Aldabonazo a una conciencia colectiva extraviada

Por José Roberto Toledo - Abogado - Director de la UNT en YMAD

29 Agosto 2021

Un “aldabonazo” es una conmoción que produce -o pretende producir- un sacudón. Resulta imprescindible que un inédito aldabonazo sacuda la modorra, amengüe la cobardía indiferente y potencie la construcción de un futuro sobre la base de las ideas y de un debate cínicamente postergado.

Primero, una cuestión básica: para distribuir, primero hay que producir. Es una perversión hacer creer que hay una forma distinta de distribuir riqueza si antes no se la genera. El Estado debe crear las condiciones para que los particulares generen riqueza y reservarse para sí el papel imprescindible de árbitro y garante de la equidad.

En segundo término, no puede haber una ética de la equidad si no hay una ética de la probidad. Sin funcionarios honestos, todo se asemeja a una hipocresía.

En tercera instancia, no se pueden conseguir resultados distintos con las mismas recetas que han generado decadencia. No podemos aceptar que se haya hecho de la pobreza y la intencionada falta de educación una política de Estado; ni que se consienta un proceso deliberado de destrucción institucional.

En el plano humano, la pandemia volvió a instalar en nuestra cotidianidad el absoluto de la muerte. Reavivó miedos, y también meditaciones, respecto de ese límite que pone fin a lo que somos y a lo que proyectamos. También debiéramos trasladar esos temores y esas reflexiones al plano institucional. Porque también hay un virus que no respeta clases, honor ni propiedad y aparece como el verdugo de nuestro existir en una democracia sana, vigorosa y limitante del poder estatal.

¿No es triste considerar, parafraseando a Benito Pérez Galdos, que sólo la desgracia hace a los hombres hermanos? En un punto, la existencia personal no puede disociarse de nuestra existencia en comunidad. Preguntarnos qué hemos hechos y qué queremos es, a la vez, interrogarnos en lo personal y en lo social. ¿Qué tan lejos estamos de colocar la libertad, la solidaridad y la decencia como propósitos para un mundo mejor. No es posible un mundo justo, aceptaba Albert Camus, pero es imprescindible -completa Santiago Kovadloff- luchar por un mundo que combate la injusticia.

¿No será la oportunidad de trascender la práctica política del obsceno aprovechamiento personal?

La libertad implica rebelarse contra la sumisión. Dejar de aceptar como dogma que parte de la clase política se haya constituido en una casta privilegiada que tiene las potestades de enriquecerse, perpetuarse, poner al Estado y a sus ciudadanos a su servicio y ni siquiera rendir cuentas.

La solidaridad es rebelarse contra el individualismo y el egoísmo. Ellos son el principal motivo de la degradación creciente y el deterioro ostensible como nación. Ya decía Aristóteles en el siglo IV a.C.: ningún ciudadano se pertenece a sí mismo, sino todos a la ciudad, pues cada uno es parte de ella.

La decencia, además de vivir ajustados a la moral y la ética, también demanda comprometerse con los demás. Y esto demanda rebelarse contra la ignorancia cívica. No hay decencia colectiva en la indiferencia frente a los paradigmas políticos de la anomia. Y el camino hacia un poder público que no hace cumplir las leyes comienza por dejar de instruir al pueblo sobre los derechos y los deberes.

Cuando hay libertad, solidaridad y decencia como valores no sólo individuales sino también como baluartes colectivos, cesa el imperio del cortoplacismo, termina la tiranía de la superficialidad y se extingue el reinado del relativismo.

“Los pueblos se levantarán tan sólo cuando tomen conciencia plena de la profundidad de su caída”, sostuvo Edgar Quinet. Si en campaña no se discuten estas cuestiones, nos cabe a los tucumanos dar ese debate. Y darnos, a nosotros mismos y a nuestras conciencias, un aldabonazo de ciudadanía.

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