PLAZOLETA MITRE. En marzo de 1936 impactaron dos colectivos; pese al tremendo choque solamente hubo heridos leves.
Hablar del complicado tráfico en San Miguel de Tucumán es una constante de nuestras páginas. La búsqueda de soluciones para sus dificultades ocupa y ocupó grandes espacios en nuestras ediciones. Justo hace 95 años, el 26 de noviembre de 1926, se anunciaba la puesta en funciones de los inspectores de tráfico.
Bajo el título “Ante la curiosa expectativa del público, han entrado en funciones los flamantes inspectores de tráfico” se presentaba a quienes serían los encargados de ordenar la circulación de los vehículos por las calles de nuestra ciudad.
La crónica destacaba la importancia de proyectos como este, pero resaltaba que para que fueran efectivos debían ser aceptados por la población. Y parece que la presencia de estos agentes generaba cierta resistencia en algunos, y beneplácito en otros.
Extrañeza popular
La nota resaltaba que el público, “poco acostumbrado a ello, demuestra su curiosidad o extrañeza en manifestaciones de entusiasmo o de rechazo, según cuadre o no a su espíritu de libertad de acción incondicional”.
Los nuevos inspectores de tráfico urbano -describe la crónica- son “señores de casacón, kepis y varita, que, con movimientos de autómata, se convierten en árbitros del alborotado vaivén de los vehículos, deteniéndolos o dejándoles pasar, según acomode a la regularidad del tráfico”.
“Hemos visto con satisfacción la labor de los flamantes inspectores, tomando actitudes enérgicas contra todos los que, acostumbrados a hacer su santa voluntad, no querían hacer caso a sus indicaciones”, continúa el relato.
Al parecer, la labor de concientización fue dura y exigente: “el ramo de ciclistas es el que más ha sufrido las consecuencias de esta implantación; más de uno, queriendo con su agilidad burlar las disposiciones de tráfico pertinentes, ha caído en poder de la policía, a fin de que se comience a aprender a respetar”.
La presencia de los agentes fue un espectáculo sin precedentes; tanto que en cada esquina donde comenzaron a desempeñar sus flamantes funciones se juntaba buena cantidad de público para verlos actuar.
Sorprendían con sus movimientos estrictos, precisos y casi robóticos. Y según el cronista, no tenían compasión con los infractores.
En la foto que reproducimos, el inspector, apostado frente a nuestras oficinas -cuando estas se hallaban instaladas en calle Las Heras al 300 (hoy San Martín), imparte la orden de paso con gesto de autoridad al conductor de un carro, “quien, desde su pescante, mira, con mal disimulado disgusto, la terminación del imperio de su omnímoda voluntad”.
Los estudiados movimientos de los nuevos funcionarios eran parodiados por los canillitas o por los lustrabotas, que los reemplazaban en sus posiciones cuando no estaban, con lo que generaban frecuentemente sonrisas entre los transeúntes. “Hay pesimistas o conocedores del ambiente que dicen que esta novedad durará poco; pero nosotros, por bien de la ciudad, no queremos creerlo, seguros como estamos de la buena voluntad que anima a los organizadores de la institución inaugurada”, escribe nuestro colega de hace casi un siglo. Y su pronóstico se cumplió: los agentes de tránsito aún existen y los vemos recorrer las calles.
Accidente entre colectivos
“A las 17.40 por la calle Santa Fe en dirección hacia el este corría el ómnibus número 4 de la línea D, manejado por Eusebio Florian Benito y guarda Juan Chavarría conduciendo numerosos pasajeros. Cuando quiso doblar por avenida Mitre al norte fue chocado en forma violenta por el ómnibus número 5 de la línea G, que transitaba por esa arteria rumbo al sud, guiado por Davis Félix López y guarda Nicolás Córdoba, que también era ocupado por diversos pasajeros”.
Así relataba LA GACETA del 14 de marzo de 1936 el terrible accidente que hizo que el primero de los colectivos volcara y quedara de costado sobre la avenida. Ante este espectacular accidente los vecinos de la zona rápidamente se acercaron a ayudar a los accidentados y “mediante un gran esfuerzo lograron poner el coche en su natural posición a fin de sacar a las personas que se encontraban dentro clamando auxilio”.
Alta velocidad
Tras la acción de los vecinos había solamente nueve heridos ninguno de consideración que fueron “solícitamente llevados a la Asistencia Pública y trasladados luego a sus respectivos domicilios”.
Las primeras investigaciones, a cargo de la seccional tercera y en base a dichos testigos el segundo de los vehículos venía a alta velocidad, lo que impidió que evitara el impacto de alguna manera. Al haber solamente heridos leves las cosas se resolvieron satisfactoriamente y fue el comentario del barrio por varias jornadas.
En Concepción
Una travesura juvenil terminó de la peor manera para un muchacho de 14 años en Concepción.
Poco después de las 14, del cinco de marzo de 1936, un camión conducido por su propietario iba en marcha atrás saliendo de su vivienda. En ese momento “un muchacho se colgó de la parte trasera del vehículo con tan mala fortuna, que sufrió un resbalón cayendo entre las ruedas del camión, que pasaron por encima de él causando su muerte al instante”.
Al parecer, según algunos relatos, el chico no estaba bien agarrado cuando el camión dio un pequeño salto al superar el cordón de la vereda, causando su trágica caída debajo del pesado vehículo.
Salvados de milagro
Los accidentes de tránsito mantienen su protagonismo en las páginas de LA GACETA desde decenios atrás. Cuatro jóvenes regresaban a sus hogares en su vehículo cuando al llegar a las vías del Central Norte Argentino, en las cercanías de la estación Mate de Luna (la estación abandonada y desmantelada ubicada el sur de la plazoleta Dorrego) y al ver las barreras levantadas decidieron acelarar- pasaban de las 21, era noche cerrada y la visibilidad casi nula- sin percatarse que se acercaba el convoy de pasajeros 170. El impacto fue inevitable. Ese 4 de febrero de 1930 parecía que iba a ser signado por la tragedia. Pero la suerte jugó de lado de los jóvenes Carmelo, Víctor y Angel Melici y Félix Lomenzo. El auto quedó de lado, paralelo a los vagones del trén que pocos segundos antes los había chocado, casi intacto. Sólo Carmelo presentaba heridas de consideración, pero no de gravedad. Los muchachos le decían al periodista: “nos hemos salvado providencialmente y tanto que aún no podemos explicarnos la causa. Hemos estado en contacto con el tren que venía a extrema velocidad y solo sentimos el salto y el estruendo que parecía taparnos. Y depués advertimos que estabamos revueltos a un costado de la vía”.
En noviembre de 1929 comenzaron a controlar el caótico tráfico local. Una novedad para la ciudad







