Juan Manuel Asis
Por Juan Manuel Asis 10 Abril 2022

La realidad suele acabar con cualquier intento de relato político que pretenda disfrazarla. Se puede tratar de imponer un clima especial de triunfalismo o de derrota o de inducir sensaciones falsas, pero al final la realidad se revela tal cual es. Así, por ejemplo, Alberto Fernández es el presidente, pero lo cierto es que no lidera a su propio espacio político, algo antinatural en la genética verticalista del peronismo. Su papel es triste; patético dirán otros. Otro ejemplo es sostener que el radicalismo tucumano está unido sólo porque se confeccionó una lista de consenso, cuando lo real es que los dirigentes no pueden estar más enfrentados internamente. Algo se rompió allí. El desconcierto alcanza a los propios afiliados radicales cuando ven que algunos de los que integran la nómina acordada aparecen entre los impugnantes. Insólito. Tal vez renuncien a sus cargos como una expresión de rechazo a la forma en la que se cerraron las tratativas. Hasta puede que mañana se arrimen a la Justicia para objetar el arreglo de cúpulas.

Por de pronto, la única lista ya fue reconocida y oficializada por la junta electoral, por lo que restaría la proclamación y la asunción de las nuevas autoridades. Sin embargo, el partido no emerge fortalecido de la interna pese a la sucesivas prorrogas para facilitar el acuerdo, por el contrario, el proceso electoral de la UCR provocó disgustos y dejó heridos, y muy pocos beneficiados en los papeles; dos entre ellos, aunque uno resultó más magullado que el otro.

El primero es el diputado nacional Roberto Sánchez, porque finalmente quedó al frente de la boleta para presidir el partido, tal como quería; aunque no logró satisfacer las pretensiones de todos los que se encolumnaron detrás suyo y que ya han comenzado a minarlo como conductor partidario, antes de asumir la titularidad de la junta de gobierno.

Es imposible contentar a todos en una interna, menos en las que se eluden las urnas en aras de una proclamada unidad superadora de las diferencias. Siempre resultan socios decepcionados y dispuestos a levantar los dedos acusadores. En esta grilla se ubicó el intendente Sebastián Salazar, que ayer arrojó munición gruesa. “Así no puede gobernar Tucumán”, sentenció en contra del concepcionense. El hombre de Bella Vista pasó, en cuestión de días, de pactar con Sánchez para acompañarlo en su aspiración de conducir el partido a desconocerle capacidad de jefatura política. A esperar, ahora, la respuesta de Sánchez para determinar el grado de distanciamiento y de rompimiento político entre ambos, y una señal de cómo encarará su liderazgo partidario.

En el medio, Germán Alfaro debe estar sonriendo y aplaudiendo desde la tribuna viendo un partido que le es ajeno, pero cuyo resultado le interesa, ya que con Sánchez debería definir la postulación a gobernador de Juntos por el Cambio. ¡Qué mejor que los propios correligionarios minen a su contrincante en la carrera a la Casa de Gobierno! Le están despejando el camino con los cuestionamientos a su adversario, justo en la misma semana en que Miguel Ángel Pichetto respaldó al capitalino como referente de la oposición tucumana. El intendente, además, ya tiene el guiño de Rodríguez Larreta.

Retomando la cuestión radical, el otro que resultó beneficiado en la interna de los correligionarios fue Ariel García, porque finalmente ubicó en los cuerpos orgánicos la cantidad suficiente de boinas blancas como las que hubiese logrado si efectuaba una buena elección interna siendo minoría. Por lo menos en la teoría sacó ventajas. Ahorro de recursos, pero, además, consecuencia de una gestión personal basada en la obstinación, la paciencia y en jugar con las urgencias ajenas. Finalmente no apareció en ningún cargo partidario: ser funcionario del gobierno peronista tal vez haya influido tanto como su discurso sobre la necesidad de un recambio de caras en la organización.

Más allá de que en la UCR lo miren con desconfianza por sus buenas migas con peronistas, a diferencia de sus pares radicales que componen la lista de unidad, él podría jactarse de tener una tropa que le responde. El resto, mientras tanto, por lo que se ve, se recela y desconfía lo suficiente como para cuestionarse entre ellos, al nivel de llegar a impugnar la nómina consensuada, a renunciar a los cargos de la lista y hasta plantear una denuncia judicial para desconocer la boleta de la unidad.

La imagen es pretenciosa: mostrar unidad. El relato es que hubo consenso, pero la realidad es distinta, y se refleja en las caras largas y las pocas sonrientes. Muestra la fractura interna, una división que a la hora de que la UCR tenga que definir, por ejemplo, su política de alianzas de cara al 23, obligará a reuniones con mayorías especiales. Significa negociaciones y consensos, y por la forma en la que se integraron los cuerpos orgánicos, anticipa que serán arduas, porque nadie tiene una mayoría suficiente como para imponer decisiones por sí solo.

Además, la dirigencia de la UCR evitó colateralmente llegar a las urnas y mostrar la verdadera capacidad de movilización de sus referentes y el caudal de representatividad política provincial del partido basado en el número de votantes. Nunca se sabrá si se dilapidó una posibilidad para exponer que la UCR es la segunda fuerza política de la provincia o si se evitó un papelón cuantitativo. Restará observar cómo sigue el proceso en los tribunales, si es que se llega a esta instancia, o bien si finalmente la calma se instala en la casona de Catamarca al 800 y se alejan los fantasmas de una nueva intervención. El último capítulo no se escribió entre los correligionarios.

Los primos peronistas

Sus primos, los peronistas del oficialismo, también sufren su propia interna, feroz y despiadada, pero más peligrosa porque estalla y se dirime en el seno del poder. Alberto no puede estar más debilitado en el Frente de Todos, no sólo producto de que su gestión no tranquiliza a la sociedad, sino de las presiones constantes y la desautorización a la que lo someten Cristina y de los cristinistas. Sufre a sus socios, los padece. Encima, tiene que ver cómo la oposición se sube a las críticas de los “K” para justificar su debilidad y, peor aún, cómo aluden a la posibilidad de que no llegue a fin de mandato. Más todavía, tener que escuchar de ellos que serán sus garantes para llegar al 10 de diciembre de 2023. Más imagen de un presidente débil y quebrado, imposible.

Los caminos para revertir esta situación les son harto complicados: distanciarse de Cristina y mejorar su gestión de gobierno. La ex presidenta lo cerca sin miramientos, convencida de que Alberto jamás se animará a enfrentarla, una actitud en la que -por cierto- debe insistir para demostrar que sigue manejando los hilos en la coalición y en el Gobierno: una suerte de doble mensaje, a sus huestes y a la Corte principalmente, con la que se ha enfrascado en una lucha de poder político e institucional.

El jefe de Estado está entrampado, las tiene todas en contra: su poder minado, sus sociedades políticas reducidas y una administración por la que ya se pone en duda la gobernabilidad futura del país. La crisis contribuye a potenciar sus dificultades y a descubrir que ya no hay muchos que estén dispuestos a ser arrastrados en su desgracia. Así se entienden los rumores de desdoblamientos de elecciones o de alejar las provinciales lo más posible de las nacionales: para no sucumbir en un eventual derrumbe electoral. En el caso de Tucumán, el peronismo puede disimular su desconfianza ya que los comicios provinciales se realizan en junio, una fecha lejana hasta de las posibles primarias nacionales, que suelen ser en agosto. El Gobierno tucumano puede seguir afirmando que respalda al Presidente ya que aquí se votaría mucho antes que las nacionales. O sea que la sensación, el relato o la realidad local no estarían tan contagiadas o impregnadas de la debilidad política del Frente de Todos en el plano nacional.

Sí, en cambio, como en el resto de provincias gobernadas por el justicialismo, tiene que preocuparse por asegurar una buena gestión, porque es lo único que le servirá para la contienda electoral. El año pasado Juntos por el Cambio estuvo a tan solo dos puntos del oficialismo; un dato que preocupa al PJ y que alienta las esperanzas de la oposición.

En ese sentido la inquietud es clara en Jaldo, quien ha volcado sus esfuerzos en atender tres aspectos que se le cuestionaban a la gestión de Manzur en el Ejecutivo: seguridad, educación y obras públicas. El tranqueño mismo, incluso, en la interna del PJ contra su socio hacía hincapié en estos aspectos para atacar al ahora jefe de Gabinete. No puede menos que darles prioridad a esos tres rubros en su interinato para reforzar sus pretensiones de calzarse la banda de titular efectivo de la gobernación el año que viene. Si bien viene jugando el partido con el equipo de colaboradores prestado por Manzur, fue colocando gente de su confianza en los segundos puestos, fogueándolos para lo que se les vendrá si se convierte en jefe del Ejecutivo. Para él, cuanto más tiempo Manzur siga en el gabinete nacional, más se fortalecen sus aspiraciones.

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