¿Cómo tomar buenas decisiones?

En la elección de un camino u otro entran en juego sesgos, creencias y juicios. Todos ellos “nublan” nuestro poder de decisión. La clave está en aprender a manejar las emociones. Por qué se puede ejercitar.

Blancos o negros, sí o no, caminos diferentes... La vida está llena de elecciones opuestas. ¿Lo hago o no lo hago? ¿Dejo este trabajo o sigo? ¿Hago ese viaje que siempre soñé? Todo lo que hacemos implica una toma de posición; y elegir una vía u otra nos pone frente a un sinnúmero de posibles escenarios que pueden ser positivos o negativos. De eso se trata la vida, ¿no?

Lo de la toma de decisiones es una cuestión que a todos nos cuesta. Elegir una cosa en desmedro de otra nos sitúa en un lugar que humanamente no nos gusta, pero, ¿cómo podemos tomar decisiones de la mejor manera? “Se está estudiando muchísimo el tema, y se observó que tomamos decisiones de manera irracional; hay un fenómeno evaluativo y automático que tiene nuestro cerebro y es emocional”, resume Héctor Olmos Arévalo, coach organizacional.

Para tomar decisiones -explica- es imprescindible ser conscientes de cómo funciona nuestro cerebro al momento de elegir. “Lo normal sería que recolectemos, seleccionemos y organicemos la información para tomar una decisión -comenta-; pero aparecen los sesgos”. Los sesgos son interpretaciones erróneas que hace nuestro cerebro de la información que tiene, y eso condiciona a la persona al momento de emitir pensamientos, juicios o decisiones.

Elementos que entran en juego

“Para poder tomar una decisión hay que preguntarse: ¿para qué hago esto? ¿Qué es lo que quiero? Siempre pensando en ese futuro que deseo. Esa es una pista. Uno puede preguntarse: ¿esto que estoy por hacer me acerca o me aleja de lo que quiero? Y ahí es cuando viene la dificultad: tiene que ver con los modelos mentales, los sesgos cognitivos, las creencias y los juicios que tenemos sobre el mundo y las cosas. Muchas veces vemos lo que podemos a través de esos filtros y nuestras decisiones están condicionadas por ello”, indica a LA GACETA la coach Ana Cristina Terán.

Olmos Arévalo afirma que son varios los sesgos que aparecen en la toma de decisiones. Algunos de ellos son: 1) el de similitud: tenemos una preferencia natural a elegir lo que se parece a nosotros; 2) el de la experiencia: tomamos decisiones según lo que hemos vivido, aunque no sea racional; 3) el de la percepción: elegimos según la valoración que yo tengo del tema. Si ya tengo una posición, nada podrá hacerme cambiar de opinión; 4) el de la distancia: el cerebro elige lo que esté más cerca, más disponible; y 5) la seguridad: a nuestro cerebro le importa más no perder, que ganar. Siempre se va a buscar la seguridad.

“Otra cuestión que entra en juego y es muy importante es la de la gestión de datos, de la información que tenemos. Muchas veces tomamos decisiones sin tener toda la información; pero es clave analizar los datos”, dice Terán.

“Los sesgos actúan en esos datos, también, pero al menos, teniéndolos, voy a intentar ser más objetivo -explica la coach ontológica-; trabajo mucho con emprendedores y muchas veces me dicen que no pueden hacer algo porque quizá, supone mucho dinero, pero no saben cuanto”.

Desconfianzas y temores

Las emociones, por supuesto, ocupan un lugar privilegiado. “Hay que aprender a gestionarlas. Hay dos emociones que operan fuertemente en la toma de decisiones: la inseguridad y el temor. A menor confianza, mayor temor. Llega un momento en que necesito gestionar ese temor, y ahí es dónde aparecen la valentía y el coraje. Hay un momento, en la toma de decisiones, en el que ya tengo los datos, ya se lo que quiero, para qué lo quiero, y me falta la última parte que es la conexión con mi propio interior -asegura-; nunca vamos a saber cuál es la decisión correcta, pero sí cuál es la que nos acerca más al objetivo. Esa intuición es la que nos ayuda a decidir”.

La mejor decisión

Para aprender a hacer nuestras elecciones, Olmos Arévalo recomienda: “lo primero es no tomar decisiones en emociones intensas: ni muy enojado o temeroso ni muy entusiasmado. Las decisiones con emociones extremas nos meten en problemas. Ahí viene el segundo consejo: lo ideal es postergar la decisión. Como decía la abuela: consultalo con la almohada; no hay que tomar una decisión hasta que tengas en el medio una noche de sueño. Y lo tercero es consultarle a otros, porque los otros pueden tener perspectivas o miradas que vos no. Es recomendable tener tres o cuatro personas referentes para ello”. El experto dice que para estas elecciones es importante plantearse: ¿que valor viene a sumarme? ¿Qué estoy cuidando? ¿Qué estoy descuidando?. “Es importantísimo prestarle atención a mis sesgos -dice-; ser racional es la clave”.

Terán añade: “yo he aprendido que hay como un termómetro. Hay que hacer silencio y pensar internamente en qué siento, qué me pasa cuándo pienso en la decisión. No sólo tenemos el cerebro de la cabeza, sino el de la panza, el de las entrañas. Hay que darle espacio a eso”.

Una habilidad para ejercitar

La especialista dice que, sin duda, la toma de decisiones es una habilidad, “porque tiene que ver con la gestión del miedo, de desafiarlos. ¿Qué es lo peor que puede pasar que me causa tanto temor? ¿y si eso pasara? De eso se trata la toma de decisiones: aprender a desafiar temores, a autoconfiar, a conectarme con lo que necesito en mi interior... todas esas son habilidades que se van aprendiendo”.

“Nuestro cerebro está permanentemente tomando decisiones; está entrenado para eso, pero ese entrenamiento tiene que ver con la supervivencia, entonces toma decisiones para sobrevivir, desde las emociones. Lo que uno tiene que hacer es entrenar el cerebro. La clave es darme cuenta, a partir de mi experiencia, qué malas decisiones he tomado y aprender -añade Olmos Arévalo-; también tengo que conocer mis sesgos y buscar lo opuesto. Es un esfuerzo consciente el que hay que hacer cada vez que tomo decisiones: postergar, consultar, analizar”

En un artículo publicado hace algunas semanas, la BBC Mundo concluye que para tomar mejores decisiones es importante 1) evitar algunos sesgos comunes: “no se trata necesariamente de ser más inteligente, sino de una mentalidad abierta y humildad intelectual”, explican, y 2) que vale la pena tener en cuenta tus instintos y tus emociones.

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