CAMBIO CLIMÁTICO. Una de las principales metas es bajar las emisiones de metano. ARCHIVO LA GACETA

La ciudad escocesa de Glasgow acoge por estos días la cumbre internacional sobre el cambio climático, mejor conocida como COP26. La cita, organizada bajo el paraguas de las Naciones Unidas, busca encarrilar la lucha contra el calentamiento global.
Las siglas COP se refieren a la Conferencia de las Partes. Es decir, a la reunión anual de los casi 200 países que forman parte de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. En 1992, las naciones convinieron en que son los gases de efecto invernadero que emite el ser humano en su actividad cotidiana los que están contribuyendo al calentamiento. Por ello, se fijó que los firmantes deben reducirlos. La primera COP se hizo tres años después, en 1995 en Berlín. La número 26 se debería haber celebrado un año atrás, pero la pandemia obligó a aplazarla estos 12 meses.
Dos años después del cónclave debutante, la convención marco sirvió para que se aprobara el Protocolo de Kioto, en 1997. Más tarde, en 2015, se adoptó el Acuerdo de París, que obliga a todos los países que se incorporen al pacto a recortar las emisiones. La suma de todas esas reducciones debe ser suficiente para que se cumpla el principal objetivo: que el aumento de la temperatura media del planeta no supere los 2° respecto a los niveles preindustriales. Y en la medida de lo posible, que no rebase los 1,5°. Ese es el límite que establece la ciencia para evitar efectos catastróficos y sin retorno.
Desgraciadamente, la Tierra está hoy en un calentamiento de 1,1°. Para peor, el grupo de científicos asesores de la ONU en materia de cambio climático, conocido por sus siglas en inglés IPCC, ha advertido que los países no se posicionan ni cerca de alcanzar esa meta. En 2020 estos gases volvieron a marcar otro récord, pese a la pandemia. Según los datos de la Organización Meteorológica Mundial, los niveles de CO₂ han sido el doble de los que había antes de la Revolución industrial.
El fracaso de la disminución de las temperaturas máximas -provocado por la quema de petróleo, gasolina y carbón, que a su vez produce estos gases de efecto invernadero (dióxido de carbono y metano, principalmente)- ha venido ocasionando inundaciones, incendios, calor y sequías. Y ha demostrado que existe un abismo entre lo que claman los científicos y lo que les interesa a los líderes políticos. Solo las nuevas generaciones, encabezadas por la activista sueca Greta Thunberg, se muestran preocupadas por el futuro.
Llegado este punto, ¿quiénes son los principales emisores de gases de efecto invernadero? China se ubica a la cabeza de ese malogrado ránking. Le siguen Estados Unidos, India y la Unión Europea. No obstante, si se toman en cuenta las emisiones acumuladas, los estadounidenses son inalcanzables.
El último análisis realizado por Naciones Unidas muestra que los recortes previstos para 2030 son un 7 % mayores ahora que con los planes anteriores. Eso significa que los países han hecho más compromisos. No obstante, tanto ha empeorado la situación en las últimas dos décadas que se está todavía lejos de lo que se necesita: que las emisiones bajen un 22 % más para poder cumplir con la meta de los 2°.
En síntesis, para que de Glasgow salga algo bueno es necesario que se tomen acciones colectivas y después se las cumpla. Los países deberían animarse unos a otros. EEUU y las naciones europeas tendrían que dar los primeros pasos y además brindar apoyo económico a las regiones de menores ingresos, a fin de que estas puedan encarar acciones. Pero, ¿basta con comprometerse a reducir las emisiones? No. Luego se deben aplicar planes. Europa está diseñando el suyo. El mandatario estadounidense Joe Biden está intentando abrirse camino en el Congreso. Y China ha mostrado su hoja de ruta.
En la práctica y en el caso de la Argentina, sería necesario ir reduciendo gradualmente los subsidios en las boletas de gas y de electricidad, por ejemplo.
Muchas personas que participan en las negociaciones creen que no se alcanzará el objetivo de lograr compromisos sólidos, pero los organizadores sostienen que mantener el aumento de temperaturas por debajo de 1,5 grados aún es posible.







