

El Señor, después de haber pasado 40 días y 40 noches ayunando, debe encontrarse muy débil, y siente hambre como cualquier hombre en esa circunstancia. Es el momento en que se acerca el tentador con la proposición de que convierta las piedras en el pan que tanto necesita y desea.
Y Jesús “no sólo rechaza el alimento que su cuerpo pedía, sino que aleja de sí una incitación mayor: la de usar del poder divino para remediar, si podemos hablar así, un problema personal (...)”. “Generosidad del Señor que se ha humillado, que ha aceptado en pleno la condición humana, que no se sirve de su poder de Dios para huir de las dificultades o del esfuerzo. Que nos enseña a amar el trabajo, a apreciar la nobleza humana y divina de saborear las consecuencias del entregamiento”.
Nos enseña este pasaje del Evangelio a estar particularmente atentos, con nosotros mismos y con aquellos a quienes tenemos una mayor obligación de ayudar, en esos momentos de debilidad, de cansancio, cuando se está pasando una mala temporada, porque el demonio quizá intensifique entonces la tentación para que nuestras vidas tomen derroteros ajenos a la voluntad de Dios.
En la segunda tentación, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo. “Le dijo: si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está que dará órdenes a sus ángeles de que te lleven en sus manos”. “Le respondió Jesús: escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios”.
Era en apariencia una tentación capciosa: si te niegas, demostrarás que no confías en Dios plenamente; si aceptas, le obligas a enviar, en provecho personal, a sus ángeles para que te salven. El demonio no sabe que Jesús no tendría necesidad de ángel alguno.
Cristo se niega a hacer milagros inútiles, por vanidad y vanagloria. Nosotros hemos de estar atentos para rechazar, en nuestro orden de cosas, tentaciones parecidas: el deseo de quedar bien, que puede surgir hasta en lo más santo; también debemos estar alerta ante falsas argumentaciones que pretendan basarse en la Sagrada Escritura, y no pedir (mucho menos exigir) pruebas o señales extraordinarias para creer, pues el Señor nos da testimonios suficientes que nos indican el camino de la fe.
El demonio promete siempre más de lo que puede dar. La felicidad está muy lejos de sus manos. Toda tentación es siempre un miserable engaño. Para probarnos, cuenta con nuestras ambiciones. La peor de ellas es la de desear la propia excelencia; el buscarnos a nosotros mismos sistemáticamente en las cosas que hacemos o proyectamos. Nuestro propio yo puede ser el peor de los ídolos.
Tampoco podemos postrarnos ante las cosas materiales haciendo de ellas falsos dioses que nos esclavizarían. Los bienes materiales dejan de serlo si nos separan de Dios y de nuestros hermanos.
Tendremos que vigilar, en lucha constante, por la tendencia a desear la gloria humana, a pesar de haberle dicho al Señor que no queremos otra gloria que la suya. También a nosotros se dirige Jesús: Adorarás al Señor Dios tuyo y a Él solo servirás. Eso es lo que deseamos y pedimos: servir a Dios en la vocación a la que nos ha llamado.







