FRANCISCANO. La humildad caracterizaba a fray Esquiú.

En la vida de fray Mamerto Esquiú hay un punto que roza la historia de la niña tucumana, cuya curación inexplicable se adjudica a la intervención del futuro beato. Como esta pequeña, también el sacerdote catamarqueño sufría una enfermedad que apareció poco tiempo después de su nacimiento, ocurrido en San José de Piedra Blanca, a 13 kilómetros de San Fernando del Valle de Catamarca. Esta dolencia tenía muy preocupada a su madre, que invocó a San Francisco y le prometió que si su hijo se curaba ella le pondría el hábito franciscano. A los cinco años, la edad que hoy tiene la niña, Mamerto se curó y vistió el hábito marrón desde ese día hasta su muerte.
Se llamaba Mamerto porque nació el día de San Mamerto, el 11 de mayo de 1826. Su madre, María de las Nieves Medina, había pedido al padre franciscano que bautizó a su hijo un hábito viejo para confeccionarle el vestido de frailecito. Así iba a la escuela, jugaba con sus amigos y pasó toda su adolescencia. “Soy tal vez el único mortal que no ha llevado sobre sus carnes otra vestimenta que el hábito de San Francisco. Lo he llevado toda mi vida y espero ha de ser la última mortaja que cubra mis despojos, después de mi muerte”, decía ya siendo obispo de Córdoba.
A los 15 años, ingresó al convento San Francisco, pero para entonces su madre ya había fallecido. A las 17 concluyó Teología pero debió esperar cinco años después de terminar sus estudios porque todavía no tenía edad para ejercer el sacerdocio. Mientras tanto se dedicó a enseñar como maestro de escuela y antes de cumplir los 20 años fue profesor de filosofía. Se ordenó el 18 de octubre de 1848.
La humildad era una característica muy marcada de su personalidad. Hizo todo lo posible para no ser elegido obispo. En febrero de 1862 se fue a misionar Bolivia y luego a Tierra Santa pero en 1878 le ordenaron regresar porque había sido designado obispo de Córdoba. Como era un pedido del gobierno argentino al Papa él al principio se negó pero después se le aclaró que era el propio Papa el que se lo ordenaba, y debió volver a la Argentina. Nunca había dejado de vestir el hábito franciscano.
Siempre estaba rodeado de personas pobres y nunca asistía a reuniones sociales. En Catamarca y La Rioja rechazó un coche especial que le ofreció el ferrocarril y viajó en segunda clase. El 10 de enero de 1883 llegó a la posta del Pozo del Suncho, donde lo esperaba mucha gente. Alcanzó a bendecirla antes de descomponerse y falleció a las tres de la tarde. Tenía 56 años. A pedido del presidente Julio A. Roca se hizo una autopsia porque se sospechaba de un envenenamiento por las críticas de Esquiú a la masonería. Los médicos hallaron una estrangulación de intestinos, que podría haber provocado una crisis, pero no había rastros de veneno. Lo que sorprendió fue un corazón en excelente estado, y se decidió conservarlo.
El corazón fue robado dos veces, y la última vez, en 2008, se perdió para siempre. En el convento de San Francisco se conservan otras reliquias incorruptas como vértebra y una falange. Tucumán también tendrá la suya, según lo anunció el arzobispo.







