

Walter Gallardo
Desde Madrid, España
El historiador británico Tony Judt adoraba los trenes y suspiraba por las estaciones. “Amo los trenes y ellos siempre me han correspondido”, confesaba en su último libro, un tierno inventario de su vida titulado en castellano “El refugio de la memoria”, escrito, o más bien dictado, cuando una enfermedad (ELA) iba dejándolo inmóvil, prisionero en su propio cuerpo. “¿Qué significa ser amado por un tren?”, se preguntaba y, a continuación, daba su respuesta: “El amor, me parece a mí, es esa situación en la que uno está más satisfecho consigo mismo”. Para justificar esta pasión desde un punto de vista más racional, explicaba que, como su nombre lo indica en francés, transports en commun, los trenes habían sido una de las obras sociales y políticas más sensatas de principios del siglo XIX, cuyos beneficios seguimos disfrutando hoy: suministrar un medio de transporte colectivo a quienes no se pueden permitir uno privado.
De hecho, sin el tren -apuntaba- Europa no podría presumir de desarrollo o perdería una de sus grandes señas de identidad. Su argumento era tan sencillo como irrefutable: una red extensa y eficiente es reflejo de un país con más probabilidades de ser equilibrado y justo con sus habitantes; por el contrario, un ferrocarril maltrecho o decrépito es signo de decadencia y abandono o el augurio inequívoco de un inminente declive. Desde mi lugar, agregaría una pregunta: ¿Quién duda de que su destrucción generalmente antecedió o llevó al fracaso? Es fácil encontrar ejemplos. Podríamos hacer una larga lista sin esforzar nuestra inteligencia.
De las estaciones hablaba con igual fervor. Decía que no sólo habían sido las catedrales de la época victoriana sino también -y con innegable acierto- que seguían cumpliendo con sus propósitos prácticos, acompañando los tiempos y sus cambios, perdurando en su eterna juventud -y belleza, en muchas ocasiones- mientras todo envejece de prisa o desaparece al cabo de un entusiasmo pasajero o de una existencia breve y anodina.
Evocar su figura hoy desemboca en un constructivo contraste con la desigualdad creciente y, en algunos casos, casi sin remedio, que domina el escenario mundial. Se trata, entre otras cosas, de un viaje hacia el origen de las decisiones fundacionales de la clase media, hacia las más sanas ambiciones de la política y hacia un proyecto de éxito que llevó a la prosperidad a un gran número de naciones, sobre todo a las europeas. En otras palabras, es hablar de lo que llamamos “estado de bienestar” (“Welfare state”, en su denominación original), esa estructura de acuerdos que asegura al ciudadano que no estará desamparado y que tendrá siempre una mano tendida; una garantía no sólo para un sector de la sociedad, porque si así fuera se parecería a la caridad o a un privilegio, sino para el conjunto, utilizando una fórmula universal: poner a disposición de todos la asistencia social y servicios públicos de calidad.
En su obra mayor, “Postguerra”, se encuentra una de las mejores interpretaciones de aquel cambio de rumbo que logró, en una generación, pasar de la ruina y el abatimiento moral a construir una sólida clase media en los 60, a la que el primer ministro británico Harold Macmillan le decía con orgullo y mucha razón: “Nunca han vivido ustedes tan bien”. El propio Judt es un “producto” de aquel impulso histórico: el hijo de una familia de inmigrantes que acaba graduándose en Cambridge gracias a un sistema de becas y luego siendo profesor en esa universidad y en las de Oxford y Nueva York.
Paradójicamente, sostenía Judt, la idea de compensar las cargas y distribuir los ingresos con justicia no comienza desde la abundancia sino desde la escasez. Como ejemplo irrefutable de esta afirmación allí está la creación y puesta en marcha del sistema de salud británico en 1948, el NHS (National Health Service), gratuito e igualitario según sus premisas, en un país por entonces en bancarrota y con racionamiento; sistema modelo de los que se impondrían en Francia o España y que tiene actualmente un prestigio irremplazable, fortalecido aún más por esta pandemia. El NHS cuenta hoy con más de 1,3 millones de empleados y es la quinta mayor empresa de todo el planeta. A su presupuesto nadie osaría llamarlo “gasto”.
Todo aquel esquema edificado desde el consenso, basado en el bien común y en la convicción del modo en que se quería vivir, logró multiplicar las oportunidades, atraer a las mayorías hacia la democracia y cerrar el paso a las ideas delirantes y totalitarias del fascismo. Probó, en definitiva, que el bienestar es posible para todo el arco social.
Pero esto, sin duda, ha cambiado. ¿Qué ha ido mal? La pandemia terminó por dejar al desnudo una verdad incuestionable: el escandaloso reparto de la riqueza y las prioridades en la utilización de los recursos de todos. Y quizás en la educación y durante el confinamiento pudimos reforzar ciertas certezas sobre evidentes disparidades que nos acompañan desde hace décadas. ¿Cómo tomarían clases desde casa los niños o adolescentes de familias pobres, los que viven en infraviviendas, con poco o ningún acceso a la tecnología (víctimas de la famosa “brecha digital”) y mal alimentados? Y esto ha ocurrido, sin matices, en todos los continentes, incluso en los países más desarrollados. La foto es nítida: nos muestra la consecuencia de una cadena de decisiones conscientes, aunque inequitativas y, por lo tanto, injustas.
Robert Reich, profesor de Política Pública en la universidad de Berkeley, sostiene que a más desigualdad, mayor polarización. Entre las razones para que esto suceda, menciona una simple: cuando la gente trabaja duro pero no progresa o sale adelante, eso la entristece, la atemoriza y la enfada, en particular cuando siente que se le está haciendo trampa; la convierte en extremadamente vulnerable a los demagogos de derechas o de izquierdas.
La desigualdad, claro está, envenena la política, crea monstruos peligrosamente populares que prometen fantasiosas reivindicaciones explotando el hartazgo, la frustración y los miedos más primitivos de los ciudadanos; termina, en suma, corrompiendo a las sociedades. Las diferencias materiales marcarán en ellas el concepto de estatus y finalmente lo importante y visible será qué se tiene y a dónde se ha llegado, pero no cómo. Es un aspecto que subraya Michael Sandel, académico de Harvard: “En las décadas recientes, se ha profundizado la brecha entre ganadores y perdedores, lo cual nos ha dividido. Esta división, en cierto sentido, tiene que ver con la desigualdad, pero también con las actitudes de ganadores y perdedores que son parte de ella. Aquellos que alcanzaron la cima han llegado a creer que obtuvieron su éxito por cuenta propia, como medida de su mérito, y que aquellos que perdieron sólo pueden culparse a sí mismo por su fracaso”.
Esta situación, según el criterio de Sandel, conduce a unos a la arrogancia y a otros a la humillación. ¿Cómo abordar el problema? Sugiere revalorizar la dignidad del trabajo y reconsiderar el significado del éxito. Y cita un discurso de Martin Luther King Jr. ante unos empleados sanitarios en huelga: “La persona que recoge nuestra basura es tan importante como el médico, pues, si no hiciera su trabajo, las enfermedades se multiplicarían. Todos los trabajos son dignos”. Se podría agregar que nada alimenta tanto el orgullo cívico de un individuo como el reconocimiento de que su labor, por humilde que fuera, contribuye a construir su país. Por el contrario, la desafección comienza cuando ese mismo individuo siente que no importa a nadie.
¿Cómo una sociedad puede ser feliz y próspera si gran parte de sus miembros son pobres y desdichados? Algo así se preguntaba Adam Smith allá lejos, en el siglo XVIII. La respuesta puede ser hoy la misma que la de aquellos días.
Tony Judt murió en 2010, a los 62 años. Mientras la vida se le escurría en los tramos finales de aquel libro que he mencionado al inicio de este artículo, su mente brillaba de lucidez y dejaba testimonio de unos tiempos en los que los sueños y la voluntad pudieron unirse para que el pasado fuera un aprendizaje útil para el futuro. En medio de este anunciado crepúsculo, el historiador admitía que na da le causaba más desazón que la conciencia de que no podría subir a un tren otra vez y repetir sus aventuras ferroviarias. Como en todas las enfermedades terminales -lamentaba- se debe aceptar con amarga resignación que “algunas cosas nunca más volverán a pasar”.







