En 1998, en un artículo para el diario La Nación, el notable Tomás Eloy Martínez evocó tres tesis sobre la huella que la humanidad imprime en el tiempo. Por un lado, rescató la del filósofo Giambattista Vico, quien esgrimió en el siglo XVIII la noción de que la historia se constriñe a una repetición irremediable de secuencias. Por otro lado, expuso la del matemático Rudolf Clausius, quien el siglo XIX postuló que la historia no era más que una degradación del tiempo: una entropía de la entropía. Finalmente, recordó que en ese siglo XX que languidecía, el físico Illya Prigogyne (visitó Tucumán a principios de aquella década) nadó contra ambas corrientes y planteó que la historia está compuesta de rupturas imprevisibles en la continuidad del tiempo. De causalidades que se hacen pedazos.
En el siglo XXI, y ayer nomás para más datos, el mayor escritor que dio esta provincia en la última centuria (alternativamente recibió la dignidad de Doctor Honoris Causa por la UNT y el título de “ex tucumano” por el alperovichismo) hubiera comprobado, al borde del milagro epistemológico, que esos tres postulados incongruentes se tornan concurrentes en la Argentina. Hasta el punto de alternarse en la más armónica simetría. Y todo por obra del oficialismo nacional.
Ni república ni justicia
Ante el Tribunal Federal número 8, el fiscal Marcelo Colombo ratificó durante la mañana de ayer que debe celebrarse el juicio contra Cristina Fernández de Kirchner por la firma del pacto con Irán en torno del todavía impune atentado contra la Argentina a través de la voladura de la AMIA. La actual vicepresidenta está acusada de incurrir, presuntamente, en el encubrimiento agravado de los autores intelectuales del peor ataque terrorista de la historia de nuestro país por haber suscripto el “Memorándum de Entendimiento” por el cual una “Comisión de la Verdad” que iba a contar con miembros del gobierno iraní iba a esclarecer el horror que segó la vida de 85 compatriotas.
La historia, entonces, se repite. Otra vez un fiscal de la Nación (antes fue Alberto Nisman, quien a las 72 horas apareció muerto en su departamento) sostiene que la mujer con mayor poder público de la Argentina debe sentarse frente a los jueces para exponer sus verdades, pero también para brindar explicaciones. Es decir, una vez más el miembro de un poder del Estado, como es la Justicia, le recuerda a una integrante del poder político que en la república nadie tiene más poder que aquel que la ley le confiere.
Opera, a la vez, la degradación de los tiempos institucionales de este país. El kirchnerismo, nuevamente en la cumbre del poder, reniega de la igualdad ante la ley. Carlos Beraldi, abogado de la presidenta del Senado (e integrante de la comisión designada por el presidente Alberto Fernández para asesorarlo nada menos que la reforma del Poder Judicial), sostiene que debe declararse nula la instrucción de la causa porque -argumenta- se han incurrido en “sesgos de la instrucción”. Esos planteos, advierte el fiscal Colombo, deben resolverse durante el debate, en lugar de ser esgrimidos como razones para frustrarlo.
Concurre, finalmente, la ruptura de las causalidades. El Gobierno argentino respalda la pesquisa que supo liderar Nisman y que en 2006 derivó en la acusación de quiénes fueron los responsables del ataque contra nuestro país. Al mismo tiempo, el mismo Gobierno hace todo lo posible por sepultar la investigación encabezada también por Nisman, en 2015, respecto de quiénes encubrieron tanta muerte. Y entre esos acusados, junto con la ex mandataria, se encuentran el procurador del Tesoro, Carlos Zannini; el ministro de Desarrollo de la comunidad bonaerense, Andrés Larroque; el senador Oscar Parrilli y el viceministro de Justicia de la Nación, Juan Martín Mena.
Ni igualdad ni limitación
El juez Sebastián Casanello, ayer también, se declaró “incompetente” para entender en la causa por el festejo en la quinta presidencial de Olivos del cumpleaños de la primera dama, Fabiola Yáñez, el 14 de julio de 2020, cuando en el área metropolitana de Buenos Aires (AMBA) tenía plena vigencia el DNU dictado por el primer mandatario estableciendo el aislamiento social preventivo y obligatorio, que prohibía las reuniones sociales, entre otras restricciones propias de la cuarentena dura.
La novedad judicial expone cómo la historia -pareciera irremediable- se reitera: el oficialismo nacional no quiere igualdad ante la ley. Las normas son para el pueblo, no para sus representantes. Para el que quisiera acompañar a un enfermo de covid, prohibición. Para el que quisiera despedir a sus muertos, imposibilidad. Para el que no tuviera permiso de tránsito, causa penal y multa por pisar la vereda. Para el Presidente y su mujer del presidente, fiesta.
La degradación del tiempo institucional es palmaria. El Presidente amenazaba en público con imputar delitos del Código Penal a quien hiciera lo que él personalmente hacía. El Gobierno se ha quedado sin palabra. El poder ha perdido autoridad.
Finalmente, la ruptura de las causalidades se torna perturbadora. Thomas Hobbes y John Locke compartían una visión elitista de la sociedad: sus obras son del siglo XVII. Pero el primero, nacido en 1588, sostenía que el poder del gobernante debía ser absoluto e irrestricto; mientras que el segundo, nacido en 1632, sostenía que la autoridad del poder político tenía que ser limitada a través del derecho. Para uno, la ley rige sólo para los gobernados, pero no para los gobernantes. Para el otro, aún la máxima autoridad está sujeta a las normas. El devenir de la historia, que venía de las ideas de Hobbes, tenderá hacia los postulados de Locke. La Revolución Francesa de 1789 se fundará en la libertad, en la igualdad y en la delimitación del poder público por medio de Constituciones. De manera concomitante, Inmanuel Kant, ese filósofo enorme que teorizó el Estado de Derecho, dejaba una enseñanza monumental: la libertad es la obediencia a las leyes.
Pero la Argentina donde la historia se repite y el tiempo se degrada y las causalidades estallan, el tiempo corre hacia atrás. Aquí, el futuro va hacia el pasado. Y esa, por desgracia, no es una novela de Tomás Eloy.








