El bloque peronista del Concejo Deliberante de la capital elaboró un proyecto para “estatizar” el transporte público de la provincia.

Sí, leyó bien. Vamos de nuevo. Concejales de San Miguel de Tucumán pretenden que la Legislatura apruebe una ley para que los municipios dejen de administrar el servicio de colectivos. Porque hablar de transporte público en Tucumán es una exageración primermundista. Acá sólo existen ómnibus que funcionan mal y taxis, la mayoría desvencijados y la mitad de ellos flojos de papeles. Y también remises interurbanos ilegales que suplen la ausencia del Estado.

Por ahora, curiosamente, el proyecto involucra sólo a la ciudad capital, administrada por la oposición al gobierno provincial -apenas otra curiosidad- y sólo “invita” al resto de los municipios a sumarse a esta cruzada patriótica.

Los argentinos estamos acostumbrados -una muy mala costumbre- a observar inertes los descalabros de la política vernácula, que vienen fundiendo al país sin prisa pero sin pausa desde hace medio siglo. Y en Tucumán somos los abanderados de este descalabramiento.

Carecemos de imaginación y creatividad, y la muy poca que tenemos, pese a la soberbia que portamos, heredada de antiguos tiempos de gloria, la usamos para dañar al adversario, para culpar al opositor por nuestras propias desinteligencias y errores. Y para enriquecernos, obviamente. Es decir, somos pequeños, mezquinos, tóxicos y poco listos.

Hay que decirlo y admitirlo: los tucumanos somos bastante estúpidos, a juzgar por los resultados, no por nuestros poco brillantes argumentos que nunca coinciden con la realidad palmaria. No es un insulto, es una acepción del diccionario, que define a la estupidez como “torpeza y lentitud notable en comprender las cosas”.

Una obra maestra

Analicemos esta genialidad que elaboraron científicamente los concejales Fernando Juri, Emiliano Vargas Aignasse, David Mizrahi, Sara Assán, José Luis Coronel, Ernesto Nagle, Elena Cortalezzi y Gonzalo Carrillo Leito.

Esta nómina nos dispara un primer pensamiento: todos apellidos conocidos que se repiten hace 40 años, consanguineamente, en la administración de esta verdadera potencia pujante, innovadora y desarrollada que es Tucumán.

1) Empecemos por el final, es decir, por la conclusión. Este proyecto sólo busca quitarle a Germán Alfaro el control y la recaudación del servicio de ómnibus. No pretende solucionar nada.

2) El pretexto demagógico es que Tucumán cuenta con un pésimo servicio de colectivos. Y esto nadie discute, por eso es demagógico.

3) No se plantea una solución integral para la provincia y ni siquiera para la neurálgica área metropolitana, que con apenas el 5% del territorio alberga al 65% de la población.

En el Gran Tucumán -una sola ciudad indivisible- coexisten siete municipios y 12 comunas. Procurar solucionar el transporte público en un solo municipio es como querer hacer un bife sin matar a la vaca. No es posible ordenar el tránsito de un lado de la calle y del otro no.

4) Proponen crear otro organismo estatal, como si faltaran, en una provincia que rompe récords en burocracia, nepotismo y empleomanía clientelar. Y a falta de uno, dos nuevas reparticiones. Por un lado, una sociedad integrada por cinco directores (y decenas de empleados) y por otro un órgano de fiscalización, con tres directores, que a su vez controlará al anterior.

¿No bastaba con delegarle la función a alguno de los 17 ministerios y secretarías o a las más de 200 subsecretarías, direcciones, institutos y entes que administran este superpoblado politburó? Hasta los soviéticos se sentirían acomplejados.

Todo esto para que, al final, según el proyecto, todo el trabajo real termine recayendo en la Dirección General de Transporte, que a su vez depende de la Secretaría de Estado de Transporte y Seguridad Vial, que a su vez depende del Ministerio de Seguridad, que a su vez depende del Poder Ejecutivo.

5) El nombre que eligieron para esta nueva burocracia es una perlita aparte, una joya psicoanalítica. Quieren que se llame Satratuc (Sociedad Anónima de Transporte Automotor de Tucumán). Se parece tanto a “sátrapa” que parece una humorada intencional. El diccionario nos enseña que “sátrapa” significa: “que abusa de su poder o de su autoridad”; o “que vive con mucho lujo y ostentación”; o finalmente que es una “persona ladina y que sabe actuar con astucia”.

Estatizacionadores

6) Este lúcido proyecto se vendió mediáticamente como una “estatización” del transporte público. Basta de exagerar, ómnibus. A cierta progresía extemporánea y obsoleta le fascina hablar de estatizar, como si ello significara hacer justicia social, sacarle a los ricos y repartir entre los pobres o devolverle al pueblo lo que le pertenece. Consignas discutibles o no, pero que en nada representan a los autores del proyecto, ni a su ideología ni a su estilo de vida.

Lo cierto es que no se estatizará nada. Sólo se creará un súper ministerio, que a su vez delegará su trabajo, y que subconcesionará el servicio a empresas privadas. ¿A quiénes? A las mismas que hoy prestan ese servicio. Dislate es poco.

7) Entonces, le quitarán a la capital los colectivos para ponerlos en manos de una nueva mega oficina provincial, que a su vez se los concesionará a los mismos de hoy, a un costo cuatro veces mayor.

La estupidez tucumana debería patentarse antes de que sea plagiada.

8) Estatizar sería crear una empresa que administre el transporte público con recursos y empleados propios. ¿Sería la solución? En Tucumán seguramente no, porque el Estado es un barco a la deriva, sin motor ni capitán. Todas las empresas estatales tucumanas, o con participación mayoritaria del Estado, son desastrosas.

Ejemplos exitosos de empresas de transporte público estatales hay muchos, pero debemos remitirnos a Europa o a países asiáticos como China o Japón.

Más cerca nuestro, hay buenos ejemplos en México y en Brasil.

9) Los voceros del proyecto dicen que pretenden emular a los salteños, que en 2004 crearon Saeta (Sociedad Anónima del Estado de Transporte Automotor). Hasta en el nombre son más creativos nuestros vecinos. Saeta es sinónimo de flecha.

Para crear Saeta se hicieron profundos y multidisciplinarios estudios urbanísticos y geográficos de toda el área metropolitana (11 municipios), diseñaron nuevos troncales, reformularon todo el tránsito vehicular del microcentro, peatonalizaron, alejaron a los autos y a los colectivos del centro, rectificaron el servicio de taxis, entre otros cambios urbanos estructurales.

El colectivo en Salta es un 30% más barato que en Tucumán y es gratuito para los estudiantes primarios, secundarios y universitarios de toda la provincia.

El proyecto tucumano no contempla nada de esto. De nuevo, sólo habla de quitarle a Alfaro los colectivos.

Una nueva estafa

Tras leer el proyecto de ley varias veces la primera sensación que nos surge es de impotencia y bronca. Otra oportunidad desperdiciada para solucionar un verdadero drama que padecen los tucumanos. No es exagerado denunciar que se trata de una estafa, que no sólo mantendrá el status quo actual sino que lo agravará, sumándole burocracia y desconectando más aún al transporte de la capital con el resto del área metropolitana.

No se plantea un abordaje integral de todo el Gran Tucumán (ni de la provincia) con proyectos urbanos muy estudiados, que no sólo proponen rediseñar el sistema actual de colectivos, sino articularlos con nuevas alternativas de transporte público, como reflotar el tren urbano e interurbano, elevado o no, con la valiosa infraestructura que ya cuenta la provincia, hoy abandonada, o sumar un sistema de metrobuses o trolebuses rápidos, económicos y eficientes.

Ni hablar de mototaxis, bicitaxis o ciclovías, que son conceptos que no están a la altura de la comprensión política tucumana. Nuestras luminarias legislativas y ejecutivas, con soberbia, se ríen de estas propuestas, mientras los tucumanos se amontonan en los microcentros del Gran Tucumán y tardan más en viajar de Yerba Buena o Tafí Viejo al centro, que desde la capital a Concepción. Siempre que consigan en qué hacerlo, en tiempo y forma y a un precio acorde al bolsillo local.

Ojalá que la Legislatura que tanto nos cuesta (un 40% más de lo que gastaría Satratuc por año, más de 10.000 millones) no sea cómplice de esta avanzada demagógica, populista y electoral.

Tucumán necesita urgente un plan de transporte público integral, creativo, innovador, a largo plazo, sin egoísmos ni chiquitajes políticos de pueblo chico. Es una cuestión de Estado, sin partidismos ni internas mediocres, con objetivos elevados, que necesita de la alta política que tanto carecemos. No sigamos siendo eternamente sátrapas.

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