situación. Pero la movida institucionalizada -que va creciendo- la lanzó la ONG estadounidense More.love.org.

La organización describe su objetivo en estos términos: “Empoderar a los padres para criar hijos libres de odio al cuerpo y de desórdenes alimenticios”. La campaña busca desnaturalizar una práctica que -aseguran- forma parte “casi obligatoria” de las consultas médicas con especialistas de diversas ramas en chequeos anuales y/o tratamientos.

Como parte de la campaña se distribuyeron tarjetas (también disponibles en español) que tienen, de un lado, el mensaje “Por favor no me pese, a menos que sea (realmente) médicamente necesario”. Y del otro lado explican que la salud es más que el peso, y que el pesaje puede resultar estigmatizante. Aclaración: la ONG no reclama la prohibición de la balanza sino que esa práctica pueda ponerse en cuestión. Y tiene su fundamentos. Pero también hay casos en los que la balanza, aunque “atemoriza”, hasta es percibida como un requisito indispensable.

“La negativa al pesaje no es lo que se ve en los consultorios -asegura Claudia Alonso, psicóloga especialista en trastornos alimentarios e integrante de un equipo interdisciplinario-. Y aunque hay claramente casos en los que el pesaje está casi contraindicado (ciertos trastornos de conducta alimentarias), lo real es que las personas en tratamiento piden subir a la balanza, y ese es su parámetro de cómo está”.

“Entonces tratamos de descentralizar el enfoque. El principio es que nada centrado en el análisis de una sola variable puede dar una visión acertada sobre el estado de salud de un sujeto”, aclara.

¿Hay que pesar?

“Cuando suben a la balanza escucho suspiros y veo gestos de nerviosismo -cuenta Mariela Córdoba, médica nutricionista, especializada en obesidad en la Universidad Favaloro-. Entonces propongo pensar qué sentimientos les va a generar pesarse, si les va a condicionar el día; les pregunto por sus expectativas; les ofrezco pesarse de espaldas, o pueden directamente no pesarse”. “Tan desfocalizada estoy de la balanza que muchas veces se fueron de la consulta... ¡y nos olvidamos del pesaje!”, agrega.

“Es que la balanza está asociada con una visión en túnel, prohibición, efecto rebote, fecha de vencimiento, problemas emocionales y dependencia”, advierte.

“Claramente, la balanza no es obligatoria. En algunos casos saber el peso puede ser relevante: los obstetras necesitan saber cómo evoluciona el de la mamá para establecer si no hay riesgo de enfermedades en el embarazo; los traumatólogos, para evaluar riesgos, en caso de cirugías (por problemas de coagulación, o para elegir una prótesis) o para indicar rehabilitación con carga. Los cardiólogos pueden necesitarlo para considerar factores de riesgo, pero es cierto que se puede medir la cintura para evaluar riesgo cardiovascular”, enumera y relativiza Córdoba.

Alonso, por su parte, añade: “en casos en los que hay que cuidar a las personas de la desnutrición, como en la anorexia, el peso sí es importante; pero hay que cuidar que no se transforme en obsesión”. “Como principio podemos decir no debería ser forzado en un examen clínico de rutina; y que el diálogo y la fundamentación de los porqué y los para qué son claves”, redondea Córdoba.

Marina (36 años) es una de esas personas a las que la doctora Córdoba recibe en su consulta. Prefiere no darnos su apellido, pero comparte su vivencia. “Lo siento contradictorio. Hace un par de años que me atiende la doctora; aprendí muchísimo, pero mentiría si te digo que no me importa el peso. En mi caso la balanza representa la verdad. Voy al consultorio, la miro, y digo, ay no me quiero pesar... Pero si no me pesan, ¿cómo sabré si ‘hice las cosas bien’? Eso de ‘hacer las cosas bien’, que nos impacta desde que nacimos, es lo que ‘pesa’ en mi cabeza cuando voy al consultorio -reflexiona-. Pero estoy segura de que en un tiempo más vamos a aprender eso también”.

Como dice Marina, el pesaje genera una expectativa; y, desde el punto de vista terapéutico, es necesario tenerla en cuenta, pero hay que trabajar con ella.

Trucos

“Hay muchas personas que la noche antes hacen 1.000 trucos para intentar pesar menos al día siguiente -cuenta Alonso-, y cuando pensar que el número que arroja la balanza es ‘la única variable’ no sólo genera mucho estrés; incluso consolida síntomas”.

Precisamente, ese fue el disparador para Ginny Jones, creadora de las tarjetas y fundadora de la ONG. “No pesarme innecesariamente me ayuda a estar menos estresada cuando voy al médico, lo que apoya mi recuperación y, en última instancia, mi salud -sostiene-. No quiere decir que nunca deba usarse la balanza, sino que hay que evaluar la frecuencia de utilización, por qué se la usa, si la volvemos protagonista o no”.

“Tener en cuenta la singularidad de cada sujeto y de cada consulta posibilita la elección adecuada del camino -señala Alonso-. Cuando se trabaja en equipo, cada disciplina aporta información, se enriquece la mirada y es más sencillo decidir si la balanza es o no una opción”.

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