
Ya pasaron 40 años. ¡Cuarenta! y seguimos teniendo presente la humillante derrota a que nos llevaron los -en ese entonces- desquiciados y autoproclamados- conductores del país. Se cuenta que entre whisky y whisky, Galtieri decidió la tal invasión, que terminó en desigual guerra contra los británicos. Estaba cantado que teníamos que perder. Pero el pueblo, por la dictadura reinante, había sido privado de voz y voto. Había que obedecer las instrucciones del embriagado mandante y entregar los hijos a las llamas. No había lugar para gloria. Sólo para la tristeza de saber que no volverían. Y eso ocurrió. Nos dieron una soberana paliza que, para deshonor, queremos hacerla inolvidable, transformándola en “patriotismo” o “gloria”. La razón debería imperar, dejando ya de recordar ese lógico fracaso. No sirve como ejemplo. Lo sensato es, como lo dice el refrán -hacer borrón y cuenta nueva- y tener en cuenta que hay errores difíciles de perdonar. Las Malvinas siguen en manos del invasor que no entiende razones y tiene, para colmo, la fuerza del Poder. Este (el Poder) es el Goliat y nosotros no somos el David, para voltearlo de un hondazo.
Darío Albornoz
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