Raúl Ferrazano fue implacable. “Los funcionarios públicos debemos tener una conducta ejemplar, no sólo en nuestros trabajos sino en la vida pública y el doctor (Orlando) Stoyanoff no guardó la debida conducta y el debido respeto a la sociedad que todos los servidores públicos debemos tener”.
De esta manera se abrió el juicio político al magistrado que tuvo un episodio violento en la vía pública.
Ferrazano es la cabeza de una de las principales estructuras de la Legislatura. La comisión de Juicio Político tiene la trascendental tarea de evaluar las conductas y la ética de los hombres públicos.
Es la misma comisión (aunque con otra conformación) que consideró que la mentira de un vocal de la Corte Suprema de Justicia no está reñida con la ética. Es la misma que planteó que aquel hombre no había hecho lo que grabaciones decían que sí había hecho. Es la misma que en lugar de aplicar la misma vara -y dar confianza a la sociedad- eligió decirle a la sociedad que la ética, las reglas y la conducta de los funcionarios públicos dependen del afecto que los legisladores tienen hacia el sujeto juzgado antes que a cualquier otra cosa.
Todo eso ocurrió cuando el vocal de la Corte Suprema Daniel Leiva pidió a un magistrado que actúe de determinada manera en una causa, justificó ese pedido escudándose en el gobernador y en el vicegobernador y finalmente, cuando se escuchó su voz en una grabación, negó lo que era innegable. Nada de esto constituyó una inconducta para los legisladores.
Si se siguieran a rajatablas las palabras que eligió Ferrazano para explicar la decisión de la comisión cuya composición se vota en el Recinto (aunque en los hechos el presidente de la Cámara hizo alterar cuando se divorció políticamente del gobernador), los propios integrantes de ese cuerpo estarían en problemas por no actuar “con el debido respeto a la sociedad que todos los servidores públicos debemos tener”.
La foto que mira
Hay un momento excepcional que enaltece y emociona hasta las lágrimas. Ese es el instante en el que cada funcionario dice “Sí, juro”. Ese segundo congela el compromiso del funcionario con la sociedad. Suele quedar inmortalizado por una fotografía que, a menudo, pasa a ser atesorada en un marco. Y así se convierte en un cuadro que es mirado, pero que también mira al protagonista, escrutando -y a veces responsabilizando y recordando- el compromiso asumido ante la sociedad.
A juzgar por muchos procederes, una vez que el juramento se convierte en cuadro, pierde su valor fundacional y -por consiguiente- de inmediato las instituciones se adaptan, cual amebas, a cada situación política y a las relaciones de fuerzas imperantes. De esa manera, terminan juzgándose de diferente forma cada episodio, como si la conducta o la ética fueran masa informe que se adecua a los moldes de turno. Sin dudas, el juez Stoyanoff actuó tal y como un magistrado no debiera hacerlo y su conducta mereció una sanción. Sin embargo, su pecado es carecer de un padrino político. Algo que al vocal Leiva no le faltó, precisamente.
A quien le sobraban padrinos políticos era al juez Francisco Pisa, quien antes que “su señoría” era “Pancho”. Hoy, corre el riesgo de ser destituido. Ilusos aquellos que sueñan con que al final del túnel se asoma una lucecita que es la de la Justicia, divina o racional, en la que finalmente la verdad y ecuanimidad se han impuesto. Sin embargo, no se puede soslayar que Pisa sobrevivió mientras la alianza entre Juan Manzur y Osvaldo Jaldo duró.
El dedo poderoso
Hay un hombre cercano a la intervención federal que encabezó Julio César Aráoz, y a Ramón Ortega, y a Julio Miranda, y a José Alperovich y a Juan Manzur, que siempre fue el resguardo de los magistrados caídos en desgracia. Su poder ha sido tal que muchas veces su pulgar hacia arriba -o hacia abajo- era más decisivo que los votos de la comisión de Juicio Político. ¿De qué lado estará el ahora ministro fiscal Edmundo Jiménez? ¿Del lado de Jaldo o de Manzur? Después de algunos favores a encumbrados funcionarios del Ejecutivo, ¿la intermediación de Jiménez no ocurrió; o no habría sido lo suficientemente potente como para convencer a Jaldo, en cuya mano están las decisiones de la comisión de Juicio Político?
Así como no se puede desconocer que Pisa jugó, oportunamente, un rol clave en la defensa judicial del sistema político imperante (alperovichista o manzurista) tampoco se puede evitar razonar que la Legislatura le está haciendo pagar ese costo por el enojo del vicegobernador con el titular del Poder Ejecutivo.
Mano a mano
Pisa, no debe haber desconocido todos estos tejes y manejes. Por eso siempre se mantuvo en silencio, esperando la reciprocidad por los favores realizados.
Nada debo agradecerte, mano a mano hemos quedado / no me importa lo que ha hecho, lo que hacés ni lo que harás; / los favores recibidos creo habértelos pagado / y si alguna deuda chica sin querer se había olvidado / en la cuenta del otario que tenés se la cargás.
Los versos de Carlos Gardel podrían ser la respuesta que ha elegido el poder político. Por eso Pisa, que de otario no tiene nada, ha hecho que sus abogados, Ernesto Baaclini y Camilo Atim Antoni, responsabilicecn al Ministerio Público Fiscal que conduce Jiménez por las cuestiones que le achacan al magistrado respecto del caso que terminó con la muerte de Paola Tacacho.
En los corrillos políticos los señalamientos de los letrados son interpretados como un claro mensaje de Pisa, que puede sentir que Jiménez le podría haber soltado la mano. Y, en ese caso, Pisa que tanto calló, ahora parece más decidido -hasta enojado- a hablar. En la Legislatura ven que el ministro fiscal está más cerca de Manzur que de Jaldo y eso podría hacer que “Pirincho” pierda algunas espadas.
También Pisa (ya no sus abogados) se preocupó por señalar que los hechos publicados por LA GACETA sobre sus intervenciones eran un historia equivocada y responsabilizó al diario. El magistrado, cada vez que LA GACETA le pidió que respondiera o que opinara para que se pudiera conocer su versión, se llamó a silencio. Siempre. En esa salida autoexculpatoria, Pisa sugiere un “asedio” mediático y trata de hacer aparecer que detrás de las publicaciones hay un interés determinado. Aún más, ¿intentaría hacer aparecer que LA GACETA busca perjudicar al poder al contar los hechos que los diferentes actuantes han ido expresando? Un recurso baladí del juez que ha quedado encerrado en su laberinto de intereses.
Tragicomedia
Ahora el magistrado se ha convertido en un protagonista más de esta “tragicomedia”, en la que sale a la luz un verdadero festival de traiciones y de verdades escondidas. Ello dificulta ver con transparencia las conductas de todos los actores que han salido a escena. Esa obra deja al público en un estado de indefensión al ver que las instituciones y los poderes están más ajustados a las pasiones que a los valores que la cimentan.
Sin palabras
No hace muchos siglos la humanidad comenzó a desconfiar de la palabra de sus congéneres y se empezaron a sellar contratos y a pedir que otros dieran fe de sus propias voces. Las palabras se fueron devaluando como si se tratara del Peso argentino. Hasta los enamorados inventaron artilugios y cuando un miembro de la pareja decía “Te amo”, el otro para asumir tamaña declaración, terminaba escapando con un simplísimo y desvalorizado “yo también”. Muchos dirigentes de la política encontraron esos artilugios un verdadero arte para zafar.
El poder de la verdad depende del experto que la expresa. En ese marco, los políticos marchan al final de la tabla. Por eso la palabra de Diego Maradona a veces podía parecer más certera. Inclusive, cuando estaba embebida en alcohol. Y cuando él hablaba de fútbol, nadie podía discutirle. Pero en el ámbito político la palabra se ha diluido juntos con sus emisores. Es lo que ocurre con el mismísimo presidente de la Nación, cuyas argumentaciones, o los hechos que produce, van perdiendo hasta la lógica. Así, el poder y los dirigentes van perdiendo su potencial. Y con ellos arrastran a las instituciones.
En medio de este maremágnum, durante esta semana que no volverá a ocurrir nunca más, se desarrolló un debate televisivo en los estudios de LA GACETA. Y, como otras veces, volvió a advertirse sobre cómo la droga y sus principales actores interactúan con la política como grandes amigos.
La mezcla de intereses de la Justicia y del poder político explica por qué ninguno de sus integrantes reacciona al escuchar esas advertencias. Justifican su parálisis en la pérdida de identidad de las palabras y no en su complicidad, en su incapacidad o en sus temores.








