Roberto Sánchez. Roberto Sánchez. FOTO TOMADA DE twitter @RSanchezOK

El radicalismo tucumano parece afectado por el síndrome del miedo al triunfo (SMT). Sería algo así como un bicho que se mete en el organismo de un partido político y le provoca la intempestiva necesidad de conspirar contra sí mismo.

La historia de la Unión Cívica Radical da cuenta de que ese gen destructivo interno está presente desde hace tiempo, al menos en las últimas décadas, con expansión en el nuevo milenio. La UCR estuvo a punto de desaparecer de la mano del infortunio de Fernando de la Rúa, pero los males ya la acosaban desde antes, lo que llevó al partido a manejarse con esa imperiosa necesidad de sumar aliados para llegar al poder. Sí, el Partido Justicialista también es frentista y si, también es internista. Pero el peronismo, como se inmortalizó, se reproduce y juega con mil aliados y en mil oposiciones, pero siempre con ese ímpetu reproductor. El radicalismo, en cambio, se alía con peronistas, centroizquierdistas o centroderechistas con la convicción de que los ajenos son mejores que los propios. Ello no sucede en el partido de don Juan Domingo.

El ejemplo reciente es el del macrismo. La UCR compartió el poder con el PRO de Mauricio Macri, pero como invitado. Ni siquiera logró colar a un vice en la fórmula presidencial y el Gabinete resignó a los hombres de boinas blancas por sobre los CEO del Presidente. Así les fue a ambos socios mayoritarios de Cambiemos.

De la historia se aprende, pero no cuando el SMT está adentro. Quizás, en algún momento, será materia de análisis científico el comportamiento tan extraño de ese virus que enceguece y hasta provoca tics de autodestrucción. Hace casi tres décadas que en Tucumán no hay un radical que, con el aval de los números en manos, tenga chance de llegar al poder. José Cano peleó ataviado con traje de guapo la gobernación y soñó con arrebatársela al peronismo. Logró la impensada alianza de propios y extraños para que su candidatura fuera poderosa, con gran parte de la oposición por detrás y la figura del entonces muy bien visto peronista Domingo Amaya a su lado. Pero estuvo lejos. Demasiado lejos en las urnas, en medio de denuncias y escándalos por unos comicios judicializados como fraudulentos. No le alcanzó.

Hoy, con un país diferente, con una pandemia a cuestas golpeando a los oficialismos y con una sociedad harta y empobrecida, la perspectiva para la oposición, en general, y para la de Tucumán, en particular, es otra. Roberto Sánchez estuvo a unos cientos de votos de vencer en cantidad de sufragios al oficialismo provincial. El filoperonista Germán Alfaro logró lo mismo, con otros cientos de votos por detrás del diputado nacional, ambos dentro del mismo espacio opositor. A ello se suma que el ex campeón de Rally presenta una buena imagen pública, según las encuestas que oficialistas y opositores manejan. ¿Entonces, por qué tanto radical buscando voltear a su mejor valor?. El SMT lo explica en parte y otro SMT (el de San Miguel de Tucumán) en otra parte. Varios correligionarios se cobijan bajo el halo protector del comandante de ese municipio. Y ahí surgen dos preguntas: ¿creen que Alfaro es mejor candidato que Sánchez y que con él al mando se logrará la gobernación? O ¿Quieren simplemente que no sean Sánchez-Campero los líderes de la UCR?

En un sector del radicalismo admiten que su partido tiene vocación de “carguero”. Es decir, sus dirigentes siempre están más preocupados en asegurar el “carguito” o la banca que pensar en cosas grandes, como ganar una intendencia o el premio gordo de Lucas Córdoba. Admiten que la comodidad se impone por sobre la posibilidad de jugar por “imposibles”, como lo viene siendo la Gobernación históricamente. Otro sector de la UCR cree que la estrategia debe ser la de “paso y veo”, como en el póker. Es decir, dejar que el año transcurra y ver cómo se van posicionando las cosas, especular y terminar planteando la negociación cuando las papas de la definición de 2023 quemen.

Por el momento, la mitad de la biblioteca radical se dirime -quitando el “odio” que algunos le tienen a “Camperito”- entre los que charlan para fortalecer a Sánchez y los que buscan robustecer a Alfaro. Ese Boca-River ya incluye a todos los aliados de Juntos por el Cambio, no sólo a los radicales. Por caso, en la reunión del PRO, en la que públicamente se dijo que no se habló de candidaturas, se planteó con claridad que el ex intendente de Concepción debía ser el candidato a gobernador. Lo formuló una dirigenta que inmediatamente fue increpada por un hombre del PRO con raíces concepcionenses. Le agradeció el halago hacia Sánchez y le dijo que tenía más valor aún proviniendo de una mujer cercana al alfarismo. Se hizo un silencio.

Es que el PRO se debate entre quienes apoyan al intendente de San Miguel de Tucumán, quienes ven a Sánchez como el futuro y quienes juegan a dos puntas. No pasa lo mismo con CREO, el espacio que viene arrebatando la porción de centroderecha antes afín al PRO. Sebastián Murga mantiene un diálogo fluido con el team Sánchez-Campero, con el convencimiento de que su espacio debe pelear por la gobernación, pero que de no ser él mismo el postulante, su apoyo estará con el del sur de la provincia.

Mientras tanto, Campero siente que con su entrevista en LA GACETA ganó de la mano de las múltiples respuestas y cuestionamientos que recibió de sus propios aliados. ¿Para qué pegarle tanto a quién no tiene importancia? El barullo alfarista lo fortaleció. Mala estrategia la del intendente capitalino.

La discusión de fondo del grupo opositor, en realidad, es cómo se dirimirán las candidaturas el año próximo. Alfaro intenta controlar la mesa interpartidaria de discusión con la vista puesto en ello. Sánchez quiere que se debatan todas las postulaciones, incluso la de las intendencias. De todas, incluida la capital. Eso significaría que el alfarismo correría más riesgos en su bastión ante una posible interna con los radicales y -quizás- con el bussismo. Los intereses cruzados habilitan las discusiones que, seguramente, serán recurrentes entre los socios.

Mientras el “Sánchez, no te enganches” parece ser el eslogan interno del espacio opositor, la falta de claridad de esa alianza los convierte en un “separados para que todo siga igual”. ¿Existe Juntos por el Cambio?

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