Tiempo de memorias
La biografía sobre José Claudio Escribano y las memorias de Juan Carlos Torre, Luis Brandoni, Guillermo Jacovella y Héctor Olivera nos ofrecen inmersiones en los mundos del periodismo, el teatro, el cine, la diplomacia, la economía y la política de la mano de protagonistas de esos campos.

El tiempo disponible para el ocio durante este prolongado aislamiento, me ha permitido disfrutar de la lectura de varios libros de memorias, que componen en las variadas experiencias de vida de sus autores, un relato personal de la historia argentina, cuya utilidad sabrán valorar los historiadores del futuro.
Diarios y memorias, si bien revelan realidades parciales, nos permiten entender mejor el tono y la intimidad de una época, el impacto del acontecimiento extraordinario en lo cotidiano, y distinguir las continuidades de los cambios. Título clásico del género es Memorias de un viejo, cuyo autor, Víctor Gálvez (Vicente Quesada), narra en prosa ágil escenas de costumbres argentinas, de los tiempos de la Santa Federación a los del Presidente Roca. Por su parte, en Mis primeros ochenta años Ramón J. Cárcano relató su extensa vida pública, del Ochenta a la década de 1930, Otro clásico, Memorias literarias, de Manuel Gálvez, reveló la realidad de los escritores contemporáneos suyos, sin retacear opiniones críticas y detalles curiosos, que contribuyen a amenizar la lectura. No obstante estos y otros calificados ejemplos, las memorias escasean en nuestra literatura.
De ahí la grata sorpresa ante la aparición con pocos meses de diferencia de cinco títulos: Antes que me olvide. Memorias, de Luis Brandoni; Vivido y recordado. Memorias de vida política y diplomacia, de Guillermo Jacovella; Fabricante de sueños, de Héctor Olivera; Escribano. 60 años de periodismo y poder en La Nación, de Hugo Caligaris y Encarnación Ezcurra; Diario de una temporada en el quinto piso. Episodios de política económica en los años de Alfonsín, de Juan Carlos Torre.
En ellos, cumplidos los ochenta años, un actor, un cineasta, un periodista, un diplomático y un sociólogo relatan su historia de vida en forma de entrevista, diario y memorias propiamente dichas. Todos ellos se formaron en la profesión escalón tras escalón, intervinieron en la cosa pública y vivieron para contarlo.
El relato y las fotografías que acompañan el texto de Antes que me olvide, constituyen una recorrida de la cartelera del cine y teatro nacional en el último medio siglo. Luis “Beto” Brandoni ha representado y representa obras de autores nacionales, en las que ha cosechado éxitos memorables; también obras universales, que soñó con protagonizar desde sus tiempos de estudiante del Conservatorio. Brandoni, el artista comprometido en la acción gremial, en años críticos, a puro riesgo, que entró en la política de la mano de Alfonsín, todavía hoy sigue bregando por una Argentina republicana.
Guillermo Jacovella, diplomático de carrera, se inició en Moscú, en plena guerra fría. En ese destino, que constituyó un duro aprendizaje, se manejó más allá de los controles y vigilancia del régimen, accedió a lo más selecto del mundo cultural, y conoció de primera mano los límites del modelo socialista soviético. Este relato de vida en el mundo de las relaciones internacionales, no se limita a lo superficial ni se detiene en las apariencias; por el contrario, se ocupa de la trama del poder que conoció en sucesivos destinos: Río de Janeiro, París, Madrid y Bruselas. Hay asimismo páginas jugosas dedicadas a la cancillería argentina. Porque el autor, que habla libremente, en beneficio del lector, no calla opiniones, anécdotas curiosas ni juicios críticos.
Héctor Olivera, supo desde la adolescencia que lo suyo era ser cineasta, “Fabricante de sueños”. Últimamente la pandemia le ofreció el tiempo necesario para relatar sus inicios en el arte, como pizarrero, y la rápida sucesión de oportunidades y de aciertos que lo llevaron a dirigir y producir decenas de largometrajes y obtener destacados premios internacionales. Su biografía incluye éxitos y fracasos. Olivera no oculta las peripecias vividas en la compleja relación entre cine y política nacional. Tampoco oculta las intimidades de su vida privada. En todo aplica el mismo método sencillez, veracidad y rigurosa ubicación en el tiempo. Nada ha logrado menguar su optimismo. Retirado de la actividad, agradece la riqueza de la vida vivida, y haber nacido en la Argentina cuando todavía era uno de los grandes países, “antes de transformarse en una república bochornosa de futuro incierto”.
La historia de José Claudio Escribano, interesó a los periodistas Hugo Caligaris y Encarnación Ezcurra, que trabajaron a sus órdenes en la redacción del diario La Nación. Preguntas, documentos y entrevistas, ordenados en forma temática, reconstruyen no solo la trayectoria personal del entrevistado, cronista y a la vez protagonista de su tiempo, sino también los cambios ocurridos en el periodismo profesional en los últimos 60 años. Hijo, nieto y biznieto de colaboradores del diario, en el que ingresó a los 18 años, ascendió paso a paso hasta la secretaría general y la subdirección y dialogó en años de trabajo, con actores de primera fila del país y de la escena mundial. Dice la leyenda que Escribano se siente identificado con Bartolomé Mitre, el fundador de La Nación. Lo cierto es que en el mundo contemporáneo en que las redes sociales compiten con el diario tradicional, él sigue convencido del valor del oficio de periodista profesional, aquel que ordena la información y la pone al servicio del lector.
Diario de una temporada en el quinto piso, del sociólogo Juan Carlos Torre, no relata toda la historia de quien es un intelectual consagrado en su área de estudio; se limita a los 4 años vividos en el Ministerio de Hacienda, junto a Juan Sourrouille y su equipo, de 1984 a 1988. Torre consideró esa oportunidad de contribuir a sostener la transición a la democracia, como si le hubieran dado una beca “para ver desde adentro el mundo que he descripto y comentado desde afuera”. Ese doble papel, le permitió registrar el día a día de la faz económica de la transición: escribir discursos, sugerir ideas, confortar a sus amigos, tratar con sindicalistas, políticos profesionales y empresarios. El Diario observa las posibilidades y limitaciones de Alfonsín, un líder democrático, prisionero de sus promesas electorales, expuesto a tomar decisiones vinculadas a los eternos nudos de la economía argentina: inflación, deuda externa, puja distributiva, agravadas por las amenazas, entonces muy ciertas, de un golpe militar. En síntesis, un libro que merece ser leído por quienes aspiran a hacer política a futuro, y no solo por los curiosos del pasado.
Este abanico de memorias, además de entretener, invita a reflexionar sobre la Argentina que fue y a vislumbrar la que vendrá.
© LA GACETA
María Sáenz Quesada – Miembro
de las academias nacionales
de Historia y de Educación.







