Reflexiones sobre la crisis de 2021

19 Dic 2021
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Durante el año 2002, se publicó en este suplemento casi un centenar de artículos sobre los cambios y dilemas políticos y económicos que marcaban a la Argentina después de la caída de Fernando De la Rúa. 

Muchos de los más destacados escritores, historiadores, periodistas, sociólogos, economistas y filósofos de nuestro país se congregaron a lo largo de los meses en estas páginas. Una selección de esas columnas se reprodujo en Reinventar la Argentina, título editado por Sudamericana. 

El reconocido periodista brasileño Sergio Augusto lo calificó como “Un libro de lectura imprescindible para los argentinos” en el diario O Estado de Sao Paulo. En este número rescatamos fragmentos de esos artículos. Tienen casi dos décadas pero nos siguen interpelando

Disculpen y vengan

Por Félix Luna

Disculpe don Manuel, no lo imitamos,

sus sueños son cenizas, son recuerdos

Perdone, don José, qué picardía,

lo suyo es una nube que se aleja

Don Domingo, si rabia lo comprendo

¿qué queda de su empeño, qué nos queda?

Dilapidar es lo único que hicimos

No miren, por favor, nuestra vergüenza

Tal vez es hora de que bajen, digo,

a mostrarnos de nuevos cómo se hace

una Patria.

9 de Julio en año malo

Por Abel Posse

Ahora nosotros también estamos por cruzar el desierto. Una intemperie hostil diferente de aquella de 1816. Necesitamos igual voluntad, e igual sentido de desamparo y refundación. Igual voluntad de ser.

Nuestros desiertos son más insidiosos que aquellos en que señoreaba en la noche la mirada del puma cerca de la destartalada posta. Ya no hay aquellas jaurías cimarrones persiguiendo las galeras y su torbellino de polvo, donde los doctores y monseñores convergían hacia la magna cita -o desafío- de Tucumán.

En nuestro desierto no hay pajonales, pumas, amenazas de indios ni el silencio de esa noche estrellada como si el mundo acabase de crearse.

Nuestro desierto tiene otras fieras y miserias. Se trata de la negatividad, de la flojera de no querer ser, del olvido del básico amor y orgullo de Patria y soberanía.

Diario de una noche en Washington

Por Tomás Eloy Martínez

Alguien insinuó que tal vez la Argentina era gobernada por una sociedad de cómplices, poblada por funcionarios con algún vicio que ocultar y por testigos de esos vicios que medran callándose o confían en corregir los daños cuando estén arriba. Eso es verdad, dije, pero también es cierto que durante casi toda la democracia el país ha tenido que elegir entre un candidato malo y otro peor. En calidad intelectual, en honestidad y en vocación de servicio, los dirigentes argentinos están muy por debajo del promedio de la comunidad.

Nadie vislumbró salida alguna por ahora, a menos que, como ya se ha dicho tantas veces, se modifiquen leyes, pactos constitucionales espurios, listas sábana y, sobre todo, que se modifique la entraña de la clase política, sustituyendo la vocación de rapiña por una genuina vocación de servicio.

El anfitrión, que sabía de lo que estaba hablando, trazó una dolorosa comparación entre los gobernantes y empresarios de la Argentina y del Brasil que van a golpear las puertas de Washington en busca de préstamos rápidos. La actitud argentina -dijo- es siempre amarga, pesimista. El país se está cayendo sin remedio -argumentan-, la corrupción oficial se mantiene intacta e impune, pero la gente se está muriendo de hambre y hay que salir del pantano como sea. Los brasileños, en cambio, son optimistas por naturaleza. Exponen con entusiasmo la pujanza de sus industrias y la ambición de sus habitantes, describen un futuro radiante y al final sostienen que no hay opción mejor que la de invertir en Brasil.

La democracia que tenemos

Por Luis Alberto Romero

Los políticos se corrompieron, sin duda. Por otra parte, estos políticos carecían de modelos y tradiciones, de espejos adonde mirarse: antes de asentarse en el Congreso, la corrupción había avanzado en la Justicia, en la Policía, en la administración pública. Por otra parte, pasado su entusiasmo inicial, la ciudadanía cayó en la apatía y el desentendimiento. Huérfanos de controles, carentes de tradiciones, nuestros políticos se organizaron como una corporación y reclamaron su parte. ¿Fueron los únicos? Al fin, hicieron lo mismo que cualquier grupo de argentinos: empresarios, sindicalistas, profesionales, docentes, desocupados, pues nuestro deporte nacional es organizarnos en corporación para mojar nuestro pan en la salsera del Estado.

La desapropiación de lo público

Por Enrique Valiente Noailles

Muchas y concurrentes son las raíces del autoflagelo que padecemos hoy, al punto que detenerse en alguna, considerándola el núcleo, será siempre una elección arbitraria. Puede señalarse, por de pronto, que la espesura institucional, aquella reserva de oxígeno que necesitan las sociedades para regular su propia contaminación, ha sido desfoliada una y otra vez. Nuestra falta de respeto a nuestro medio ambiente social es homologable a lo que sucede con las sociedades que muestran desconsideración para con sus recursos naturales: el maltrato y la expoliación con fines de corto plazo comprometen la salud del largo plazo. Mucho de la crisis de hoy es la cosecha de la depredación institucional realizada con fines inmediatos en otras épocas.

El país de las crisis

Por Juan José Sebreli

Entre las causas internas, algunas eran imputables a la clase gobernante: la corrupción y el clientelismo provocaban el aumento desmesurado del gasto público financiado con deuda. Otras causas, en cambio, fueron responsabilidad de la sociedad civil: evasión generalizada del pago de impuestos y comportamiento de gran parte del empresariado que, frente a la apertura del mercado, optó por transformarse en importador o vender sus fábricas y enviar los capitales al exterior.

La caída de De la Rúa, lejos de haber sido una solución, profundizó la crisis. En lo político, interrumpió la continuidad institucional y aceleró la descomposición de los partidos. En lo económico, la eufórica declaración de default y luego la devaluación desordenada y la pesificación asimétrica significaron un despojo a la clase media y arrojaron a la miseria y al hambre a vastos sectores de las clases populares.

La deuda impaga

Por Santiago Kovadloff

Si bien la actual orfandad de la expectativa social es dolorosa, quienes la encarnan se niegan a buscar consuelo alocadamente, arrojándose en brazos del oportunismo de turno. Se diría que el padecimiento no obnubila la capacidad de discernir. Nadie, en la mayoría, está dispuesto a despilfarrar nuevamente su expectativa. Y el hecho es que no ha sonado todavía la hora de un liderazgo contundente. O acaso ha sonado, pero de un modo paradójico pues la predilección mayoritaria se orienta hacia alguien que dice un buscarla ni estar dispuesto a asumir el lugar al que la opinión pública lo convoca. Aquél sobre quien recae la mayor expectativa no parece albergar ninguna esperanza con respecto a realizar lo que se le pide. Carlos Reutemann asegura no ser el hombre que las encuestas se empeñan en probarle que es. La nuestra es, pues, una crisis de representación: el líder reconocido afirma no serlo; los que afirman poder serlo no están reconocidos como tales.

Vale la pena ser argentino

Por Roberto Cortés Conde

Con Sarmiento se inició una de las más formidables revoluciones educativas del mundo. Mientras en 1869 la Argentina estaba detrás de España y de Italia en el número de alfabetizados, gracias a los esfuerzos hechos a favor de la educación pública los superaría ampliamente hacia la Primera Guerra Mundial. No solo se generalizó la educación sino que se cambió su calidad debido a que Sarmiento -desafiando fuertes resistencias- trajo docentes norteamericanas que enseñaron a miles de maestros a difundir a lo largo del país no solo el alfabeto sino la idea de que el conocimiento hace a los pueblos más dignos y más libres.

En un país así valía la pena vivir, y por ello llegaron a él millones de “hombres del mundo” que quisieron habitar el suelo argentino. Nada dice que no lo podamos volver a hacer. Solo se necesita constancia y obstinación y el orgullo de pertenecer a algo que con sus cosas buenas y malas tuvo una forma generosa y -en un siglo XX de horribles guerras-, durante mucho tiempo, casi civilizada de vivir. Ese algo fue una de las características de ser argentino.

La crisis de valores

Por Nelson Castro

En un momento de grandes cambios para el mundo, el presidente John F. Kennedy lanzó un desafío clave a sus compatriotas. “Norteamericanos, no piensen tanto en lo que yo pueda hacer por el país sino en lo que ustedes puedan hacer”. Hoy, en este momento de devastación y con la crisis brutal de representatividad que tiene la Argentina, este concepto es de crucial importancia. Deberíamos, pues, decirnos a nosotros mismo: Argentinos, no nos preguntemos cuánto podrán hacer nuestros dirigentes sino qué es lo que haremos nosotros para sacar a nuestro país de esta postración que está dejando a unos sin sueños y a otros sin vida.

El resurgimiento será una obra política o no será

Por Joaquín Morales Solá

El entierro estuvo a cargo de los peores enemigos de ese “modelo”, Duhalde y Alfonsín, y la Argentina vivió, en 2002, el período más salvaje en materia de destrucción de riqueza y de transferencia de ingresos. El salario real cayó un 50 por ciento. Más de la mitad de la sociedad quedó debajo de la línea de la pobreza y ese paisaje será inamovible durante mucho tiempo, aun cuando la Argentina encuentre un camino de resurgimiento.

El resurgimiento será una obra política o no será. La boya, según la metáfora que escuché en la Madrid amarilla y cobre de su otoño, volverá a sumergirse hasta el fondo del mar en tanto la política y los políticos sigan siendo los mismo, en tanto el proyecto económico sea una simple copia de ideas ajenas, en tanto la sociedad no asuma como propia la solución nacional y en tanto todos -incluidos los periodistas- sigamos aceptando la tesis de que siempre la culpa está en un lugar que no es éste.

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