María Adela Agudo: Una poeta, entre la soledad y la búsqueda del amor

María Adela Agudo: Una poeta, entre la soledad y la búsqueda del amor

La escritora santiagueña que integró el legendario grupo La Carpa, nació hace 110 años y murió hace siete décadas en esta ciudad. Una adelantada.

María Adela Agudo María Adela Agudo

Ojos corzuela parpadean soledad. La mirada carbón arrebata, en silencio, sueños de pasión detenida en el pudor. La cabellera desata el deseo. Un dolor de ausencias vertebra un silencio de coyuyo. Es domingo 27. Enero se arrodilla. Un mal presagio acorrala a 1952. Los 39 años mojan con poemas las pupilas, a punto de apagarse en San Miguel de Tucumán: “¿Dónde están los nidos, dónde está mi nido? ¿Dónde está mi nido, chañar florecido…? Beso tu voz perfecta que me llena la piel de ingenuas malvas, de pichoncillos, de mosquetas… mujer que sale del bosque, mujer de las casonas moliendo un cereal de cantares. Tiene lozanía de marchas al sol y a las parvas, da besos al éter, irradia madrugadas y espacios…” 

Dicen que el martes 13 es pájaro de mal agüero. Por lo pronto, ese día de febrero de 1912 despierta con un coro de reinas moras para darle la bienvenida a esa changuita en Santiago del Estero. Cruzando el puente sobre el río Dulce está La Banda, que se adjudica la autoría de su nacimiento, donde su vida crece. Sin embargo, la “Ronda de la avenida (A la calle donde nací)” cuenta: “Avenida Belgrano, viajera, pasajera, que te vas de la ronda, que del alma te vas del brazo de los álamos, colegiala parlera, sin embargo viajera, con nosotros estás…”

Los libros son laberintos de sueños. La poesía navega en los arroyos del desvelo. La maestra normal nacional abre las puertas de la literatura y en un pensionado porteño de religiosas camina el profesorado de Letras. Las aulas de La Banda la cobijan nuevamente. Por la noche de su pelo, se descuelgan ya versos. El deseo se agita en las palabras. Un eco de misterio puebla la mirada. 

 “Buenos Aires no tiene cielo, pero tiene río y soledad. Una soledad no etérea sino psíquica, individual, de cada uno. Tengo la ilusión de que todo, los tranvías, los recuerdos, el aire me llevan al río. Buenos Aires atlántica no tiene mar, El Plata se lo escamotea. Y un tiempo joven, sin hiedra de pasado, un tiempo de retoños que empieza en mí cuando las terrazas están llenas de niños y de ángeles”, escribe.

Un brazo tendido

Vertical, Cántico, Tuco, revistas literarias que han acogido sus primeros trabajos. Un brazo tendido la llama a Tucumán. Un puñado de poetas dice que la poesía es la flor de la tierra (ella es una). El jujeño Raúl Galán, el santiagueño Nicandro Pereyra, los salteños Manuel Castilla, Raúl Aráoz Anzoátegui, el tucumano Julio Ardiles Gray, son algunas de las voces que la convocan para echar a rodar en 1943 La Carpa, movimiento de corta vida y de larga existencia. Despierta admiración y por qué no, enamoramientos. Lo busca en lugares esquivos. El amor es un grillo solitario. Un pozo de ausencias difícil de conformar, y mucho más en un martes 13. “En el dormido torrente de su sangre la estrella y la rosa languidecen. Conocía del verano la ardiente tortura de los pájaros y desdeñaba sus frutos sazonados”, escribe la bandeña y compañera carpera Carola Briones. 

Belleza, afirmación y vaticinio son las tres dimensiones de la poesía, reza el Manifiesto de La Carpa. “Al publicarse la muestra poética de La Carpa, ella había hecho ya el camino que nosotros comenzábamos. Desde su taller, un emprendimiento en que tensó las cuerdas de su ‘Guitarra absorta’ y en que había pasado sus etapas primigenias, alcanzó inusitada madurez. Había embrionado en ese ciclo algo que le venía de su fecunda tierra santiagueña; y otro tanto de eso se atisbaba a trasluz de sus limpias estrofas, en las cuales se afianzaba obstinadamente”, dice Aráoz Anzoátegui.

Poemas adelantados

En La Banda funda la revista Zizayán. LA GACETA, Clarín, Nativa, Cosmorama, publican sus textos. “Ella tiene cuatro o cinco poemas muy buenos, adelantados para su época, como ‘A un joven’. Cuando yo iba a Buenos Aires siempre lo visitaba a Nicandro Pereyra y él me leía las cartas, en una de ellas, decía: ‘Hoy he visto al hombre rubio como los girasoles…’ Quién era ese hombre en la amistad: Fernando Nadra, hermano de la señora de Manuel Serrano Pérez. Ella vivía enamorada de ese hombre, entonces en ese poema lo lleva al joven a ser un semidiós, ella admiraba la brillantez de sus discursos. Ese es el canto de amor y el otro es ‘Canto a Sigfrido’, el héroe de la mitología escandinava, el guerrero. Ella se enamora de él, sostiene que cuando una mujer no puede enamorarse de un hombre, debe enamorarse de un héroe”, señala el poeta santiagueño Alfonso Nassif.

Los reveses afectivos suman otras contrariedades: zancadillas peronistas. Al sancionarse la Constitución del 49, profesores, maestros y directores debían jurar por la nueva Carta Magna. Se niega. Cesantía. Le consiguen unas horas en un colegio de Frías. La depresión la atormenta. Viaja a Tucumán, donde ha cosechado amigos. La acogen en su hogar el poeta Omar Estrella y su esposa. Le consiguen unas cátedras en el instituto de Ardiles Gray.

Soledad. Desamor. Abandono. Melancolía. “No produzco nada sino cuando estoy enamorada. Cuando me enamore de nuevo escribiré más y mejor. Pero para eso hay que ver buenos mozos, hombres que sepan hacerla a una sentirse mujer. Quiero sentirme mujer. Ser subyugada, arrebatada, transfigurada por un hombre, al que la vida moderna no le haya adormecido el instinto de la especie, por un hombre que sepa que amar es más dar que recibir, vivir para el otro más que para uno, amarse en el otro, no en uno mismo. Y en cuanto a mí particularmente: mis dos hermanas jovencitas son madres ya, mis compañeras y amigas están casi todas casadas. En cambio, yo no he encontrado aún el hombre que me dé un hogar”, dice.

Sardinas enlatadas desatan un botulismo feroz. Ese domingo de hace 70 años, un cuchicheo de vidala le besa las yemas del corazón. “Yo, que todo lo enloquezco, no poseo tus párpados efímeros ni la ebriedad de todos los joyeles del sueño. Me adormezco entre el frenesí de las guitarras pero algo en mí sigue despierto. En tanto conozco por única vez la primavera, los retoños que no se abren en fiesta y la pajarera que se marchita”, murmura tal vez el alma de María Adela Agudo, antes de correr el telón de la eternidad. 

 

Canto a Sigfrido

Te invoco

en el primer despertar de mis ideales,

entre los héroes míos, extranjero.

Te preferí a los hombres de mi tierra

porque eras rubio, desconocido y muerto.

Eras tú lo perfecto, lo imposible;

el padre sin rigor y la niña sin culpas,

el brazo de la vida sin vejez y sin muerte

para la larga, sola e imperfecta cima.

Oh padre!

Te quise más que a Dios por tu herida y tu sangre,

por el cierto suicidio y tu orfandad celeste.

Eras para la cantilena del agua;

como ella suave, como ella vagabundo.

Anillo de las fuentes, ronda del río,

curva alta y celeste.

Eras para el aire divino de pájaros y augurios

y todo para la letra que ellos gorjeaban!

Eras para la tropa cristalina de los Eddas,

para esa mujer por el soñar abandonada!

Eras para el fuego y su catastrófica saga

y fuiste antes del mar, de la montaña,

antes que el todo.

Trompeta de fuertes rumores, música ensimismada,

Sigfrido, nombre de hielo, hermoso y muerto.

Sigfrido, pájaro, mar madre del cielo.

Sigfrido de blancas mujeres, de cabello isleño,

de nocturna mirada cayendo en el sino.


Tú que tuviste un hijo rojo como las fresas,

con la pequeña magia de guardados oseznos,

eras para el círculo encerrado de los hogares,

para ser guardado y recogido entre los arcángeles.

Nevada de exactitudes, blanda caricia de jazmines,

yo te recuerdo entre la sangre de las épocas

con tu arrogante ejemplo, tu soledad y tu discurso.

 

Era natural el orgullo de tu fuerza,

vibraba tímido tu dulce augurio.

El hombre es más que el tiempo porque se recuerda y se

duele,

porque tiene hermanos, enemigos y triunfos.

 

Si resucitaras entre rocas construiríamos torres

y no irías de pieles ni de combates vestido.

Deja las terribles mujeres, las celosas profetisas y sígueme

por los pórticos dulces de sol iluminados,

por las rítmicas olas del río y del tiempo.

María Adela Agudo

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