A una década del estreno del primer filme argentino por streaming

Maximiliano Gerscovich dirigió “Stephanie”, una producción que no pasó por las salas de cine. “Me atacaban y me descalificaban como si colaborase con el enemigo”, recuerda. La denuncia de la ausencia de una voz propia.

PROTAGONISTAS. Soledad Fandiño y Antonio Birabent filmaron “Stephanie” en 2004 y se estrenó en 2011. PROTAGONISTAS. Soledad Fandiño y Antonio Birabent filmaron “Stephanie” en 2004 y se estrenó en 2011.

Hace una década, lo que ahora está normalizado y es habitual, era entendido como una amenaza al cine. Maximiliano Gerscovich la sintió en carne propia: en diciembre de 2011 estrenó su película “Stephanie” directamente en streaming, sin pasar por las salas, lo que le valió el repudio de sus pares.

“No me entendían, me atacaban y me destrataban al mismo tiempo, en una suerte de oxímoron en tiempo real. Me descalificaban tratándome de un advenedizo que, al no estar integrado al sistema, se tomaba una especie de revancha colaborando con el enemigo del cine. Fui blanco de la histeria paranoica y la furia, intentaron ningunear a una modesta película independiente y experimental, a la que contradictoriamente señalaban como un atentado contra toda una industria sostenida por el Estado y financiada por grandes compañías, productoras y distribuidoras multinacionales”, recuerda en diálogo con LA GACETA.

Protagonizada por Antonio Birabent y Soledad Fandiño, con Carlos Echevarría, Juan Minujín, Javier Lorenzo y Gustavo Monje en el elenco, el relato se centra en cinco amigos que comparten la historia sobre el encuentro de uno de ellos con una mujer del pasado, del que otro de los presentes es, secreta y fatalmente, parte.

La historia jugó del lado del director. Hoy las películas on demand disponibles por internet son parte cotidiana de nuestra vida y ya nadie se plantea que conspiren contra el cine (más allá de los gustos e intereses individuales de ver una película en el living o en una sala). Pero para que ello ocurra, hubo que abrir caminos que eran impensados entonces. Y también batallar mucho: el rodaje se hizo en 2004 y el estreno demoró siete años.

- ¿Sentís hoy que fuiste un pionero local?

- Sí, sin ninguna duda. Hoy el Instituto de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) tiene su propia plataforma y los que antes me acusaban de atacar a la industria, hoy aceptan que sus películas sean vistas en ese formato digital, por no mencionar que las megacorporaciones globales de entretenimiento tienen sus plataformas donde estrenan series y películas sin pasar por las salas o la televisión.

- Todo es muy distinto actualmente de lo que viviste entonces...

- El tiempo nos dio la razón, había que buscar y crear canales de difusión para las producciones independientes o autogestionadas, lo que se produce al margen del sistema. Fuimos precursores de lo que hoy funciona dentro de la propia industria como espacio válido de distribución y exhibición de productos audiovisuales, desde grandes producciones a realizaciones experimentales y de bajo presupuesto como también lo fue “Stephanie”. Sólo en mi canal de YouTube, donde está disponible para ver completa en HD, tuvo cinco millones de reproducciones, y en el primer fin de semana del estreno en nuestra web y en Cuevana fue vista por más de 80.000 personas, llegando a casi a las 200.000 visualizaciones mientras estuvo en esa plataforma.

A una década del estreno del primer filme argentino por streaming

-¿Qué implicó encarar tu proyecto en ese momento?

- Fue una aventura de la que salimos diferentes, fortalecidos y debilitados, de la que aprendimos mucho. Era mi primer largo como director y me había hecho cargo de la dirección de fotografía; había optado por experimentar con un nuevo formato que era el HD, que nadie sabía muy bien qué podía dar, si era más parecido al video estándar (como el Beta Digital) o podía lucir como un negativo de 35mm. Para situarnos en contexto, Michael Mann lanzó en el año en que filmamos “Collateral”, su primera película en alta definición, y nosotros estábamos usando la misma tecnología pero con un presupuesto que era menor al de su catering. “Stephanie” se convirtió en uno de los primeros filmes de habla hispana filmados en alta definición profesional y la imagen sobrellevó muy bien el paso del tiempo; no resulta una de esas películas ancladas a su época, porque no utilicé recursos de moda ni copié estilos o tendencias del momento. Encaré la luz como si fuese un lienzo en blanco.

-¿Cómo la realizaron y por qué se demoró tanto en estrenarla?

- La película se pudo hacer gracias a la determinación de Fernando Baserga, el productor. El Incaa había declarado el proyecto de “no interés”, y no contábamos con fondos ni aportes de canales de TV, fundaciones o productoras de afuera. Redujimos las jornadas de filmación a ocho días en total (las películas argentinas, en promedio, se filman en ocho semanas) y trabajamos con un equipo técnico reducido, sin asistentes de dirección. Las actuaciones las planteamos a partir de improvisaciones, muy en la escuela de John Cassavetes, con un elenco de lujo: trabajamos mucho cada personaje antes de registrar el primer fotograma, con una carpeta de producción muy elaborada en la que había un cuadro sinóptico dedicado para cada uno. Busqué cuadros de la pintura universal que representaran visualmente a Stephanie según el punto de vista de cada uno de los jugadores de la mesa de poker donde transcurre la mayor parte de la película.

- ¿Qué hubieses cambiado de “Stephanie” hoy?

- Quizás incorporaría un par de escenas con conflictos más explícitos entre los jugadores para hacer más llevadero sobre todo el segundo acto, que quedó demasiado repetitivo, algo buscado pero no del todo logrado. La historia se plantea desde el primer plano de la película, con esa mano de una mujer tratando de escapar del sofocamiento y con el telón sonoro de sus gritos ahogados.

- ¿Cómo estás viendo el cine argentino actualmente?

Como siempre: copiando fórmulas, estilos e incluso plagiando películas de directores de afuera. Es una maquinaria de hacer fotocopias de fotocopias, aunque la mayoría de sus perpetradores se llene la boca de ideologías pseudorrevolucionarias, vociferan emancipaciones y reivindicaciones del mundo de los oprimidos. Pero cuando deberían poner en práctica toda esa teología de la liberación, ponen ambas rodillas en tierra y obedecen las reglas que les imponen sus amos. No tocan ni una coma del manual del realizador tercermundista, que indefectiblemente debe regodearse en la pobreza, la miseria, la decadencia económica y moral de la clase media, o reproducir el panfleto basado en mentiras orwellianas que se han creado en torno a nuestra historia desde un punto de vista unilateral y maniqueo. Esa fascinación europea por lo salvaje, mezclado con denuncia sociopolítica, lo vemos en la novela de aventuras y de pintura social del siglo XIX y se traslada al cine en el siglo XX. Sin embargo, no es ni la forma cinematográfica ni el contenido lo que está en el centro de esta dialéctica hegeliana del amo y el esclavo. En el cumplimiento estricto y sumiso de ese reglamento, implementado a rajatabla por directores y productores de cine “de autor” o “de arte”, tiene su correlato, su origen y su finalidad en cuantiosos dólares que embolsan para filmar y lanzar vacuidades para snobs, sin alma ni valía artística, en la pompa del circuito de festivales internacionales. Se subsidia esta producción a través de fundaciones como la Hubert Bals de Holanda, los Fonds Sud de Francia o Sundance de EEUU, o en coproducciones con empresas con poder de lobby, como la de los hermanos Almodóvar, y un sistema de medios serviles.

- ¿Es un tema solo argentino?

- Hay una gran maquinaria global que fabrica en serie autómatas obedientemente repetidores de clichés y estereotipos, sin talento, adornados con el oro de premios cada vez más devaluados y un palabrerío carente de sentido de una crítica que lo que menos hace es criticar. El marketing vende como artistas a sujetos que representan lo opuesto a lo mejor que puede tener el arte: la inventiva, la originalidad, el desafío, la disrupción, la profundidad y, sobre todo, la voz propia.

- ¿Cuál es tu siguiente paso?

- Voy a tratar de relanzar una red social audiovisual en formato de aplicación móvil que creé, dirigí y que funcionó muy bien entre 2014 y 2018, un espacio que dé prioridad a la libertad de expresión en vez de a la corrección política, como lo imponen hoy las grandes plataformas como Facebook o Twitter. Quiero que sea una herramienta que promueva la formulación de ideas, que genere debates, que aliente a los usuarios a contar sus experiencias y dar sus opiniones, sin censuras ni “cancelaciones”.

- Tu mundo creativo abarca otras expresiones.

- Tengo en carpeta un single titulado “Carne joven” y un LP que se va a llamar “Dictadura global”, ambos para grabar con mi grupo Indecible (lo pueden escuchar en Spotiify o ver más de 10 videoclips en mi canal de YouTube). Este año publiqué en España mi primer libro, “Asfixia y algunos cuentos”, una nouvelle y cuatro cuentos, al que la editorial Caligrama le otorgó el Sello Talento y estoy tratando de darlo a conocer en Argentina. Desde el estreno de “Stephanie” vengo recorriendo productoras para realizar uno de los varios proyectos de películas interactivas que escribí, productos audiovisuales ubicados entre el cine tradicional y el videojuego en los que el espectador puede intervenir y modificar el decurso de la historia con diferentes formas de interacción.

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