La verdad sobre los concursos

Por Vanessa Lucero - Columnista invitada.

30 Enero 2022

Rendir un concurso para magistrado es estresante. Cuando a eso se le suma rendirlo en otra provincia porque el concurso es federal (sí, en capital, lo de federal es sólo el nombre), al estrés se le suma el viaje. Pero si mi andar por los aeropuertos suele ser patético, mi comportamiento el día del concurso fue peor.

A veces pienso que, al fin y al cabo, Alberto Fernández (el presidente) tenía razón. Hizo bien en bajar mi pliego del Senado y no nombrarme en la Justicia Federal. Salí primera en el concurso, pero seguramente alguien le había contado sobre mi comportamiento en el examen escrito, y por eso decidió no nombrarme.

El concurso comienza a las 8 de la mañana en punto. Una computadora por concursante, con un espacio enorme entre una computadora y la otra, para que nadie pueda copiar al compañerito. Se pueden llevar libros, pero no hay tiempo ni para abrir la maldita valija en la que los llevaste.

Yo me había empeñado en llevar los libros y fallos más innecesarios del mundo, pero -para variar-, no tenía nada de lo que finalmente necesité.

Te dan ocho horas para rendir el examen escrito (el oral es al otro día). Ocho horas corridas y seguidas, sin pausas para almorzar. Y como no soy ninguna improvisada, me había llevado un par de cositas para no pasar hambre y para que no me bajara el azúcar: cinco barras de cereales, chocolates, caramelos, agua, nueces (para la inteligencia), y café. Pañuelos, muchos. Más agua. El lápiz mina y la goma blanca. Papel. Todo previsto. Una capa.

Esa mañana nos hacen pasar a las 7.30 al salón en el que rendíamos. Dejamos celulares apagados en una caja (juro que parecía que nos controlaba el FBI), dejamos las carteras y sacamos DNI para que pasen a controlar. Cada uno debe sentarse en la máquina asignada, cada escritorio tiene un número grande pegado. Me siento, paro mi enorme e innecesaria valija de libros y apuntes al lado mío. No la puedo abrir parada así que la acuesto. Mal, ocupa bastante del pasillo del aula. No pasa nada, pienso. Abro la valija y la tapa cae y casi que ocupa todo el pasillo. Al frente me mira una vieja (debe tener mi edad) con cara de ¡“qué patética!”. No me interesa. Cierro la valija, la abriré cuando necesite un libro. Mientras, acomodo todos mis alimentos en el escritorio, barras alineadas, caramelos en montón, vaso grande de café, dos botellas de agua. Todo perfectamente ordenado. Tonta, pero ordenada.

Nos dan un sobre cerrado que tiene un número y un nombre en clave adentro, que sólo leeremos nosotros. Abro el sobre y saco el caso asignado. Es una sentencia y una consigna. La leo y no puedo creerlo. A mí que en general las cosas no me salen bien, empiezo a leer el caso y la sentencia y ya sé como resolverlo. Estoy feliz. Empiezo. Hago un esquema del recurso. Pienso que voy a terminar con tiempo, con el recurso completo. ¡Ja! La vieja de atrás no va a poder creer cuando termine antes.

Pasaron cinco horas y yo no terminé los tres primeros puntos, qué carajo estuve haciendo. Escribo y borro. Escribo y borro. ¿Por qué escribo tan asqueroso? Me cuelgo corrigiendo títulos: este subrayado, este sin negrita, esta numeración con números, estas letras. No puedo creer que sea tan imbécil. No puedo creer que siga acá. Me merezco desaprobar por tonta. Busco un libro que creo que tiene jurisprudencia. Pierdo 25 minutos y no encuentro nada. Soy un desastre. No sé para qué vine. En qué momento se me ocurrió presentarme. Selecciono por error un párrafo eterno y lo borro. No, no, no. Atrás, deshacer. Me quedan dos horas ya y más de la mitad del recurso. ¿Por qué carajo me hice la canchera y puse los títulos para después completar?

Estoy nerviosa y me falta tiempo. No llego. Tengo ganas de hacer pis así que no me queda otra que ir al baño. No importa. Voy volando y vuelvo. Tranquila. Son dos minutos.

Me levanto y pido permiso. Ya no parece el FBI sino la KGB. Me acompañan al baño y me esperan en el pasillo.

Mientras estoy en el baño pienso en lo que me queda. Es un montón, que lo parió. Tranquila, me autoconvenzo. En una hora y media liquido todo y en media hora reviso y listo.

Hago pis. Listo. Todo en orden. Me subo el pantalón negro que tengo puesto, elastizado para que sea más cómodo. Agarro el pantalón con la mano izquierda, cruzo el brazo y tomo el cierre con la mano derecha. Lo subo. Es joda. No puedo creer lo que me está pasando. El cierre se me acaba de enganchar en la maldita bombacha de encaje. No. No puede ser. Tranquila. Pensá, no seas pava. Lo muevo despacito. Nada. Abajo. Arriba. Más enganchado. Que lo parió no puedo creerlo. El de la Gestapo debe estar en el pasillo preguntándose porqué me demoro. Tiro y muevo y nada. Transpiro, hace calor, estoy en ese cubículo diminuto peleando con un pantalón y una bombacha. Tiro y nada. Trato de bajar y no baja. Ni sube. Dios. No puedo creerlo, por qué siempre me tienen que pasar estas cosas.

Respiro profundo y digo basta. Ya está. Tengo que volver a rendir porque enseguida aparece un helicóptero a sacarme del baño porque creen que estoy copiando porque tengo un micrófono oculto o algo así. Tengo que salir ya. Al fin y al cabo, es una maldita bombacha, tiro y que se rompa y listo.

Entonces tiro. Y en vez de romperse la bombacha me quedo con el maldito gancho del cierre en la mano. No, no, no. No puede ser. El cierre en la mano. El pantalón abierto. Que lo recontramil parió. Quiero gritar. Trato de enganchar el ganchito en la cremallera de nuevo con mi nula habilidad para todas las tareas manuales de costura. Sé que mi mamá es la única que podría ayudarme en estos momentos, pero está a mil kilómetros, así que no sirve que la llame gritando.

Tengo el pantalón abierto. Elastizado. Y una camisa apenas más larga de la cintura. La camisa no me tapa la abertura del cierre. Abro la puerta con la mano puesta en la cadera, a la altura del cierre. Pero se ve igual. Me miro al espejo y no puedo creer. Cómo carajo camino ahora.

Me tengo que inclinar para que la camisa me tape el cierre. Así que me inclino hacia la izquierda y así salgo del baño. El que está en el pasillo me mira y no dice nada. Yo camino así, con el torso inclinado hacia el costado izquierdo y la mano en la cadera, como sosteniéndome el pantalón. No puedo creer ser tan imbécil.

Llego así medio de coté a la silla. Me siento. Peor. El pantalón elastizado cede y siento que se me va a caer. Trato de escribir con una mano mientras con la otra me tapo la abertura del cierre, pero es imposible. Así que me vuelvo a inclinar para que la camisa me tape la abertura del pantalón. Pareciera que tengo una escoliosis severa repentina, o que se me acortó una pata. Paso la siguiente hora así, escribiendo medio de costado.

Hay que entregar y no sé ya que hice. Los del FBI, la KGB y la Gestapo no te dan un maldito segundo más. Grabo y cierro. Terminó el sufrimiento, pienso.

Me paro y trato de recoger todos los bártulos sin que se me caiga el pantalón, siempre medio inclinada. Me doy la vuelta y me doy cuenta que la vieja de mierda me mira con cara de “pobre chica deforme”.

Ya está. Me quiero ir. Cierro la cartera para desaparecer y escucho que dicen “de a uno por favor pasen a firmar las actas”.

Es una joda, en serio. De a uno. Me levanto y recorro el maldito pasillo medio de costado y casi rengueando. Me hago la qué y pongo la mano en la cintura agarrándome fuerte el pantalón, para que no se me caiga, y agarro la lapicera haciéndome la canchera con la derecha para firmar. El papel se mueve (claro, está suelto en el escritorio, podría agarrarlo con la otra mano), pero mi mano sostiene el pantalón así que nada, a firmar como se pueda. La firma me sale deforme, parece falsa. Es distinta de la que hice antes. La presidenta del jurado me mira con cara de “pobre viene del norte no sabe firmar”, y se sonríe con lástima.

Vuelvo a mi lugar y me cuelgo mis cosas. La cartera me tapa el cierre. Alguien sugiere ir a tomar algo para festejar.

Camino hasta el ascensor y escucho que alguien pregunta “¿esa chica, de dónde es?”. Y al pasar, mientras se abre la puerta, escucho que responden “¿la chueca?, de Tucumán”.

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