17 Octubre 2004 Seguir en 
Hugo Ferullo - Doctor en Economía
Cuando analizamos la tarea educativa de la Universidad desde la perspectiva de la economía, las dos ramas principales que esta disciplina distingue en el sujeto económico parecen estar involucradas: por un lado, el esfuerzo productivo para conseguir los bienes necesarios y deseados y, por otro lado, la satisfacción que provoca el consumo de los bienes conseguidos. De esta manera, la educación que se obtiene en la Universidad puede ser vista como una mezcla de bien de consumo y de insumo productivo.
La primera de estas dimensiones aparece cuando tenemos en cuenta que tanto los alumnos como lo profesores pueden muy bien, y de hecho así sucede, sentir una gran satisfacción por el hecho de acercarse al conocimiento de la verdad científica, filosófica, artística o técnica. En tanto inversión productiva, la educación se asocia con la acumulación del llamado capital humano entendido como una fórmula que engloba todas la mejoras incorporadas en las capacidades productivas del sujeto económico.
De esta manera, la Universidad puede ser analogada a una empresa productora de un bien de consumo (como una heladería) o de un bien de capital (como una fábrica de tractores). Pero este análisis económico tradicional resulta demasiado estrecho y simplista para entender las funciones básicas que se espera de la educación superior a cargo de la Universidad. Más allá de la objetividad del tratamiento de la educación simultáneamente como bien de consumo y como capital humano, está claro que la Universidad no es ni una heladería ni una fábrica de tractores.
Un bien sustancial
Desde el punto de vista del consumo, la educación tiene que entenderse como un bien sustancial, no como una mercancía que compite con cualquier otra en el mapa de opciones o preferencias que se presentan al individuo. Y desde el punto de vista del sujeto como agente productor, la educación no puede ser agotada en un mero medio para conseguir una mayor eficiencia productiva.
La educación es un fin en sí misma, y la Universidad como punto más alto del sistema educativo formal del país tiene que tender a esa finalidad, que no es otra que la de formación integral de la persona humana. Esto incluye, si queremos llamarlo así, el capital humano necesario para ampliar las capacidades de la gente para conseguir lo que piensa que vale la pena tener como sujeto individual y como sociedad.
Pero hay que evitar las analogías simplistas que se extraen de la economía, a través de la cuales se incorporan muchas veces , como si se tratara de un asunto sin controversias, la ética utilitarista y consumista en el tratamiento de la Universidad como objeto de estudio.
Cuando analizamos la tarea educativa de la Universidad desde la perspectiva de la economía, las dos ramas principales que esta disciplina distingue en el sujeto económico parecen estar involucradas: por un lado, el esfuerzo productivo para conseguir los bienes necesarios y deseados y, por otro lado, la satisfacción que provoca el consumo de los bienes conseguidos. De esta manera, la educación que se obtiene en la Universidad puede ser vista como una mezcla de bien de consumo y de insumo productivo.
La primera de estas dimensiones aparece cuando tenemos en cuenta que tanto los alumnos como lo profesores pueden muy bien, y de hecho así sucede, sentir una gran satisfacción por el hecho de acercarse al conocimiento de la verdad científica, filosófica, artística o técnica. En tanto inversión productiva, la educación se asocia con la acumulación del llamado capital humano entendido como una fórmula que engloba todas la mejoras incorporadas en las capacidades productivas del sujeto económico.
De esta manera, la Universidad puede ser analogada a una empresa productora de un bien de consumo (como una heladería) o de un bien de capital (como una fábrica de tractores). Pero este análisis económico tradicional resulta demasiado estrecho y simplista para entender las funciones básicas que se espera de la educación superior a cargo de la Universidad. Más allá de la objetividad del tratamiento de la educación simultáneamente como bien de consumo y como capital humano, está claro que la Universidad no es ni una heladería ni una fábrica de tractores.
Un bien sustancial
Desde el punto de vista del consumo, la educación tiene que entenderse como un bien sustancial, no como una mercancía que compite con cualquier otra en el mapa de opciones o preferencias que se presentan al individuo. Y desde el punto de vista del sujeto como agente productor, la educación no puede ser agotada en un mero medio para conseguir una mayor eficiencia productiva.
La educación es un fin en sí misma, y la Universidad como punto más alto del sistema educativo formal del país tiene que tender a esa finalidad, que no es otra que la de formación integral de la persona humana. Esto incluye, si queremos llamarlo así, el capital humano necesario para ampliar las capacidades de la gente para conseguir lo que piensa que vale la pena tener como sujeto individual y como sociedad.
Pero hay que evitar las analogías simplistas que se extraen de la economía, a través de la cuales se incorporan muchas veces , como si se tratara de un asunto sin controversias, la ética utilitarista y consumista en el tratamiento de la Universidad como objeto de estudio.







