El botón rojo

Doctor en Filosofía.

Santiago Garmendia
Por Santiago Garmendia 20 Febrero 2022

En la época en que los ómnibus paraban en las esquinas había una sensibilidad respecto al peligro de la guerra nuclear que es difícil de explicar a los que usan hoy la tarjeta Ciudadana. Los niños de entonces teníamos una especie de cultura militar respecto a las armas de las dos superpotencias: revistas, libros, figuritas de su poder de fuego. Sabíamos que el Lookheed Blackbird pasaba el Mach 3 y el poder de fuego de los MIG rusos. Solo en ese contexto se entiende el botón de autodestrucción. A nuestros ojos, todo artefacto tenía un dispositivo kamikaze, toda máquina era también una bomba.

Los Gremlins fue la película de culto de entonces que nos encantaba, no solo por Gizmo o por los hijos terribles suyos, sino porque en ese pueblo tenían filmadoras, tostadoras, walkmans y comida rápida en autocine. Mientras que, al mismo tiempo, pero en Tucumán, comíamos en un lugar que se llamaba “Mi Abuela”, que tenía troqueles de sopa y postre que nos cambiábamos como figuritas, y nuestro único delivery eran unos farolitos de ollas apiladas con guiso de mondongo que llamaban viandas. No teníamos baile de graduación ni auriculares, sino discos, y rara vez eran discos comprados. Para ir por uno había que empezar a pedir y embocarle con que el artista no hubiera pasado al olvido para nuestro cumpleaños o Navidad. Resulta que no íbamos a buscar la música que nos gustaba, sino que poníamos los long play que encontrábamos en nuestra casa hasta que nos gustaran.

“La voluntad de creer” es el título del polémico libro de Willliam James donde plantea que la intención y la acción están antes que las ideas. Se cree porque se reza, no al revés. Nosotros éramos entonces pragmatistas del vinilo. También de la televisión; nos gustaba lo que transmitía el canal de la manzanita porque lo transmitían y era lo único que podíamos ver. Así, fuimos fans de series japonesas de huérfanas humanas, batracias o himenópteras (me remito a una llamada “Sandybell”, a la anfibia Demetán, como casos testigo de estas historias que harían llorar al mismísimo Migré). No era infrecuente que las telenovelas, especialmente las brasileñas, fueran un culto secreto nuestro a los 10 años.

¡Qué difícil explicar a los nativos digitales nuestro mundo analógico! O peor, ¡a cuerda!

Quizás una forma de dimensionar la sorpresa de, por caso, nuestros hijos cuando uno les relata esas costumbres, sea remitirnos a la película “La leyenda de Novecientos”, de G. Tornattore, basada en un monólogo extraordinario de Alessandro Baricco. Trata de un pianista que nació en un transatlántico, donde transcurrió su vida y brilló con su arte. Nunca salió del barco, ni siquiera cuando fue fondeado y se hundieron juntos. No pudo bajar porque su mundo era el barco, que ya era infinito en sus eventos y posibilidades. El mundo era demasiado infinito, si me permiten, como para presionar sus teclas.

Piensa en cambio: un piano. Las teclas comienzan. Las teclas terminan. Sabes que son 88. En esto nadie te puede joder. No son infinitas, ellas. Tú eres infinito y dentro de aquellas teclas, infinita es la música que puedes hacer. Yo he nacido en este barco. La tierra, aquello es un barco demasiado grande para mí. Es una música que no sé tocar.

Ese mareo de que las cosas han cambiado demasiado y aparece la clara idea de que nuestras posibilidades de comprenderlo están históricamente condicionadas, eso es lo que vivimos ante los milenials, centenials y demás mocosos. Así como nosotros, cuando creíamos que estábamos en el mundo y no en el barco, nos reíamos de nuestros abuelos que agradecían a la dulce voz del 113 (logramos por lo menos en algunos casos que no le saludaran). Ellos que vivían pegados a la radio y guardaban la vajilla del casamiento para siempre. Ese era su piano. Nuestros hijos nos ven igual, con esa misma curiosidad de monumento. Lo comprobé el día que les conté del botón de autodestrucción, la vez que mi Francisco de nueve años sonreía al escucharme decir que la lámpara “no funca”, o cuando les digo que salíamos en bandada durante las siestas de carnaval a mojar a la gente. Cada generación tiene su piano; la nuestra, además de las negras y blancas, tenía una tecla roja. Espero que su teclado no la herede.

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