Milagros tucumanos

Doctor en Filosofía - Columnista invitado.

“Y tomando los siete panes y los peces,

dio gracias, los partió

y dio a sus discípulos, y los discípulos a la multitud.

Y comieron todos, y se saciaron;

y recogieron lo que sobró de los pedazos,

siete canastas llenas.

Y eran los que habían comido, cuatro mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.”

(Nuevo Testamento)

Cada domingo los tucumanos amplifican exponencialmente el prodigio bíblico de la multiplicación de los peces. Miles de platos cocinados parten de las casas, tapados en el apuro con repasadores gastados o viejas servilletas con estampas de flores, huérfanas ya de mantel. En su diáspora impregnan la ciudad con olores rancios y grasosos. Cabalgan los alimentos sobre las manos calientes de los portadores, que en ocasiones deben soportar temperaturas que convierten al almuerzo dominical en la tía Mimí en una verdadera noche de San Juan. Es evidente que la práctica genera cambios epiteliales y sensoriales porque las viejas suelen llevar las ofrendas más abrasantes, de tal forma que se puede conocer la edad del tucumano en cuestión con sólo saber si, por ejemplo, lleva un guiso humeante o un inofensivo vitel toné.

En el camino al cónclave de las exquisiteces familiares, la comida se saluda en las esquinas entremezclando los vahos. En las largas mesas de destino conviven sin contradicción El lemon pai de la tía Daniela, el chorizo bolita del tío Mariano, el pastel de choclo de la Baty, el pan de carne de la Carmen, el pulpo de la Galy, y demás. Es asunto de la sociología o de la filosofía política explicar cómo los platos tienden a institucionalizase, pasando del indefinido “un lemon pai”, al posesivo “mí lemon pai”, o más impersonalente, “el x de y”, donde bien puede ocurrir que la mismísima tía-autora use la expresión “el lemon pai de la tía” para referirse a su obra.

Se trata de un largo proceso no exento de despiadadas luchas. La clave de toda familia se encuentra, a no dudarlo, en la distribución de la cocinada: su historia, sus tensiones, glorias y miserias. Ahora bien, lo auténticamente milagroso acontece después del almuerzo cuando los sobrantes se entrecruzan y reparten entre los comensales, que llevan de regreso muestras cuantitativamente despreciables de cada cosa, pero cuya suma alcanza proporciones increíbles.

Esta poderosa mezcla hace el camino inverso a la heladera de cada miembro, reingresando, a no dudarlo, un volumen mayor que el original. Le sigue luego la iteración de este proceso, porque se reproduce con frases despiadadas como “probá lo rico que es el chancho de mi suegra que comimos al mediodía, te presto un taper”, o “voy a tu casa y llevo un poco del guisito que hizo (¿ayer, la semana pasada, antes de casarse?) la Guada(lupe)”. Con toda probabilidad, todos los tucumanos se han comido recíprocamente todos los platos.

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