Urge tomar conciencia de los daños del vandalismo

13 Diciembre 2021

Un serio problema que tenemos los tucumanos es el vandalismo. No es propio, no es exclusivo, ocurre en todos los países y ciudades del mundo. No sabemos si hay un ránking “vandálico”, pero sí sabemos que en Tucumán es grave. Más aún cuando consideramos que los recursos públicos son escasos y que el poder adquisitivo del Estado está en bancarrota.

Vemos con impotencia cómo una plaza que se mejora es vandalizada horas después de los arreglos. Bancos nuevos, destruídos. Bebederos inutilizados, canteros pisoteados, juegos para niños arruinados.

La Municipalidad estima que un cesto de residuos nuevo en el microcentro dura, en promedio, una semana antes de ser deteriorado en parte o en todo, o incluso arrancado de cuajo. Ocurre lo mismo con las luces callejeras, que deben reemplazarse constantemente; con los semáforos o con la señalética.

En cuanto a los carteles en las calles, además de que faltan en numerosas esquinas, muchos están deformados, doblados o directamente arrancados.

No hay Estado que alcance, aún haciendo las tareas bien y lo que corresponde, para sopesar semejante ataque contra la cosa pública. Es un problema educativo, no hay dudas de ello. Los últimos resultados dados a conocer por la Unesco situaron a la Argentina por debajo de la media regional y entre los últimos países a nivel mundial. Cuando la educación supo ser uno de los orgullos nacionales.

Parece muy lejano, pero Argentina fue un faro a nivel mundial en materia de educación pública, en todos los niveles. Pero no se trata sólo de la pobreza educativa en términos escolares o académicos. Es una falencia en la educación en general, educación cívica, educación social, normas de convivencia, empatía pública.

El tejido social se ha ido deteriorando, de la mano de reiteradas crisis económicas, de manera precipitada y preocupante. Un país que no contiene ni da respuestas a sus ciudadanos obtiene como contraprestación anarquía, destrucción y falta de respeto por los bienes públicos, que son de todos y para beneficio de todos.

Cuando esto no se comprende hay un problema grave. Cuando el Estado se ausenta de sus roles, hace un paso al costado de sus responsabilidades, surgen estos huecos donde germina la anarquía y el vandalismo. Y sabemos que cuando rige la ley de la selva el que gana es el más violento.

Pero no es sólo el Estado, hoy débil, empobrecido e incapacitado por un contexto de crisis permanente, el único responsable de bregar por el bien común: somos todos.

Somos testigos cuando vemos el irrespeto a los semáforos y a las normas de tránsito en general, que ubican a Tucumán entre los tres distritos argentinos con más muertes en accidentes viales por cantidad de habitantes.

No se trata sólo de cuidar los papeleros o bebederos en las plazas, es un asunto que se cobra vidas, que desmejora nuestra calidad de vida, que hace que nuestra vida en sociedad sea un tormento en lugar de una ventaja, una ayuda en la que podamos colaborarnos unos a otros.

Debemos tomar conciencia del rol que nos cabe a cada uno como individuos parte de la cosa pública y derramar esta filosofía hacia los más chicos. No es sencillo pero es una tarea irrenunciable para vivir en una sociedad mejor.

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