¿Qué pasará después del domingo 14?

Marcelo Aguaysol
Por Marcelo Aguaysol 10 Noviembre 2021

La construcción de acuerdos nacionales no es una necesidad; es un imperativo. Es una deuda que la clase política tiene con su sociedad, y ya lleva varias cuotas vencidas. La situación de la Argentina está en un punto límite. Y, hasta ahora, nadie ha dado señales de realizar una verdadera convocatoria en ese sentido. Sólo hemos observado bosquejos de un llamado a un debate limitado. No hay gestos de grandeza entre las principales figuras. Todos miden sus pasos para no caer en el barranco de la indiferencia.

Los eslogan de campaña han convertido a las elecciones del domingo como la madre de todas las batallas, más que un recambio de personalidades en el Congreso de la Nación. Unos van por todo; otros también, pero con matices. La grieta es un estigma nacional que aparece, subrepticiamente, en cada acción, declaración o gesto de la dirigencia. Por esa razón, hay indiferencia social frente a los comicios parlamentarios. El electorado llega agobiado tras las intestinas peleas internas que derivaron en las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) del 12 de septiembre pasado.

La negatividad es el signo de estos tiempos. No hay referente político que se haya salvado de la baja en la imagen. Algunos resultaron menos perdidosos que otros. Esa negatividad, según un sondeo realizado por la consultora Zuban, Córdoba y Asociados, se proyecta también sobre las perspectivas que las personas tienen sobre el futuro cercano. Un 53% afirma tener miedo a una devaluación luego de las elecciones y, nuevamente, enciende todas las alertas sobre una reacción social adversa que pueda desbordar. Estas alarmas deberían ser tomadas muy en serio por el equipo económico del gobierno.

Con respecto al acuerdo con el FMI, aquella encuesta indica que un 48% afirma que el país debería enfocarse en crecer antes de pagar la deuda y un 37% afirma que debemos acordar aceptando las imposiciones del fondo, como en todos los temas aquí la grieta también profundiza las diferencias. Solo un 4% afirma que deberíamos romper con el Fondo. Otro semáforo en rojo para quienes apuestan por esta alternativa.

La Argentina se está quedando sin reservas netas en su Banco Central, por más que esa entidad informe diariamente que están en torno de los U$S 42.700 millones. Eso es sólo en los papeles, pero no en la disponibilidad. Es probable que hasta fines de año, alcancen los U$S 2.500 millones, en momentos en que el Gobierno deberá afrontar un vencimiento con el Fondo Monetario. La devaluación de la moneda nacional arrancó antes de tiempo. El mercado aguardaba un fenómeno de esa naturaleza tras el turno electoral. Sin embargo, la realidad les pasó por encima a las expectativas y hoy la cotización informal sigue batiendo récord, en torno de los U$S 200 por unidad.

La gestión del presidente Alberto Fernández está entre la espada y la pared. Debe alcanzar un acuerdo con el Fondo para abrir una ventana global (ni siquiera la puerta) a mercado voluntario de créditos. La credibilidad es un bien que no se recupera de un día para el otro. Los constantes incumplimientos del país son una carta de presentación que no le favorece al Gobierno en su búsqueda de dólares genuinos, esos que ingresan a través de inversiones. De allí el endurecimiento de los cepos cambiarios. Realizar un ajuste implicaría, además, un problema social importante para un país con un 40% de su población bajo la línea de pobreza. Las expectativas inflacionarias no pueden ser detenidas por políticas de fijación de precios. De allí que no debe sorprender que la próxima medición del Índice de Precios al Consumidor (IPC) se encuentre en torno del 3,5% mensual para octubre. Así, la inflación interanual seguirá por encima del 50% y, por ende, el poder adquisitivo del salario no observará una mejora, salvo por medidas transitorias que impliquen dinero en el bolsillo para hoy y quién sabe qué sucederá mañana. En este contexto, habrá que seguir de cerca cuál será la política oficial para actualizar las tarifas de los servicios públicos privatizados. Todos los acuerdos en ese sentido habían sido pospuestos para después del 14 de noviembre. La fecha límite se acerca y es prácticamente imposible que los valores se mantengan. Ya lo ha demostrado el cambio de valores en las pizarras del Gas Natural Comprimido (GNC).

Como en la economía, en política también alguien deberá pagar los costos. Pero en uno y en otro ámbito, por lo general, siempre los deudores terminan siendo los consumidores finales, los ciudadanos de a pie.

La recreación de un círculo virtuoso económico, político y social deberá partir entonces del análisis de aquellas medidas que no impliquen grandes sacrificios para los mismos de siempre. En la teoría, la deuda puede llegar a pagarse con más disciplina fiscal y esa es una estrategia que debería seguir cualquier gobierno que tenga responsabilidad fiscal. La emisión monetaria deberá desacelerarse y mostrar al mercado que la Argentina puede pensar en vivir con lo que genera. La pobreza se combate con más empleo genuino, pero para ello se requiere credibilidad de la política. Todo este juego de palabras parece sencillo, pero forma parte del vocabulario periódico que los candidatos que se presentan en cada turno electoral lo recitan como un mantra. La sociedad tiene temor a lo que pueda suceder después del domingo de elecciones. Acaso, ¿no será la oportunidad de que la política le demuestre que puede solucionar los problemas sin chicanas ni mezquindades? La dirigencia política, económica y social tiene la palabra.

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