No hay parada en la calidad de vida

En una sociedad donde los indicadores económicos importan más que su correlato en el diario vivir, sorprendió que un funcionario abogase por el bienestar general. La política sigue buscando culpables en lugar de soluciones.

Desde hace muchas décadas la gestión pública tiene una idea fija: el Producto Bruto Interno. Ese dato es fundamental para el progreso, para la evolución, para el crecimiento y para tomar decisiones. Es como uno de los tantos relojes que están en el tablero del auto y va indicando si todavía hay combustible, o no, para seguir adelante. También ayuda a unificar un criterio de evaluación de un país o de cualquier Estado. Es un valor que está absolutamente asociado al dinero.

Sin embargo, un país puede mejorar este índice y sentirse con los músculos más fuerte, mientras la calidad de vida se derrumba violentamente por un desfiladero...

Esta semana asumió el nuevo director del Hospital Padilla. Las preguntas fueron y vinieron. Se especuló si respondía al nuevo ministro, a la anterior ministra, al gobernador que maneja el control remoto en Tucumán, o al gobernador que tiene el otro comando en Buenos Aires. Cuando el galeno fue interpelado por la prensa sorprendió con sus respuestas. Primero, pidió ayuda. Luego explicó qué podíamos hacer los ciudadanos para ayudarlo. Sin dudas sorprendió que un nuevo funcionario deje a un costado su soberbia y pida ayuda. Y luego, cuando el doctor Jorge Valdecantos explicó algunas de sus necesidades, indicó: si el fin de semana se van a divertir, no manejen; que haya un conductor asignado; que eviten los excesos de bebidas alcohólicas.

El flamante director del Hospital Padilla no planteó las dificultades de presupuesto ni de personal ni la típica retahíla que siempre se escucha. Seguramente sabe que con esa ayuda de la ciudadanía, habrá menos accidentes y si se reducen estos siniestros el hospital estará más aliviado, gastará menos, habrá menos ocupación de camas, los médicos, enfermeros y demás trabajadores del hospital estarán menos exigidos y trabajarán en buenas condiciones y la salud de los tucumanos será mejor. Es decir, no pensó en números, sino en calidad de vida. Utilizó un camino diferente.

Esta semana se puso al rojo vivo el análisis de cambiar la situación del transporte urbano de pasajeros de Tucumán. En buena hora aparecen proyectos para analizar un problema que la provincia acarrea desde hace años. Si hay algo claro es que los políticos y los empresarios responsables de esta actividad han fracasado. Cada cuatro meses, desde hace por lo menos una década, el tema se convierte en una discusión de dinero. Sin duda es un problema y la solución que se da siempre pasar por gastar más plata desde el Estado mediante más subsidios. A los empresarios no les da vergüenza fracasar y a los funcionarios no les preocupa gastar más, total de algún lado saldrá. Esta semana se discutieron centralmente conveniencias o no del nuevo proyecto de estatizar este servicio, que como bien aclaró el periodista Federico Türpe en su columna de ayer poco tiene de cambios. Es más bien una acción política para favorecer a determinado sector y seguir premiando a los fracasados de siempre.

Pero todos siguen hablando de dinero. No se escuchó ni una palabra que dijera algo en beneficio de la calidad de vida. Alguna salida para que los ciudadanos viajen mejor. El tucumano que se sube a un ómnibus nunca viaja seguro de que llegará a destino sin algún sobresalto. Si es un septuagenario tiene la seguridad de que viajará mal. Si es un joven estudiante que va a rendir, ni siquiera podrá ir repasando su examen porque con un ojo podrá releer, pero con el otro deberá estar atento a que no le arrebaten nada o a que no lo molesten.

El transporte, no hace falta decirlo aquí, debería ser una ayuda y no un problema. Quien llega a una parada sólo sabe que no sabe a qué hora pasará su ómnibus. Por lo tanto, si alguna certeza tiene es que no llegará al horario previsto adónde tenía que ir. El resultado es que el usuario le tiene más miedo a quien debe trasladarlo que al mismísimo fantasma Matías. Pasará estrés, tensiones y dudas que nada aportan a la calidad de vida. Ninguna de estas cuestiones son prioritarias y, quizás, tienen un valor mayor que el dinero. La tranquilidad del ciudadano puede ser determinante para que el estudiante se convierta luego en un gran profesional y no en un experto del estrabismo para poder repasar. Y seguro que el hospital tendrá menos ocupación. Pero no pasa por estas variables la preocupación de quienes tienen que administrar la cuestión pública.

Cero alcohol, cero aplauso

El último fin de semana, la Subsecretaría de Tránsito de la Municipalidad de la Capital hizo los típicos controles de alcoholemia. Los inspectores se subieron a los ómnibus y les hicieron soplar en una pipeta a los choferes para ver si por la sangre les corría alguna gota de alcohol. Todos los conductores controlados, inesperadamente, dieron cero. Fue una gran noticia. No faltará quien diga que eso es lo lógico y no debería ser una cuestión que llame la atención. Sin embargo, sorprende. Pero además da alegría y aún más: da seguridad. No hubo reacciones de ningún tipo. Ni siquiera un aplauso para motivar el buen proceder. Ni siquiera un “gracias”. Es que es lógico: en la ecuación propia a la que nos acostumbró el PBI, la variable económica, aunque está escondida, aporta calidad de vida. Pero por la cabeza de los principales actores de la vida pública, billetera mata bienestar. Bienestar ciudadano, cabe aclarar.

El dedo índice

No hay índices ni paneles de control para medir la felicidad, el bien común, el disfrute de una sociedad. Todos los meses, inexorablemente, el país se prepara para la misma película: la constatación del nuevo índice de inflación. Y comienza un trabajo pormenorizado para acomodar el país a ese índice. No hay búsquedas de soluciones, sino búsqueda de culpables. En el último mes el tema central de la Argentina es el FMI. La relación con este organismo internacional es el centro del debate. No se discute nada, sólo endilgarle a otro la responsabilidad de lo que está ocurriendo e inexorablemente vamos al final de la película cual es –perdón por el spoiler- una resolución en el último minuto, que lo único que aportará es seguir teniendo culpables y no soluciones de fondo compartidas. La sociedad argentina no confía en sus dirigentes, por eso cuando va a las urnas termina delegando el poder por mitades. La grieta queda marcada y los dirigentes se ocupan de profundizarla.

La inflación no parece traer buenas noticias. Si no aparece el esclarecido que sostiene que para que no haya inflación hay que falsear los índices, seguirá subiendo. Como consecuencia la pobreza seguirá profundizándose y finalmente el acuerdo con el FMI arribará con un ajuste doloroso. Podría ocurrir que finalmente no se llegue a un acuerdo y por lo tanto ya no habrá crédito, la devaluación será inexorable y la inflación seguirá reinando. La síntesis no incluye ningún índice de calidad de vida y en todo caso confirma la impericia de los gobernantes de esta Argentina.

En 2001 se logró un acuerdo inusual en el país que puso en marcha un modelo de crecimiento. Participaron todos y principalmente el Congreso de la Nación escribió las bases para esa salida de la crisis. En este Titanic modelo 2022 la dirigencia sigue levantando el dedo acusador para que todos sepan a quien echarle la culpa. Unos responsabilizarán a la gestión macrista y otros a la herencia de tantos años de vaivenes peronistas. De tomar el timón para esquivar el iceberg nadie habla. Y la orquesta de los privilegios personales sigue tocando.

Las incapacidades gubernamentales espantan a la sociedad. Lo que los argentinos vivieron con la titular del PAMI es vergonzoso, pero en el oficialismo nadie se asombra porque lo importante está en demostrar que la Justicia tiene la balanza mal calibrada y en mostrar a Macri como responsable de la descomunal deuda. Pero los jubilados necesitan seriedad y responsabilidad, además de dilucidar el estado de la Justicia. Así el presidente no sólo no tiene la autoridad suficiente para que le lleven el apunte cuando sugiere dónde ir de vacaciones, tampoco le llevaría el apunte si castiga a quienes lo desobedecen.

El desafío original

En Tucumán, pasa algo parecido, el gobernador Osvaldo Jaldo gobierna siempre y cuando desde la Jefatura de Gabinete no aprieten el botón del control remoto y se apague el televisor donde pasan las películas del poder.

En las cintas –así dicen todavía los abuelos- del poder los protagonistas necesitan una causa para llegar al desenlace de la película. En la Argentina ya descubrieron que mucho antes de ver el PBI que indique la ruta para seguir, se fijan en el engrosamiento del bolsillo para seguir siguiendo sin importar adónde van.

En Tucumán el desafío de la oposición era ser una buena oposición que siembre ilusiones. En 2021 la sorpresa fue total porque existe la posibilidad de que dejen de ser oposición si se lo proponen. Estuvieron muy cerquita de ganar una elección, cosa remotísima en la vida comarcana. Entonces, perdieron el desafío original y ahora sólo encuentran la manera de pelearse para que el triunfo se aleje y sigan con el mismo desafío que tan bien han sabido llevar. Claro que para cambiar estos objetivos deberían ponerse de acuerdo y construir en forma conjunta.

El jaldismo se consolido aceptando el desafío de que había que vencer a Manzur y, curiosamente, el manzurismo se fortaleció cuando desenvainaron la espada para competir contra el jaldismo. Hoy ni el uno ni el otro tienen el desafío original. Entonces todo se le complica al oficialismo. Si pudieran trazar nuevos desafíos o proyectos en pos del crecimiento de Tucumán sin preocuparse tanto por el futuro que siempre es futuro y nunca llega tal vez el PBI crecerá junto con la calidad de vida, que siempre se podrá medir desde la calidad institucional.

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