Doctor en Filosofía - columnista invitado
El arquero de Sherwood siempre es el blanco de filósofos, economistas y politólogos-politicólogos. Para algunos, encarna al mismísimo Estado populista, que no permite el desarrollo porque nivela para abajo. “Robin Hood contribuyó a empobrecer la sociedad de su tiempo, reduciendo los incentivos de los ricos para producir más y disminuyendo la oferta laboral para los pobres. Robin Hood impidió, en pocas palabras, que los pobres de su tiempo pudieran acercarse al desarrollo económico”, dicen los leguleyos peruanos Rodríguez y Visscher en su ecuánime artículo “La falaz leyenda de Robin Hood”. Pobres pobres.
Marxistas y revolucionarios le pegan al duende del arco y flecha por ser un engranaje más del capitalismo, porque no pone en duda las clases sociales, sino, al contrario, es un analgésico opiáceo a su servicio. Los más pesimistas señalan que la leyenda es una mercancía más: Robin de Sherwood, así como la serie “La casa de papel” y tantas otras historias formarían parte de un mismo verso que se vende desde hace siglos.
Ahora bien, entre la patética filantropía de El profesor de “La Casa de Papel” y la intolerable actitud del clásico robo, quisiera destacar un fenómeno local. Fui una de las últimas promociones de la Escuela de Agricultura y Sacarotecnia en tener clases en el antiguo edificio de calle San Martín al 1.500, entre la Maternidad y el Cementerio del Oeste. Una localización que, desde luego, es en sí misma una poderosa metáfora sobre la vida y el estudio. Pero la metáfora que quiero compartir es menos existencial y más concreta, la del club de la factura. Nuestra moral en los años noventa era acaso más rudimentaria respecto de otras instituciones que enarbolaban la palabra “autodisciplina”, que para nosotros era una especie de carrera de trenes.
La idea del Club de la factura era sencilla: una vez por semana alguno de los de sexto año se paraba en un pasillo y, si no había voluntarios, elegía a uno blandengue de primero. Lo incorporaba al club bajo la forma de una pregunta, aunque el acto de habla era absolutamente directivo:
- Amigo, ¿querés ser del Club de la factura?
- Claro-, respondía resignado.
A continuación, le sacaba de cualquier forma dinero para dos facturas -debo decir que no eran nada onerosas, pero sí muy feas-, lo encomendaba al kiosco y al regresar le hacía señas con el hocico para que coman cada uno la suya. La sociedad seguía cuando el flamante socio apuntaba a un tercer accionista, que era a su vez saqueado, esta vez por el monto de tres facturas que era obligado a “convidar”. Difícil narrar el suplicio que implicaba la sola idea de esa proliferación de facturas, una maldición de anís y crema pastelera rancia. Si uno era elegido entre los primeros socios era más barato, pero era obligado a comer varias más que el último. Había, eso sí, mucha comprensión por parte de la gente del kiosco respecto al costo; sabían que no era una compra por necesidad. Otro atenuante para juzgar el sistema era que el fundador comía todas a la par de los demás y que no dejaba de ser una manera que tenían los compañeros más pobres, que los teníamos, de llenarse -hasta el arrepentimiento, podría decirse-. Cuando llegué al último año, nos convocó el hombre que estaba detrás de toda la trama, el maestro del calabozo. El dueño del kiosco era un ex PC con quien compartimos marchas contra el menemismo y su Ley de Educación Superior. Bajo juramento de confidencialidad y a instancias de una prima destinada a nuestro viaje de egresados, nos reclutó como venía haciendo con todas las promociones de sexto año, para ser los que, cada tanto, demos comienzo al club. Nos señaló que era un tema de liquidación de stock por caducidad del producto. Bella Chau.








