“La filosofía del aula en una generación será la filosofía del Gobierno en la siguiente”.
La frase de Abraham Lincoln no puede describir más sombríamente lo que puede llegar a ser nuestro futuro. Hoy, a una semana del comienzo oficial de clases en Argentina, el país se enfrenta a un desafío enorme: recuperar la educación y comenzar a plasmar en hechos otra frase que se dice comúnmente, pero que carece de apoyo en hechos: los chicos son el futuro. En 2019 se conocieron los resultados de las pruebas PISA, donde quedó demostrado el nivel educativo del país. Argentina, en Sudamérica, quedó en el penúltimo lugar, sólo por encima de Paraguay, y por debajo de Brasil, Uruguay, Colombia, Perú y Ecuador. El estudio reveló que los alumnos argentinos muestran peores resultados que sus pares de otros países en matemática, lengua y ciencias naturales. En 2006, la primera edición de la prueba, Argentina quedó por encima del promedio en las cuatro áreas que se midieron por entonces. Seis años después, en 2013, ya se observaba una caída en el rendimiento comparado a la región. En 2019, la debacle fue casi total. ¿Qué es lo peor de este dato? Que en ese momento nada se sabía de algo llamado covid-19.
También en 2019 se conocieron los últimos resultados de las pruebas Aprender. No fueron mejores que las PISA. Según el estudio, los alumnos no incorporan los conocimientos suficientes en matemática. En secundaria, incluso, los desempeños fueron peores. El 72% de los estudiantes de último año estuvo por debajo de los niveles deseados y, lejos de mejorar, los indicadores cayeron en cada evaluación. Solo el 28,6% alcanzó los niveles de aprobación (satisfactorio y avanzado). El resto tuvo problemas para resolver los ejercicios e incluso el 42,8% se mostró por debajo del nivel básico. Es decir, no alcanzaron a incorporar los contenidos más elementales que plantea la currícula. Al igual que en las otras disciplinas, los datos mostraron una correlación muy fuerte por nivel socioeconómico. En los hogares de NSE (niveles socioeconómicos) bajo, el 64% de los estudiantes estuvieron por debajo del nivel básico, mientras que en los de NSE alto representaron tan solo el 24%. Esa correlación se trasladó a las escuelas públicas y privadas. Allí la brecha fue de 26 puntos porcentuales. Para ponerlo en pocas palabras: el nivel educativo nacional es paupérrimo.
¿Dónde estamos parados ahora? La pandemia no hizo más que profundizar esta situación y marcó además algo que ya era un secreto a voces: la inequidad educativa. En momentos en los que la única manera de aprender era virtual, Argentina comenzó a caerse en pedazos en materia de conexión. Vimos, a lo largo de estos dos años, miles de historias de chicos que caminaban kilómetros para poder tener algo de señal en sus celulares y de esa manera poder seguir con las clases. Imaginemos entonces sin ningún tipo de expectativas cómo serán los resultados de las próximas evaluaciones educativas. Ya lo dijo el ministro de Educación, Jaime Perczyk: “El mundo es más desigual, la Argentina es más desigual. Hay chicos que tienen una computadora cada uno, que tienen conectividad en la pieza, que hay una mesa y un escritorio para estudiar, pero en el mismo país, y a pocos kilómetros de distancia, hay chicos que tienen un celular por casa, que no tienen datos, que no hay conectividad. Hay lugares en Argentina en los que no hay datos. Un pibe, una piba, no puede sostener una clase a distancia cuando no hay datos. La pandemia trajo un desorden enorme en la sociedad argentina, y eso hay que repararlo. Y para eso hace falta política, y política pública”. Pero ¿cuántas veces escuchamos esas palabras? Y aquí no hay grieta. Tanto los resultados de las pruebas PISA como de las de Aprender se dieron durante el Gobierno de Cambiemos. Y decir que durante que el Frente de Todos impulsó una revolución educativa en los últimos 19 años también sería una falacia. Tal vez el programa que mejor rendimiento tuvo fue el Conectar Igualdad, discontinuado por Macri, pero de poco sirve entregar notebooks si los chicos no tienen internet.
En una entrevista publicada el domingo, Guillermo Jaim Etcheverry fue contundente con la actualidad educativa: “Hoy en la escuela se hacen muchas cosas y no lo que se debe hacer. A los chicos hay que darles herramientas para hacer. Más de la mitad de los alumnos tiene dificultades para comprender lo que leen, no saben hacer cálculos matemáticos, y la escuela pretende enseñar de todo. Hoy se convirtió en YouTube. Ya de por sí es difícil aprender a leer y escribir correctamente y con contenidos, lo mismo a hacer cuentas, a desarrollar la capacidad de abstracción de las personas. No se tienen que hacer tantas cosas en las escuelas”. Y aseguró que a los chicos hay que exigirles, que no todo debe ser diversión y esparcimiento. Criticó además las decisiones educativas que permitieron que todos los chicos pasen de curso sin haber alcanzado los objetivos, y hasta la idea de que portar la bandera sea parte de un sorteo y no de un mérito. “Si todo lo que les mostramos son cosas simples, groseras, si no leen, si no enriquecen su vocabulario, y se quedan limitados a las 20 palabras que dicen en las cumbias es imposible que haya un crecimiento. Por eso la importancia de la lectura y la comprensión de los textos son fundamentales para el desarrollo”, aseguró. Etcheverry escribió a fines de la década del 90 un libro titulado “La tragedia educativa”. Podría publicarlo hoy nuevamente sin problemas.
El gran desafío
Hace unos días, cuando se lanzó el plan “Aula segura” para el retorno de presencialidad plena en las escuelas del país, el ministro de Educación de Tucumán, Juan Pablo Lichtmajer, aseguró: “Este inicio de clases es uno de los más importantes. Por todo lo que pasó, porque salimos adelante gracias a la vacunación, porque la escuela es símbolo de la Argentina de la reparación y el encuentro. La sociedad y los gobiernos han decidido que la educación es la prioridad 2022”. Pero el gran desafío no será sólo recuperar dos años casi perdidos, si no la forma en la que eso se hará y poder elevar los niveles de cara al futuro. Según los datos recientes del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), en el área del Gran Tucumán-Tafí Viejo, el 46,2% de la población urbana (418.190 individuos), calculada en 905.000 personas carecen de los ingresos necesarios para estar por encima de la línea de pobreza que, al concluir el primer semestre de 2021, eran de unos $ 58.600 para una familia tipo. ¿Cómo se afrontará esa situación y se ayudará a que esos chicos puedan educarse como único modo de tener un futuro mejor? Hoy, hacerse esas preguntas pareciera ser parte de una nebulosa, en la que las respuestas nunca aparecen en forma clara. Perczyk también aseguró que a los chicos que habían abandonado la escuela había que ir a buscarlos. Y la ministra de Educación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Soledad Acuña, aseguró que muchos de esos alumnos ya son irrecuperables, y que pasaron a formar parte de las filas del narcotráfico. De ser así, tenemos otra generación perdida en el país.
Sueldos magros
El reconocimiento debería llegar también a los docentes. Así como el trabajo del personal de Salud fue heroico a lo largo de estos dos años, el educativo no se quedó atrás, debiendo aprender a los tropezones una nueva forma de enseñar. Pero en Tucumán tenemos un Estado elefanteásico que gasta millones de pesos en estructuras políticas. Con un gobernador, un vicegobernador, 49 legisladores, 19 intendentes, 184 concejales y 93 comisionados rurales. Y ahora, además, quieren crear la figura del subdelegado comunal: otros 93 cargos. Mientras tanto, docentes y médicos deben hacer protestas en las plazas para cobrar un sueldo digno como si no lo merecieran.
Volviendo a las palabras de Lincoln, será momento entonces de mirar hacia adelante y comenzar a avizorar el futuro. ¿Qué tipo de gobernantes tendremos? ¿Aquellos que según las pruebas diagnósticas de hoy no saben leer? ¿Tendremos como líderes a personas que no pueden hacer cálculos matemáticos? ¿Quiénes llegarán a estar en condiciones de ser votados como las personas que deben conducir los caminos argentinos? Ya lo decía Mandela: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”. Para bien, o para mal.








