La ética del tobogán
Álvaro José Aurane
Por Álvaro José Aurane 12 Noviembre 2021

Abierta, pero con aires de paseo selecto, la concretísima plaza Urquiza se empeña en encarnar un cosmos en tan sólo una hectárea. El domingo pasado, desde afuera hacia adentro, orbitaban alrededor de ella estilizados patinadores; paseadores de perros; exhibidores de monopatines; entrenadores personales que pasean personas; diabéticos dándole diez vueltas al perímetro; cultores del café en pocillo; pobres en grupo pidiendo las sobras de las mesas de los restaurantes; músicos de trap inspirados y también de los otros; creyentes esperanzados con encontrar dinero en un cajero automático; parejas presumiendo de sus bebés en cochecitos; pochocleros que “inflan” el maíz que venden; bailadores de tango; solteros presumiendo de sus automóviles; novios prometiéndose amor eterno; vendedores de algodones dulces, que ofrecen azúcar para ahora y hambre para más tarde; “trapitos” que “cuidan” autos que no cuidan a cambio de la “voluntad” que fuerzan; empresarios, emprendedores y empleados que sólo fueron a descansar; abuelos paseando a sus nietos; empresarios, emprendedores y empleadores que ese día están trabajando, y eufóricas bailarinas comprometidas con las directivas del voluntarioso profesor municipal que se gana el pan con el sudor de la frente.

Todo esta suerte de muestra a microescala de la sociedad orbita alrededor de un centro. Un eje que permanece allí, inalterable, a pesar de las reformas que han sufrido la plaza y la comunidad que la concurre. Son los toboganes. Los monstruosos toboganes siameses dan la impresión de haber estado siempre allí. Antes que la estatua de Jorge Luis Borges y la de Carlos Gardel. Y que el advenimiento de la democracia. Y que la llegada de los españoles. Y que la irrupción misma del homo sapiens sapiens. Por momentos adquieren la entidad del misterioso monolito que aparece de pronto frente a una primitiva comunidad de homínidos, en el inicio de la mítica “2001 – Odisea del Espacio”. Son inamovibles e inconmovibles. Y a esta altura pareciera que la sola idea de eliminarlos fuera tabú. Como si el precio a cambio de removerlos fuese un cataclismo. Como si fueran un tapón que, de ser removido, desinflaría San Miguel de Tucumán.

Los niños se agolpan sobre ellos como antes lo hicieron los adultos que los han acompañado hasta el solar de barrio Norte. Y repiten los mismos rituales. Absortos en sus asuntos, su “hacer” es en realidad un juego que no tiene en cuenta nada de lo ocurre a la vuelta. Todas esas otras circunstancias descritas que ocurren alrededor son secundarias. Prácticamente, un decorado. Ellos están afanados en otras cuestiones. Básicamente, en la pelea por llegar.

Plano inclinado

Por supuesto, es una lid infantil. Lo interesante es que, idealmente, podrían organizarse para acceder de manera ordenada a los toboganes, alcanzar lo más alto, luego bajar y dejarle el lugar al siguiente. Tampoco son tantos y, ciertamente, todos podrían turnarse para acceder a la cima. Pero en la práctica no ocurre. Y por las razones más diversas. Sobran los que quieren llegar arriba, pero que después no quieren bajar: quieren seguir ahí por el puro gusto de estar en la cumbre. O porque le tienen miedo a la bajada. O por ambas razones. También se encuentran los que treparon al sólo efecto de demostrar coraje y que, una vez allí, disfrutan del aplauso y no quieren moverse. Y los que se encapricharon con trepar y, luego de obtenido el objetivo, no saben exactamente qué es lo que tienen que hacer a continuación.

No faltan los que van a divertirse tan sólo logrando que los otros no lleguen. Y están los que, cuando es larga la fila de los que han hecho las cosas bien para que les llegue su momento, deciden subirse a contramano, violando los acuerdos estructurales y subiendo allí por donde deberían bajar.

El tobagan es, esencialmente, un plano inclinado que funciona con la gravedad y hace cumplir su ley: todo el que sube, debe bajar. Pero a la hora de los hechos, quienes acuden a él embrollan, incluso, esa norma tan básica como sencilla. Frente a las complicaciones que encuentran para subir, unos y otros se amigan o se pelean según la más circunstancial de las conveniencias Y después, cuando por fin llegaron, se olvidan. Reclaman ser ovacionados cuando suben... y también cuando bajan. Se alientan por un instante y, al rato, se insultan.

Casi no hace falta decirlo: la plaza funciona como una metáfora acabada de la sociedad política en que vivimos justo ahora, en plena temporada electoral. Y también como un gráfico sobre la cultura del poder que desafía (pareciera que “naturalmente” en nuestro desastrado caso) las leyes más básicas y simples de nuestras formas de gobierno: la democracia representativa y la república. Pero hay algo más. Ahí, en el tobogán, y en la ética que plantea, también se observa en que consiste, esencialmente, la política que nos gobierna. En qué consiste, específicamente, el juego del poder que se práctica en estas tierras.

Todos los juegos, el juego

El sociólogo francés Roger Callois describió en su ya clásica obra de 1958, que aquí se conoció como “Los juegos y los hombres, la máscara y el vértigo”, cuatro categorías de juegos. Esa clasificación es, en rigor, toda una ventana a la cual asomarse para advertir no sólo qué clase de política tenemos, sino especialmente cuáles no hemos logrado conseguir.

Hay juegos agonales (“agon” es la categoría de Callois), que son de competencia. Aparecen como una lucha donde se crea una igualdad artificial, con antagonistas enfrentándose en condiciones ideales. En principio, cualquiera puede ganar: no sería una competencia si no dependiera de cada uno de los oponentes la suerte de la contienda. Este tipo de juegos requiere entrenamiento, disciplina y perseverancia. Aquí no se consigue.

Luego están los juegos aleatorios (“alea”, sintetiza el francés). Los participantes tratan de salir favorecidos por el destino. Por tanto, tienen la función de abolir las cualidades naturales o adquiridas de los individuos, dejándolos en igualdad absoluta de condiciones frente a la suerte. Todo se reduce al puro azar. Por ejemplo, lanzar una moneda al aire. Se busca probar que detrás de las diferencias manifiestas hay destinos ocultos que no precisan de disciplina ni de ningún tipo de atención. De eso, por aquí, hay mucho. Sin embargo, ese juego que explica a muchos de los protagonistas del poder no alcanza a describir la mecánica del poder mismo.

En tercer lugar, los juegos de simulacro (“mimesis”, les llama el sociólogo). En ellos, el sujeto juega a creer, a hacerse de creer o a hacer creer a los demás que es distinto de sí mismo. No hay reglamento en este divertimento. Y aunque pareciera que en estos lares hemos visto demasiada mimética, esa percepción es equivocada: el juego de simulacro no persigue una victoria, sino un aprendizaje. El desafío es logran comprender al ponerse en lugar del otro. Entonces, a no confundir: hipócritas hay por diluvio. Pero la mimética, aquí, no trabaja.

Finalmente, Callois describe el vertiginoso “ilinx”. Reúne a los juegos que “se basan en la búsqueda del vértigo y que consisten en un intento de destruir momentáneamente la estabilidad de la percepción e infligir una especie de pánico voluptuoso a una mente por lo demás lúcida. En todos los casos, se trata de entregarse a una especie de espasmo, convulsión o conmoción que destruye la realidad con soberana brusquedad”. Como el tobogán...

Esa política de la turbación de la conciencia social, en la que el país pareciera siempre montado en una montaña rusa, y donde la promesa salvadora no consiste en llevarnos a la cima sino en accionar un freno antes de la catástrofe, es el alarmante juego del poder.

Sin la esforzada dedicación de los reglamentos agonales ni la madurez empática que demandan las prácticas miméticas, el ejercicio de la política se parece en muchos casos a un juego en el que los gobernados quedamos librados a nuestra suerte la cual, a estas alturas, queda claro que nunca fue mucha. Y la dinámica del poder es un eterno lanzarse al vacío, con más esperanzas que certezas de que algo impedirá el impacto fulminante. Una práctica palmariamente infantil. Como si el poder fuera hoy un juego de niños que no son niños. ¿Se están divirtiendo?

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios