

Carlos Duguech
Columnista invitado
Una de las expresiones más utilizadas cada vez que se hacen interpretaciones de la democracia en nuestro país es “la República” . Y con respetuosa mayúscula para darle la pátina de institución inexpugnable. Suena como si Sócrates se lo dijera al oído a ese empecinado dialoguista que fue Platón. Toda definición de sistemas de gobierno democrático que nos interesa rija en la plenitud de su formulación no deja de incluir a “la república” como emblema y molde. La democracia representativa -tan distante de la participativa en un sistema de gobierno- halla fisuras que no pueden calafatearse de manera alguna en el casco del navío en cuyo palo mayor ondea un banderín esplendente con dos letras: CN.
La Constitución Nacional establece -apenas transcurre el preámbulo y se interna en el Capítulo primero consagrado a “Declaraciones, derechos y garantías”- en la “forma de gobierno”: “Art. 1º: La Nación Argentina adopta para su gobierno la forma representativa, republicana y federal...”. Veámoslo con una lupa de aumento normal, suficiente como para acceder a la valoración primaria (y realista) del primer artículo. La representatividad que se opera en el sistema legislativo (las provincias en el Senado y sus respectivos pueblos en Diputados) halla impedimentos para una auténtica representatividad, por imperio obstructivo de algunos sistemas electorales. Un ejemplo: el mañoso recurso electoral de “acoples” en Tucumán. Muy lejos está de garantizar, efectivamente, la representación ciudadana, sometido el sistema a diseños desde cúpulas políticas, coyunturalmente oficialistas, a favorecer el mayor número de “representantes” propios. Tanto para una u otra cámara del Congreso de la Nación.
El 99
En la Carta Magna el articulo 99, en su inciso 4, consagra cuasi inocentemente la inclusión de una astilla de otra madera en el tronco destinado a configurar la naturaleza y facultades del Poder Ejecutivo Nacional. Es por allí donde hace aguas el navío de la Nación. La “division de poderes”, piedra basal de la república, tiene una brecha en el casco del navío pese a enarbolar en su palo mayor ese banderín de alerta con las siglas CN. Desde 1853 nada se hizo para sanar esa brecha. El régimen presidencialista, abona mas aún esa característica cuando en el artículo cuarto se le asigna un privilegio de reyes: “nombra los magistrados de la Corte Suprema con acuerdo del Senado...”. Vale traer aquí que designa a los miembros de los tribunales federales inferiores pero esta vez en base a una propuesta vinculante del Consejo de la Magistratura. ¿Cuánto de “división de poderes” entre el Ejecutivo y el Judicial puede, en efecto, haber con esa carnal dependencia entre unos, los ministros de la Corte y el titular del PEN? ¿Cuánto?
Lo de “federal”, en remojo
El tercer punto crucial que marca la Constitución referido a la forma de gobierno se resume en una palabra de muchísima difusión, valoración y contenido: “federal”. Las 23 provincias de nuestro país conocen, como casi nadie, el costado más oprobioso del término en cuanto a su relación con la realidad de todos los días, con todos los gobiernos nacionales. La coparticipación federal de impuestos siempre estuvo (aunque me desagrada el término) “manoseada” políticamente por el poder central. Moneda de cambio por sólo razones políticas electorales y de las otras. ¿Cuántos viajes en las agendas de los gobernadores a la Capital Federal para la gestión de la cuota parte de la recaudación impositiva que le corresponde a sus provincias deben realizar durante sus respectivas gestiones?
Un país federal no puede tener matices diferenciadores en la aplicación de esa característica ligada nada menos que a la “forma de gobierno” consagrada en el primer artículo de la Carta Magna. El país integrado que diseñó y consagró la Constitución se desvirtúa, ¡vaya momento! a la hora de repartir los billetes
Y, a veces, unitario
Si hubiera que poner sobre a mesa de análisis un ejemplo reciente de un estruendoso unitarismo, será menester mencionar al gobernador de Tucumán, Manzur, devenido en jefe de Gabinete por decisión del Gobierno nacional del país federal. Asumido que fuera el gobernador con licencia temporaria logra que desde el gobierno nacional se ejerzan presiones sobre el vicegobernador para impedirle que asumiera transitoriamente la gobernación de una provincia, lo que correspondía según la Constitución de Tucumán. Independientemente del vergonzoso enfrentamiento electoral entre Manzur y Jaldo, las presiones del Gobierno nacional impulsadas por su jefe de Gabinete eran un flagrante avasallamiento de la autonomía provincial. Y del federalismo, en suma. Y, paradójicamente, impulsado por un gobernador tucumano, avalado por el Gobierno nacional. Y desde el poder central de la Nación afrentando grotescamente sistema federal.
Castillos medievales
Tanto y tanto en los discursos preparados con esmero académico en foros de exaltación del sistema de la “División de poderes” como expresión mas acabada del sistema de la república como en las manifestaciones que senadores y diputados expresan en los respectivos recintos del Poder legislativo se omite esa brecha constitucional mencionada. Claro es que no se incorporó la palabra “absoluta” en lo de división de poderes del sistema republicano. No hacía falta, pero parece que sí hace falta, ahora. Para que no haya un adarme de dudas en lo esencial de la República: la división (absoluta) de poderes. Que el Judicial no posea ninguno de los sellos del PEN. Para que cada poder del Estado tenga, como los castillos medievales, un foso alrededor para su inexpugnable seguridad. Y que lo tenga, especialmente, el Poder Judicial. Ni hace falta agregar más. Sólo que los legisladores incluyan en sus portafolios este tema de la República “a medias”.
Torneo
Cabe enfatizar en estas líneas finales que en nuestro país, por lo que a diario vivimos, lejos de una “división de poderes”, expresión natural para la vigencia del sistema republicano, se percibe a primera vista- y casi desde siempre- un “torneo de poderes”.
Es connatural que haya ganadores y perdedores a su tiempo. Y eso es malísimo porque encierra, bajo muchas capas, un virus destituyente, de accionar solapado.







