
A menudo recorre mi barrio un joven discapacitado juntando las botellas plásticas y de vidrio que encuentra tiradas en las calles o en las veredas. Hace unos días, estaba sentado en mi vereda tomando soda en un vaso. Me hallaba solo y había puesto una mesa chica a mi lado. En esos momentos, llegó el muchacho abrazando varias botellas y las puso en mi mesa, a fin de acomodar lo que llevaba. Me saludó amablemente y luego de responderle el saludo, le pregunté su nombre y por qué hace ese trabajo. Su nombre me lo reservo, pero me dijo: “Para limpiar un poco las calles y las veredas de la ciudad. Le hacemos mucho daño a nuestro planeta”. “¿Y qué hacés después con estas cosas?”, insistí. “Las llevo a reciclar”, me dijo. Acomodó su carga, que era pequeña, y se marchó. Y me dejó una pesada carga para reflexionar al marcharse. Pensé: ¿cómo puede ser que este muchacho discapacitado se preocupe tanto por el cuidado del planeta? ¿Sabrá que con su acción no sólo cuida del planeta, sino también de todos los que lo habitamos? ¿Qué diría otra persona al escucharlo? Seguramente dirá: “está loco este chico si piensa que juntando de 5 a 10 botellas en cada vuelta por el barrio logrará limpiar el planeta”. Una vez, me preguntaron para qué enviaba tantas cartas de lectores a LA GACETA, y me advirtieron que si pensaba salvar al mundo con mis cartas, evidentemente no me había enterado de que el mundo ya fue salvado por Jesucristo. Como en aquella oportunidad, ahora, luego de ver al muchacho hacer su generoso y desinteresado trabajo, recordé una frase que leí en mi juventud. La misma decía: “Una gota no afecta a la piedra cuando cae, en cambio, si la gota cae constantemente acaba agujereándola”. Sería bueno compartir la inquietud de este joven por el cuidado del planeta que habitamos, simplemente, no arrojando residuos en la vía pública.
Daniel E. Chavez
Pasaje Benjamín Paz 308
San Miguel de Tucumán







