“… nadie que represente el interés público se podrá acercar, siquiera, a los asuntos importantes; la gente habrá perdido la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimientos a los que ejercen la autoridad; nosotros, aferrados a nuestros cristales y consultando nerviosos nuestros horóscopos, con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la superstición y en la oscuridad”. Hace un cuarto de siglo, Carl Sagan, el célebre astrónomo, divulgador científico y escritor, redactó esta verdadera profecía.
Resulta irónico: a él no le gustaban las religiones rígidas, las pseudociencias ni los fanatismos. Entonces anotó que se trataba de un “presentimiento”.
El pálpito era acerca de EEUU y fue expresado en el capítulo segundo de su libro “El mundo y sus demonios”, que publicó en 1995, un año antes de su muerte. Falleció el 20 de diciembre y en su memoria se ha establecido esa fecha como el Día Mundial del Escepticismo. La efémires aconteció esta semana y, fiel a su estirpe, pasó sin pena ni gloria.
El subtítulo de “El mundo y sus demonios” es, nada menos, “La ciencia como una luz en la oscuridad”. Precisamente, Sagan postulaba la necesidad de pensar rigurosamente y a ese rigor lo encontraba en el pensamiento científico. De allí que postulara a la ciencia -antes que como un cuerpo de ideas- como una “forma” de pensar. “La ciencia está lejos de ser un instrumento de conocimiento perfecto. Simplemente, es el mejor que tenemos”, anotó críticamente. Sagan era escéptico incluso respecto de la ciencia.
El escepticismo de Sagan tiene un larguísimo linaje en la tradición occidental, que se remonta hasta la antigua Grecia y que alcanza su apogeo en el Renacimiento. No es para menos: Copérnico determinó que el centro del universo era el Sol, y no la Tierra. Así que Europa ya no fue el centro de la Tierra. Ni Roma el centro de Europa. Ni la Iglesia el centro de Roma. Ni el hombre el centro de la creación. No es casual, entonces, que siendo heredero de semejante “descentramiento”, Descartes planteara la duda como método para llegar a las certezas. Para saber hay que dudar. Por caso, tiempo después se supo que tampoco el Sol era el eje del cosmos. Justamente, Sagan no cae en el endiosamiento de la ciencia. Ni en su tiranía, porque al establecerse que toda disciplina científica debe contar con un “objeto”, la ciencia se arroga para sí la autoridad de decir qué es lo que existe… y que no. En todo caso, el astrofísico que falleció en la última década del siglo XX se atrincheró contra las verdades reveladas.
Por eso, aunque su advertencia está referida a un país que se halla en el otro polo del planeta, en estas australidades resulta tan inquietantemente familiar.
Aquí, buena parte de quienes tienen por función representar a los ciudadanos no están ni cerca de discutir lo que resulta indispensable para los representados. La sociedad parece tener sus prioridades trastrocadas, sin lucir angustiada por ello (ni enterada de ello). Y las decisiones de los que gobiernan no se sostienen ni se cuestionan sobre la base de conocimientos, sino a partir de afirmaciones fanatizadas. De relatos elevados a la categoría de axiomas. De verdades reveladas respecto de las cuales sólo pueden dudar los herejes. Las miradas sobre lo que vendrá parece cosa de oráculos más que de análisis. Como si estuviera escrito en las estrellas, o nos aguarda el fin de Argentina o viene la hora de la patria libre y soberana. Todo parece converger en el foso oscuro que ha expuesto la grieta.
Mentirosos
La Argentina es tierra fértil para la doctrina que proclama la inexistencia de la verdad. Esta semana quedó evidenciado de una vez y para todo el año. Ayer, nomás, el ex presidente Mauricio Macri hizo pública una carta en la que expuso por qué razones el Día del Escepticismo se debería celebrar con una frecuencia de 24 horas en este país.
“Termina un año que en realidad son casi dos, porque se unen de manera inseparable las mentiras y las innumerables decisiones equivocadas tomadas por el Gobierno en 2020 y 2021”, sentencia el ex mandatario en la misiva que difundió a través de las redes.
Castiga al Gobierno por el “manejo insensato de la pandemia”, por el “falso heroísmo de la vacuna rusa” y por los “infames vacunatorio VIP que prefieren no recordar”. Y fustiga a su sucesor, Alberto Fernández, por el escándalo del “Olivos-Gate”. “Las simbólicas fotos del Presidente durante un festejo en la Quinta de Olivos, realizado al mismo tiempo que nos amonestaba a todos los argentinos diciendo: ‘A los idiotas les digo lo que hace mucho tiempo vengo diciendo: la Argentina de los vivos, que se zarpan y pasan sobre los bobos, ¡se terminó!, mientras él mismo se ‘zarpaba’ y nos tomaba por bobos”. Luego, lapida: “Esas fotos festivas expresan una mentira más honda que el propio festejo, que se extiende a todas las acciones. Porque el mentiroso miente siempre”, remarcó.
Al cruce, también en las redes sociales, le salió nadie menos que Cristina Fernández de Kirchner. “El burro hablando de orejas”, fue la sardónica respuesta de la Vicepresidenta de la Nación. La ironía de la antecesora de Macri no desmiente al ex mandatario: dice que hay un mentiroso quejándose de las mentiras.
La ex presidenta abrazó consistentemente el sarcasmo durante esta semana. “¡Llegó Papá Noel!” exclamó el miércoles, luego de que la Cámara Federal porteña dictara el fallo en el que sostuvo que no hubo asociación ilícita en la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) para espiar a políticos oficialistas y opositores durante la gestión de Cambiemos.
Sería casi una denuncia si no fuera porque a ella le dictaron tres sobreseimientos en lo que va del actual Gobierno, en las causas “Dólar futuro”, “Memorándum con Irán” y “Hotesur – Los Sauces”. En cada una de esas oportunidades el kirchnerismo sostuvo que se trataba de la más pura y genuina materialización de la entereza y la transparencia judicial.
Pero no todas han sido buenas noticias para Macri ni todos los cuestionamientos respecto de su manejo de la Presidencia han llegado desde el kirchnerismo. En el informe que dio a conocer el miércoles, el FMI hace una autocrítica respecto del otorgamiento del megamillonario crédito concedido a la Argentina, el mayor de la historia del organismo, porque da cuenta de la falta tanto de controles de capitales y como de reestructuración de la deuda con bonistas. Pero en cuanto al Gobierno de Cambiemos, advierte: “abrió rápidamente la cuenta capital y los préstamos en el extranjero, al tiempo que adoptó un enfoque gradual para enfrentar los desequilibrios, en particular el déficit fiscal (…). A continuación, consigna que ingresaron “capitales de cartera” al país, al mismo tiempo que persistieron los desequilibrios macroeconómicos y las distorsiones estructurales”.
Entonces, la larga década kirchnerista (2003-2015) sí acabó dejando un país económicamente jaqueado. Pero el naufragio económico de los últimos dos años del macrismo no se debieron exclusivamente a esa herencia. Lo cual, por cierto, también aplica al marasmo económico que se afronta con la administración presidencial actual.
Y desconfiados
El escepticismo viene consolidándose en la Argentina (y lo viene haciendo largamente en su corta historia) en un imperativo de ciudadanía antes que en una alternativa filosófica. Y esa cronicidad ha generado secuelas que hoy se encuentran vigentes hasta el paroxismo.
A finales de los 90, el escéptico Sagan (mundialmente conocido por la serie “Cosmos”) cuanto menos confiaba en la ciencia. Hoy, aquí, hay personas que ni siquiera eso. Y son legión. Su último nucleamiento es el movimiento antivacunas: desde el surgimiento de esa medicina que crea anticuerpos en los seres humanos, uno de los jinetes del apocalipsis cabalga rengo: la peste. Sin embargo, hasta la inmunización hoy es puesta en duda.
Por supuesto, la duda respecto de la verdad no se da sólo a nivel personal. Esas reacciones refractarias respecto de la certeza tienen manifestaciones masivas en la Argentina. Una de las más domésticas consiste en la negación multitudinaria a asumir que los dirigentes argentinos se equivocan. Y ya no es un asunto meramente sectorial. Para no irnos atrás en el tiempo, el viernes 17 quedó plasmada esta cuestión. Máximo Kirchner sacó patente de torpe en la maratónica sesión de Diputados: cuestionó en términos personales (no políticos) a los referentes de Juntos por el Cambio por no apoyar el caricaturesco proyecto de Presupuesto General de la Nación presentado por el oficialismo. Su diatriba determinó que la propuesta no volviera a comisión para ser reformada, como estaba acordado con la oposición, sino que derivó en el rechazo liso y llano de la iniciativa. De inmediato, y antes que los propios kirchneristas, radicales, macristas y referentes de la izquierda planteaban que, en realidad, lo del hijo de Néstor Kirchner y Cristina Fernández era “intencional”...
Pero infalibles...
Los ejemplos, hacia atrás, acerca de barbaridades políticas interpretradas como macabras genialidades de una suerte de especie de Rasputines omniscientes, sencillamente diluvian. El resultado es una pretensión socialmente psicótica: la Argentina es un país donde los políticos jamás se equivocaron. En todo caso, el pueblo es algo lento para entender.
Entonces, con el mismo fervor que despierta toda verdad revelada, aquí un mismo signo político, como el peronismo, tiene una marcha que llama a combatir el capital, pero deviene neoliberal en los 90, sólo para que en la década siguiente sus líderes despotriquen contra el capitalismo mientras viven y gobiernan como una burguesía acomodada. Con el mismo fanatismo que se reivindicó el estatismo se abrazaron las privatizaciones. Cristina demoniza hoy al FMI, mientras que su marido le canceló toda la deuda de una sola vez durante su presidencia, y con reservas del BCRA.
Qué decir del radicalismo: Raúl Alfonsín postuló que el radicalismo jamás podría volverse conservador, mientras Fernando de la Rúa quería arancelar la universidad pública (esa que es tributaria de la reforma de 1918, durante la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen) y que, en la última década, no sólo se alió al PRO sino que se subordinó a él. La opción fundacional planteó que se podían perder elecciones, pero no principios. Aquí sacrificaron las dos cosas…
El macrismo es infinitamente más joven como expresión política. Pero no está libre de contradicciones. Esta semana, su presidenta, Patricia Bullrich, pedía la expulsión de la diputada bonaerense Natalia Sánchez Jáuregui, porque dejó el partido Fe para sumarse al Frente de Todos, al mismo tiempo que auspiciaba el eventual pase a Juntos por el Cambio de Sergio Berni, ministro de Seguridad del gobierno bonaerense.
La ilusión de los líderes que jamás se equivocan se monta, necesariamente, sobre la anulación de toda conciencia histórica. Ahí tributan esos eslóganes vacíos según los cuales la vida está hecha puramente de momentos o que la historia sólo es jalonada por unos cuantos hombres y mujeres. Si la realidad es vivida es proyectada fragmentariamente, de a una foto por vez, el destino irremediable es la contradicción: se puede defender hoy lo cuestionado ayer porque no se comprende el presente como el resultado de procesos ininterrumpidos. En todo caso, siguiendo la metáfora, se trata de ver el largometraje. Y la película de la Argentina dice que quienes gobiernan no paran de escorar el barco.
Eso sí: el esfuerzo puesto para fracasar de manera inclaudicable es mayúsculo. Nacer en este país es un orgullo de millones y una pasión de multitudes, contra todo escepticismo. Sin embargo, Gobierno tras gobierno, hay un esfuerzo casi científico de mucha dirigencia por lograr que la circunstancia de ser argentino parezca un error.
Un buen deseo de Navidad es que desistan de ese empeño.








