La importancia de las cartas en la historia del poder es trascendente. Las hay en formato literario, como “Drácula”, la novela de Bram Stoker considerada nada menos que por Oscar Wilde como la novela fantástica más importante de la literatura. Siguiendo la cartografía de Michel Foucault en “Los anormales”, toda novela de terror es una novela política; y la historia del “no muerto” es, sustancialmente, la representación más acabada del poder absoluto: el “Príncipe Vlad” es un noble que resulta ser dueño y señor de la vida y la muerte y que práctica todos los excesos conocidos para su época.
Por supuesto, también el poder espiritual cuenta con una trascendente y plenamente vigente historia de correspondencias. Las epístolas de San Pablo representan una de las fuentes insoslayables del pensamiento cristiano original. Los pontífices continuaron la tradición: sus papados son, también, una historia de sus encíclicas.
En cuando al capítulo argentino, los tucumanos tenemos al más egregio de nuestros comprovincianos como un protagonista mayor en el proceso de organización de nuestro país a partir del ejercicio epistolar. Mediante las “Cartas Quillotanas” , Juan Bautista Alberdi polemiza demoledoramente contra Domingo Faustino Sarmiento para defender a Justo José de Urquiza, el vencedor sobre Juan Manuel de Rosas. “Su Campaña es el proceso de sus miras demagógicas, de su ambición contrariada”, escribe, como estocada, el hombre que le dará a la Nación las “Bases” para su Constitución. “Otra aspiración llevó usted (distinta) que la de escribir boletines: usted aspiraba a dirigir los acontecimientos”, asesta. Sarmiento contestó con las “Ciento y una”, que fueron cinco textos cargados más de insultos que de ideas. Lo uno es evidencia y redundancia de lo otro: donde hay una injuria lo que falta es un argumento.
Esta semana, precisamente, en la Argentina se cumplió el aniversario de una epístola escrita con pretensiones históricas, más allá de que, dado el exitismo proselitista, ha sido australmente olvidada. O, acaso, cubierta bajo un prudente manto de silencio oficial. Lo cierto es que el miércoles, el oficialismo nacional consagró la jornada a evocar la memoria del ex presidente Néstor Kirchner (2003-2007), en el décimo primer aniversario de su fallecimiento; y a recordar que hacía exactamente dos años habían ganado los comicios presidenciales en primera vuelta. Nada se dijo, en cambio, respecto de que el día anterior se había cumplido el primer aniversario de la primera carta pública que escribió Cristina Fernández de Kirchner como vicepresidenta de la Nación. A la luz de los hechos, se torna una epístola operativa. Y confrontada con la última correspondencia de la ex mandataria, publicada días después de la paliza electoral que recibió el oficialismo en las PASO, se resignifica a un ritmo que da vértigo.
Escrito hace un año
“El freno a la economía y la incertidumbre generalizada sobre que va a pasar con nuestra vida son agobiantes”, arranca la vicepresidenta en la carta del año pasado titulada: “A diez años sin él y a uno del triunfo electoral: sentimientos y certezas”. La vigencia de algunos postulados de la ex mandataria (digamos todo, compañeros) es envidiable. Podría haber publicado eso mismo ayer y sería incontestable. El oficialismo, entonces, debe ser de lectura lenta…
“En este marco de derrumbe macrista más pandemia, quienes idearon, impulsaron y apoyaron aquellas políticas, hoy maltratan a un Presidente que, más allá de funcionarios o funcionarias que no funcionan y más allá de aciertos o desaciertos, no tiene ninguno de los ‘defectos’ que me atribuían y que según no pocos, eran los problemas centrales de mi gestión”, describe el 26 de octubre de 2020. Es decir: los defectos que a ella le achacaban “la opo”, queda claro, eran virtudes: Alberto, pobre, carece de todas ellas… De paso: maltratar, lo que se dice “maltratar” al Presidente, nadie del macrismo le había dicho a Alberto, durante ese primer año de gestión signado por la pandemia, que estaba rodeado de colaboradores que no colaboraban.
Pero después de este apoyo sutil a su compañero de fórmula (un aval tan delicado que, en realidad, no se nota), la presidenta del Senado destinó algunos párrafos a machacar con la certeza de que quien gobernaba era Alberto y no ella.
“El sistema de decisión en el Poder Ejecutivo hace imposible que no sea el Presidente el que tome las decisiones de gobierno”, sentenció. Inmediatamente, les dijo a los críticos del Gobierno: “se quedaron sin la excusa de las formas” y los tildó de “poco creativos”: “el relato del ‘Presidente títere’ lo utilizaron con Néstor respecto de (Eduardo) Duhalde, conmigo respecto de Néstor” y, ahora, con Alberto respecto de ella. Entonces, “tuvieron que pasar a un segundo guion. ‘Alberto no gobierna’, ‘la que decide todo es Cristina’, ‘rencorosa’ y ‘vengativa’, que sólo quiere solucionar sus ‘problemas judiciales’”, describió en el capítulo judicial.
Algunos bienintencionados leyeron ahí un sano ejercicio de empoderamiento hacia el jefe de Estado. Pero en realidad, ella se estaba despegando y, a la vez, aclarando que todos los costos había que facturarlos al titular de la Casa Rosada. Y a eso lo confirmó este año con otra carta: “Como siempre, sinceramente”.
Reescrito hace un mes
“El domingo 12 de septiembre de este año el peronismo sufrió una derrota electoral en elecciones legislativas sin precedentes”, empieza ella. “Fui, soy y seré peronista. Por eso pensaba que no podíamos ganar. Y se lo decía no sólo al Presidente. Muchos compañeros y muchas compañeras escucharon mis temores”. Es decir, a la hora de analizar la derrota, Cristina no es protagonista del fracaso, sino comentarista del peronismo.
“El domingo pasado nos abandonaron 440.172 votos de aquellos que obtuvo Unidad Ciudadana en el año 2017 con nuestra candidatura al Senado”, prosiguió. Es decir, Alberto es un gerente que dilapida el capital político que le encargaron administrar. “Leo un graph: ‘Alberto jaqueado por Cristina’. No… no soy yo. Por más que intenten ocultarlo, es el resultado de la elección y la realidad”. Léase: “Lanceros, a él”.
“Al día siguiente de semejante catástrofe política, uno escuchaba a algunos funcionarios y parecía que en este país no había pasado nada, fingiendo normalidad y, sobre todo, atornillándose a los sillones”. Y como pasó en la carta de 2020, la carta de 2021 eyectó ministros por los aires.
“¿En serio creen que no es necesario, después de semejante derrota, presentar públicamente las renuncias y que se sepa la actitud de los funcionarios y funcionarias de facilitarle al Presidente la reorganización de su gobierno?”. Justamente, hubo una segunda constante entre las consecuencias de la carta de un año y la del otro: ninguno de los funcionarios cristinistas que presentó la renuncia el miércoles 15 (y fueron una docena los que amagaron con vaciar el Ejecutivo) se marchó. Los albertistas, que eran los supuestos atornillados, volaron por los aires.
Para entonces, Cristina ya no pregonaba la autonomía presidencial. “Cuando tomé la decisión, y lo hago en la primera persona del singular porque fue realmente así, de proponer a Alberto Fernández como candidato a Presidente de todos los argentinos y las argentinas, lo hice con la convicción de que era lo mejor”, remarcó. La dos veces Presidenta argentina se reescribe a sí misma: lo de que Alberto no era un “presidente títere” era un ironía tan fina…
Eso sí: hubo cuestionamientos de 2020 que ya no estuvieron en 2021. En primer lugar, ya no hubo capítulo judicial. El año pasado, Cristina había escrito: “Eso de que ‘sólo quiere solucionar sus problemas judiciales’, a esta altura ya resulta inaceptable. Lo único que queremos es el correcto funcionamiento de las instituciones y que se garantice la aplicación de la Constitución Nacional y la ley a todos y todas por igual, sin doble vara ni privilegios”.
El Gobierno actual armó una comisión de reforma judicial conformada por Alberto Beraldi, abogado de la Vicepresidenta, que recomendó multiplicar el número de jueces de Cómodoro Py, una maniobra de licuamiento de los juzgados actuales, y una ventana de oportunidad para llenar de amigos subrogantes los nuevos despachos.
Ya cerraron la causa “Dólar Futuro” y, hace unos pocos días, nada menos que la causa por el secretísimo Memorándum de Entendimiento con Irán, un traje a medida para los acusados de ser autores intelectuales del peor ataque terrorista de la historia contra la Argentina a través de la voladura de la AMIA, que fue declarado inconstitucional por la justicia argentina y sólo sirvió para prolongar la impunidad. La ex jefa de Estado se defendió en una inédita audiencia preliminar, donde expuso lo que en realidad debió ser parte de su declaración en el contexto de un juicio oral. Pero nunca se llegó a ello.
Ayer, Mauricio Macri se presentó a prestar declaración indagatoria en los Tribunales Federales de Dolores, citado a dos semanas de los comicios, en un proceso tan vergonzosamente montado con fines políticos que el juez, por un error por el que hubiera sido aplazado en un trabajo práctico de Derecho Procesal Penal, se “olvidó” de solicitar que al ex Presidente lo relevaran del secreto de asuntos de inteligencia para responder -nada menos- en una causa por asuntos de inteligencia: el supuesto espionaje a familiares de los marinos muertos en la tragedia del ARA San Juan.
Ahora, se ve, ya hay un correcto funcionamiento de las instituciones…
En segundo lugar, justamente esta semana, Fernanda Raverta (una de las renunciantes de septiembre que nunca se fue), desistió como titular de la Anses de la apelación que en febrero había presentado esa organismo contra el fallo que le restituye a la Vicepresidenta el cobro de dos pensiones presidenciales (la suya y la de su difunto esposo). Son $ 2,5 millones mensuales que se han vuelto a pagar desde abril. Más un retroactivo por $ 120 millones, porque no gozó de la doble pensión durante la gestión anterior. La jubilación mínima es de $ 25.000. Una mensualidad de la representante del pueblo son 100 haberes previsionales de los abuelos del pueblo que menos ganan.
En “Como siempre… sinceramente” ya no hay reclamos contra miembros del Estado que no cumplen sus funciones. Es lógico: se torna complicado escribir en una carta que hay funcionarios que funcionan cuando no funcionan. Y ni hablar de poner por escrito que el cuestionamiento contra la “doble vara” es, lógicamente, doblemente variable.
Menos mal que toda la culpa es de Alberto, compañeros… Es palabra de Ella.








