Sin rueda de auxilio

03 Dic 2021 Por Álvaro José Aurane
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Ante la cal de una pared que nada nos veda imaginar como infinita

un hombre se ha sentado y premedita trazar con rigurosa pincelada

en la blanca pared el mundo entero: puertas, balanzas, tártaros,

jacintos, ángeles, bibliotecas, laberintos, anclas, Uxmal, el infinito, el cero.

(Jorge Luis Borges, “La suma”)

Aunque los laberintos trasuntan la obra de Jorge Luis Borges, no menos icónica es su idea de que hay un lugar desde el cual pueden ser contemplados todos los lugares. “Un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos”, escribió en el cuento al que tituló, precisamente, El aleph. Y a diferencia de sus laberintos, que están ubicados en Cornwall (Abenjacán, el Bojarí…), o en una mítica isla helénica (La casa de Asterión), o en los confines de Babilonia (Los dos reyes y los dos laberintos) o en una aldea británica (Jardín de senderos que se bifurcan), Borges supo ubicar el “aleph” en un sótano de su ciudad. La ventana al universo aparece en una casa en Buenos Aires. Esa domesticidad no es menor: el “aleph” deviene inquietantemente cercano. Su búsqueda, luego, es tan infinita como el infinito que promete. Y su hallazgo no requiere de mapas antiguos, pergaminos crípticos ni memorias de territorios olvidados: puede estar en cual parte. Al alcance de cualquiera.

Precisamente, durante estos días, un tucumano encontró un “aleph”. No estaba sumergido en la Laguna del Tesoro, ni atesorado en una fracción de las ruinas de Quilmes ni escondido en un asentamiento inexplorado de la cultura candelaria. Por el contrario, estaba en una casa de venta de neumáticos en San Miguel de Tucumán. De esas que abren en horario comercial.

El vecino había sufrido el robo de la rueda de auxilio de su vehículo (una camioneta de las muchas que llevan esa rueda debajo de la caja) y la aseguradora lo envió donde ese proveedor para que le repusieran el neumático y la llanta. Mientras esperaba que armaran la rueda, le preguntó al dueño del comercio, de manera casual, a modo de iniciar una conversación, como quien comenta sobre el tiempo, si registraba muchos robos de neumáticos en su local. A medida que la respuesta fue dándose, el cliente comenzó a ver, a través de una ventana de la oficina de la gerencia de ese negocio, un verdadero universo tucumano. Desde el momento mismo en que el empresario comenzó a contestar. “Esto no tiene solución, amigo”, le dijo el comerciante, a medio camino entre la indignación y la congoja. La respuesta, recordada en detalle por la víctima, se reproduce de manera fidedigna, con la sola omisión de los improperios que nutren la coloquialidad en las variedades dialectales de la vera del río Salí.

Ni robos

“No se puede saber cuántos robos hay porque muchos son autorrobos. Casi le diría que la mitad. Y durante la pandemia, cuando las aseguradoras dejaron de exigir la denuncia policial para iniciar el trámite, fue un diluvio”, describe, como una suerte de introducción para el enigma: cuando menos autos había en las calles, más hurtos de ruedas de auxilio se daban...

“Ahí mismo, donde usted está, se sienta toda clase de gente: me muestran la orden de reposición del neumático que les mandó la aseguradora y me preguntan: “¿vamos y vamos?”. Y me dicen que, en realidad, a la rueda no la necesitan. Usted viera las razones que me dan: que ya compraron una de segunda mano, que un vecino tenía justo una que le sobraba o que la madre ya le compró una ‘cero kilómetro’. Otros, y no vaya a creer que son pocos, vienen de frente a decirme que a la goma nunca se la robaron y que necesitan la plata en vez del repuesto”, describe, sin siquiera hacer una pausa para respirar.

“Ahora que entramos en temporada de vacaciones, entramos también en temporada de estos planteos”, afirma, moviendo la cabeza de un lado hacia otro, negativamente. “Me voy a la playa: dame para la nafta” parece ser uno de los clásicos más cantados en ese recinto.

Esto, por cierto, no es lo más nefasto. Lo peor está por venir.

Ni seguros

“Yo recién arrancaba con el negocio y me comunican que iba a llegar un asegurado al que había que reponerle los cuatro neumáticos del auto: se los habían robado y le habían dejado el auto al pobre tipo arriba de unos tacos de madera. Para sorpresa mía, el sujeto llega manejando su auto. Lo deja para que se le entreguen las ruedas nuevas, avisa que tiene que hacer unos trámites y que volverá a la tarde. Me acerco, tomo el número de serie de las gomas, ¿y qué cree usted?: eran los originales de fábrica. Le saco las fotos y me voy a la aseguradora. Me recibe uno de los jefes y le expongo la situación. ¿Sabe qué me dijo? ‘Usted limítese a despachar lo que le pide la aseguradora’. Yo no podía creer. ‘Te estoy trayendo la prueba de que esto es un fraude’, le contesté. Pero el tipo, imperturbable, me repitió lo mismo: me mandó a que me ocupe de hacer lo que me piden y punto. ¿Resultado? Nunca más me mandaron un asegurado de esa compañía”, recuerda. Para entonces, su rostro ya está rubefactado. Es increíble que ahora, cuando a los tonos cromáticos les asignan los nombres más diversos (“camel”, “suela”, “coral”, “crudo”), no haya todavía un “color bronca”.

“Después, lo que me pasó con otra aseguradora es para pegarse un tiro ahí mismo”, expresa, dando cuenta de la ubicuidad que puede lograr la locución “mismo”. “No me da el tiempo para explicarle la cantidad de requisitos que debimos cumplir ni de las inspecciones que nos hicieron. Hasta por el ancho de las paredes nos preguntaron. Finalmente, conseguimos la habilitación. Al otro día me llama la gerenta: ‘ya sabe que el 10% de lo que facture con los clientes que le mando, es para mí’, me dice. Por teléfono, nomás, la mandé al carajo. ‘Oíme bien, delincuente: el día que decida volverme choro, no va a ser para robar para vos’, le grité. Por supuesto, perdí esa aseguradora”, sintetiza. Va del grito del enojo a la voz baja de la resignación en menos de 10 segundos. Sin ruido en la frenada.

“Llegué a trabajar con 25 compañías de seguros. Ya voy perdiendo ocho. ¿Sabe lo que me dijo el empleado el otro día? ‘Jefe, si aquí vienen a pedirle galletitas en vez de la rueda, yo voy y compro la caja de galletas para que usted la entregue. Si no, se va a fundir’. Así está esto, amigo: si hago las cosas como se debe, me quedo sin negocio y él sin laburo… ¿Sabe qué es lo más irónico? Que todo el mundo se queja de los políticos y con mucha razón. Pero resulta que yo tengo muchos clientes que son políticos: esos nunca me vinieron a pedir guita en vez de un neumático. Esos vienen porque de verdad les robaron la rueda. Entonces, yo no lo estoy liberando de la responsabilidad por lo que hacen o dejan de hacer, sino que le digo que aquí los que se quejan de los políticos vienen a plantear cosas que ni los políticos se animan a decir. Está todo podrido…”, termina.

El “aleph” de la gomería muestra que la naturalización de la corrupción en la sociedad ha encarado una nueva fase.

Ni opciones

Nacido a mediados del siglo XIX y fallecido a principios del 20, el jurista y político brasileño Ruy Barbosa de Oliveira supo denunciar, en un texto que ya puede considerarse canónico, los males que provocaba la naturalización de la corrupción en estas latitudes sudamericanas.

“De tanto ver triunfar las nulidades, de tanto ver prosperar la deshonra, de tanto ver crecer la injusticia, de tanto ver agigantarse los poderes en manos de los malos, el hombre llega a desanimarse de la virtud, a reírse de la honra, a tener vergüenza de ser honesto”, anotó.

Ese testimonio hace patente es que la impunidad como garantía de triunfo de lo indebido es un factor de descomposición social. El mérito personal, la moral privada y la ética pública (la virtud, la honra y la honestidad) son valores preferibles, pero devinieron secundarios respecto del éxito. Y el éxito, al menos en la contemporaneidad del autor nacido en San Salvador de Bahía, no se vincula con cuestiones axiológicas, sino con asuntos materiales: el poder y sus manifestaciones (el dinero es la más pública y notoria).

Ruy Barbosa murió en 1923 y una década después, en 1934, en el apogeo de la “Década Infame” argentina, Enrique Santos Discépolo compone el imperecedero “Cambalache”: El que no llora no mama. / Y el que no afana es un gil.

Pero tanto en uno como en otro texto, la corrupción es una opción. Una posibilidad, además, vinculada indisolublemente a la faz pública. Claro que esa corrupción va a tener un correlato privado, pero el Estado aparece como partícipe necesario. Por acción o por omisión. El Estado de Brasil mantiene la esclavitud hasta finales del siglo XIX (la Constitución Argentina, inspirada por Juan Bautista Alberdi, es una pionera americana en su abolición); y el Estado argentino permite a lo largo de la década del 30 el “escándalo de las tierras de El Palomar” (venta de inmuebles al Gobierno por el doble del valor al que fueron adquiridas) o el “escándalo de las carnes” (la evasión fiscal de los frigoríficos, apañada por el Gobierno) o el “escándalo del fraude patriótico”. Es decir, el Estado permite el triunfo de las nulidades y la acumulación de poder en la escena pública, y la prosperidad de la deshonra y el crecimiento de la injusticia en beneficios de los privados.

Pero, inclusive en esos contextos, se puede elegir no ser corrupto. El camino será más lento y más arduo, pero el objetivo de una vida próspera a la vez que digna es una meta alcanzable. Si el planteo es “plata fácil pero corrupta vs. plata con esfuerzo pero con la conciencia limpia”, ahí existe plenamente la posibilidad de elegir.

Lo que el “aleph” de la gomería exhibe, en cambio, es que esa opción está tendiendo a desaparecer, cuanto menos en algunos sectores. El tucumano que invirtió todo cuanto tenía en su empresa está denunciando dos cuestiones. La primera es que si no se entrega a la corrupción, se funde. La segunda es que la corrupción ya no tiene al Estado como partícipe necesario: ahora también, y decididamente, es un asunto entre privados.

Es decir, en la nueva fase de la naturalización de la corrupción, lo indebido está tendiendo a convertirse en norma. Y su violación es lo que está mereciendo “castigo”. El resultado a cambio de hacer lo correcto es perder clientes: el dueño de la gomería perdió la tercera parte de la cartera de aseguradoras que manejaba sólo por apegarse a la ley. La “otra” ley. En un punto, como lo advierte su empleado, la rectitud será el camino de su ruina. Hacer lo correcto, en algún momento (si acaso no es ahora mismo), ya no será una alternativa para él. Porque si el planteo es “corrupción o miseria” esa sólo es una opción sintáctica, vacía de realidad.

La primera fase de la naturalización de la corrupción es responsabilidad, fundamentalmente, del Estado. La crónica impunidad argentina ha sido todo un catequesis del oprobio, que ya figura en los tangos de hace un siglo. La segunda fase es responsabilidad de los ciudadanos. Con una advertencia surgida del “aleph” de caucho: para cambiar a un gobierno corrupto siempre hay elecciones. Pero para las sociedades que se corrompen no hay rueda de auxilio.

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