No hay respeto por el otro; ni entre los dirigentes, ni hacia el elector. En los últimos tiempos, las campañas electorales se caracterizaron más por la descalificación, las chicanas y los golpes bajos y en todas las plataformas, desde las tradicionales hasta las digitales. La sociedad se apresta a concurrir a las urnas en unas atípicas Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), no sólo por los efectos de la pandemia de la Covid-19, sino también por la desesperación de los políticos -de todos los sectores, sin exclusión alguna- de mantenerse dentro del tablero del poder, en la marquesina de dirigentes que intentan eternizarse y que no dan paso a las ideas. Todos pelean por lo que se viene pasado mañana, no mañana. Todos señalan que representan el futuro y que son el cambio. Pocos son los que han mostrado, fehacientemente, cuáles serán sus proyectos si llegan al Congreso a través de la voluntad popular. Argumentarán que eso no es necesario en esta etapa, porque la pelea de fondo será el 14 de noviembre, no este domingo.
Nada asegura que eso sea la realidad. Este domingo habrá varios dirigentes que quedarán en el camino y, tal vez, aquello de que “el que gana conduce y el que pierde acompaña” no se concrete. Por estas horas hay preocupación en todos los búnkers acerca de cómo encarar el día del comicio. La organización es muy costosa. Carísima. Millonaria. El objetivo es llegar a posicionarse porque las PASO no solo definirán candidaturas; también lealtades, traiciones y buena parte de los planes políticos para 2023. Alguien dijo que “mientras algunos ponen el cuerpo para llegar al objetivo, otros ponen la plata”.
La política pasa la gorra. La dirigencia se mira a los bolsillos y no hay fondos para encarar una titánica campaña. No es como las provinciales, en las que, en muchos casos, se pone en juego la continuidad de los proyectos personales o familiares; pero en algunos casos se parece. La capacidad de movilización marcará el ritmo de los aparatos electorales. En algunos municipios ya se pueden observar el sentido de pertenencia de algunos vehículos que el domingo serán utilizados para trasladar electores. En la mayoría de los casos, son como esas estaciones de servicio de bandera blanca que no se comprometen con una marca determinada, pero están a disposición de todos. Pasa lo mismo con referentes de la política y del sindicalismo. ¿Quién asegura que aquel que estuvo almorzando con uno no termine cenando con el otro?
Siete de cada 10 argentinos señalan que las campañas electorales no les hablan a ellos y seis de cada 10 consideran que esas campañas no les generan nada. La grieta sigue presente en la Argentina en general y en Tucumán en particular. Aquel diagnóstico de la consultora en Comunicación Política Zuban Córdoba y Asociados muestra que el futuro no tiene contenido y que el cambio es sólo una expresión de deseo. El desinterés es transversal hacia todas las fuerzas electorales en pugna. No hay amor; sólo intereses electorales. La descalificación ha sido moneda corriente en este tiempo proselitista. Nada garantiza que la situación cambie hasta el 14 de noviembre, cuando las alianzas jueguen por las bancas en el Congreso de la Nación.
La sociedad desconfía de la política. Pocas veces antes se ha visto tanta cantidad de dirigentes caminando por barrios, pueblos, localidades, municipios y comunas con tanta asiduidad como se ha observado en las últimas semanas. La dirigencia y los candidatos deberán tomar nota de todo lo que está pasando. Los discursos de campaña sólo han servido para descalificar al otro. Las redes sociales los potencian. Las encuestas no dan garantías del resultado final. La dispersión del voto es una constante. La indiferencia se ha convertido en otro rival electoral.
Los problemas cotidianos siguen sin ser resueltos. La inflación dejó de ser un fantasma y se ha convertido en un monstruo que se devora el poder adquisitivo de la sociedad. No hay recetas que aseguren un proceso desinflacionario constante. Todo parece estar artificialmente atado hasta el 15 de noviembre, cuando pase el turno electoral. La inseguridad sigue acechando a la sociedad. La recuperación de la actividad económica será lenta, pero dependerá de la conducta del Gobierno y de las herramientas que puedan aportar los parlamentarios de ahora y de mañana. Sin crecimiento es difícil que se reduzcan los elevados niveles de pobreza, mucho menos que se generen puestos laborales que permitan el ascenso social a miles de familias que han recibido un duro golpe con la pandemia de la Covid-19. No hay plan económico consistente que lleve a los inversores a arriesgar sus capitales. En el medio la pandemia, que aún no ha encontrado la luz al final del túnel y en la que, día tras día, van surgiendo nuevas variantes.
La política necesita reconciliarse con la sociedad; precisa poner en órbita la agenda que los argentinos vienen señalando para salir de la sensación de frustración permanente, de esa mecánica de estar frente a un camino empinado que no lleva a ningún lado.
La política debe cambiar el discurso. Debe dejar atrás las chicanas, de tratarse como payasos, cuando los ciudadanos hacen malabarismos para llegar a fines de mes o evitar grandes endeudamientos.
La política debe preparar a más domadores de situaciones adversas que estar generando, permanentemente trapecistas que cambian saltan de un lado para el otro. Ese puede ser el punto de partida para decir adiós a este verdadero circo electoral.








