12 Noviembre 2021

Carlos Duguech

Columnista invitado

Lo de la desclasificación de archivos documentales del “S11” fue un compromiso de campaña de Biden, necesitado de dar respuestas, especialmente, a los familiares de las casi 3.000 víctimas mortales que dejó el atentado más filmado y fotografiado de la historia. Lo de las torres gemelas es mucho más que eso. Y lo sabe como pocos el presidente Joe Biden, que ha debido cumplir con los compromisos asumidos por Trump en lo que se llamó Acuerdo de Doha (Qatar) por la intervención armada en Afganistán desde 2011. Concretada apenas tres semanas después de los dos impresionantes ataques a las torres gemelas en Nueva York y de los otros dos atentados terroristas en Pensilvania y en el Pentágono. Era el inicio de Estados Unidos de la guerra contra el terror.

Una rendición anticipada

Claro, se dirá, no puede existir una rendición anticipada a plazo fijo, como si fuera un pagaré con vencimiento escrito en su texto. Porque una rendición implica un cese de fuegos. Porque, además, es inconcebible que ambas partes acuerden un final de ocupación militar combativa (casi veinte años en un país) y mientras tanto sigan intercambiando metrallas. Casi, casi, como escribir con un lápiz que tenga por mina un núcleo de goma de borrar. A veces es necesario –ante tanta incomprensible acción de quienes ejercen el poder- adentrarse en el mundo de la metáfora irónica para dar cuenta de los hechos. La redacción ortodoxa se rinde ante la contundencia de esa visión comparativa.

Acuerdo entre enemigos

La ciudad de Doha, capital del pequeño país Qatar, en el Golfo Pérsico, fue el escenario que permitió darle cuerpo a un acuerdo entre los beligerantes. Singular acuerdo. Casi una humorada, si no fuese que hay vidas que se pierden y personas con heridas de guerra mientras su vigencia (14 meses). Y cuando uno advierte, primariamente, quiénes fueron los suscriptores de semejante acuerdo no puede dejar de expresar: “Ah, el gobierno de Trump, claro. El mismísimo presidente que borró de un sólo golpe los laboriosos acuerdos Reagan-Gorbachov (1987) que permitieron erradicar los misiles nucleares de suelo europeo”. Entre las estructuras y complejidades de origen de esos dos acuerdos hay una distancia sideral. Para Trump, se supo siempre, esas cosas se resolvían a su omnímoda voluntad. Y no más que eso.

Los signatarios de Doha por los EEUU no leyeron la “letra chica” porque estaba escrita con tinta invisible sólo para los ojos de Occidente. Hay un sector del Acuerdo de Doha que es de una infantil estructura de “toma y daca”. De una asimetría sólo propia de los que se creen superiores y dejan sus perfiles expuestos sin centinelas ni sistemas de alerta. Tan seguros de sí mismos y tan llenos de espuma sin la densidad de un núcleo inteligente, previsor, estratégico. Estados Unidos ofrecía cumplir un calendario de retirada de sus tropas en 14 meses. Y los talibanes, el enemigo por el que habían lanzado una de las más largas guerras contra el terrorismo, se comprometían a que nunca más -desde el territorio de Afganistán- ¡nadie planificaría ni ejecutaría ataques contra los Estados Unidos! Casi lo juran por Alá. Y lo creyeron los estrategas de la potencia washingtoniana. Conviene repasar: firmaron un acuerdo para que a los 14 meses todo volviera a fojas cero: las fuerzas armadas estadounidenses y la de sus aliados se irían del todo de Afganistán. Casi lo juran por Dios y los Santos Evangelios, esta vez. Estaban ambos bandos (cada uno por sus propias conveniencias) gozosas de haber suscrito el “Acuerdo para lograr la Paz en Afganistán”.

¿Y los aliados, qué?

Pregunta que no alcanza respuestas porque Estados Unidos, unilateralmente, suscribió el Acuerdo de Doha con los talibanes. Ninguno de sus aliados intervino. Fue de cada uno de ellos, por lo menos, una irresponsabilidad frente a lo que se suponía podría sobrevenir. Casi un anticipo de “manual”. Y sobrevino el accionar -cumplido el plazo de los 14 meses- de los talibanes que no respetaron ni una coma del Tratado de Doha. Ni cumplirán, de aquí en más. ¿O acaso EEUU está seguro de que esa cláusula que incluye el tratado que promete que desde suelo afgano no se operará contra la seguridad del país americano será ley para los talibanes? Una píldora de anticipo la dio con la ocupación de Kabul e inmediatamente casi todo los resortes gubernamentales del país. ¿Hace falta, acaso, algo más para tener una visión de lo que de aquí en más sucederá?

Lo que no se entiende es que el tratado lo haya suscripto EEUU sin la participación de sus aliados. Y tras los 14 meses propuestos por Trump (setenta días antes de dejar la Casa Blanca) se cumplieron en el gobierno de Biden. Nadie, seriamente, podría afirmar que ese Acuerdo iba a cumplirse. Porque si hubiera sido un armisticio era razonable. O un “alto el fuego” o una tregua. Nada de eso. Los talibanes convirtieron ese acuerdo en una trampa al poderoso país de “La América” que daba todo a la otra parte (se retiraba) y los talibanes sólo prometían (sólo prometían, en “papel mojado” al decir de los españoles) que no se haría desde suelo afgano nada malo contra la seguridad de los EEUU.

Desclasificación documentaria del “S11”: Si bien fue una promesa de campaña del líder demócrata que hoy ocupa la Casa Blanca, el abrir el cofre con la documentación que generó el S11 hace dos décadas, se puede colegir que además de satisfacer los reiterados reclamos de los familiares de las víctimas del terrorismo de ese aciago setiembre, tenía preeminencia el síndrome de Afganistán. ´Y no serán todos los documentos, seguramente. Porque ante la proximidad del plazo de abandono militar de Afganistán (Acuerdo de Doha) erraron los estrategas de EEUU al cumplirlo al pie de la letra. Pudo y debió renegociar de modo que no fuera lo que terminó siendo: la rendición, con otro nombre, de una de las fuerzas armadas más poderosas del mundo. Claro está que Biden no soportaría idéntico clima socio-político de los EEUU de los tiempos de la guerra de Vietnam.

En suma: una guerra de veinte años para organizar un país libre de sectores fundamentalistas y terroristas a los que en los hechos se les dio tiempo para que se organizaran mejor al punto que apenas se cumplía el plazo de Doha ya se encaramaron al poder en casi todos los sectores de Afganistán. Lo de EEU fue una huida prevista, una derrota y un cargo por tantas muertes y recursos pésimamente empleados. En fin, la única diplomacia de los EEUU que creen les funciona (y a veces se cumple) es la diplomacia armada. Jamás la diplomacia creativa. El síndrome de Afganistán es elocuente y basta para afirmarlo.

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