Si el orden conservador se hubiera extendido en la Argentina a nadie habría sorprendido que Ernesto Padilla alcanzara la Presidencia de la Nación. La Ley Sáenz Peña cambió la historia -de hecho, Padilla era Gobernador de Tucumán cuando se promulgó- y dejó estas elucubraciones en el irresistible terreno de lo contrafáctico. Padilla presidente de esa Argentina construida por la Generación del 80 se caía de maduro. Pero no fue ni tarde ni temprano; sencillamente no era su destino porque el país tomó otro rumbo. El juego sirve para dimensionar la estatura de Padilla y su peso en aquellas fundacionales primeras décadas del siglo XX.
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Tampoco es caprichosa la referencia a Padilla, de cuya muerte se cumplieron 70 años el lunes pasado. Durante muchísimo tiempo, cada 23 de agosto los homenajes a Padilla se multiplicaban, casi siempre impulsados por la UNT, el Poder Ejecutivo o el Colegio de Abogados. La práctica fue cayendo en desuso, no sólo en el caso de Padilla, sino en el de todas las personalidades merecedoras de alguna clase de elogioso recuerdo (a excepción de los intocables San Martín y Belgrano, padres de la Patria hasta nuevo aviso). Tal vez en el caso de Padilla moleste su innegable y poderosa pertenencia a las elites intelectuales y económicas que gobernaban Tucumán con la forma del Partido Liberal. O tal vez la explicación sea más sencilla: la presunción de que a muy pocos les interesan estas cuestiones y, a fin de cuentas, terminan siendo una pérdida de tiempo.
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Hay historias que comienzan por el final y esta es una de ellas. 48 horas antes de su muerte Padilla visitaba Tucumán, un esfuerzo que para el deterioro que ya sufría su físico de 78 años resultó insuperable. Pero a pesar de los achaques y de que estaba prácticamente ciego, Padilla no quiso faltar a la misa oficiada en La Merced al cumplirse el centenario de su suegro, Santiago Salvatierra. Al trajín del tren, Padilla le agregó una agenda de lo más activa y hasta regresó a la casa del Obispo Colombres, en el parque 9 de Julio, esa que él había recuperado 35 años atrás. El 21 de agosto volvió a subir al tren y la madrugada del 23 falleció en su casa de la porteñísima avenida Santa Fe. Murió mientras dormía, con un rosario anudado entre los dedos. Tan profunda era su fe católica que lo velaron enfundado en un hábito franciscano. Pocos días después ya había dejado Buenos Aires y descansaba en el Cementerio del Oeste.
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Es curiosa la circunstancia -y lo dice todo de Padilla- de que siendo un reconocido devoto cristiano haya omitido toda referencia religiosa en uno de sus discursos más famosos. Lo pronunció en la Cámara de Diputados de la Nación en 1902, cuando se discutía una Ley de Divorcio a la que Padilla se oponía. En esa batalla dialéctica entre liberales a Padilla le tocó rebatir los argumentos de Carlos Olivera, impulsor del proyecto respaldado por el presidente Julio Argentino Roca. Fue una clase de oratoria en la que Padilla imbricó lo indisoluble del matrimonio con una serie de conceptos -nación, territorio, tradición, historia- basales para ese país tan joven que ni siquiera había llegado al primer Centenario. Por apenas dos votos (50 a 48) los diputados rechazaron el proyecto. La derrota no le impidió a Roca un gesto de grandeza: colocó a Padilla a la altura de José Manuel Estrada.
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A quienes visitan Humahuaca -para ser precisos, a los más observadores- les llama la atención el busto de Padilla emplazado en el centro de la ciudad (foto). Se explica a partir del amor (“embrujamiento”, lo llamó Carlos Páez de la Torre -h-) que Padilla profesaba por Jujuy y, en particular, por la Puna. Tan profundo era que durante su actuación legislativa nacional en la década del 20 impulsó numerosos proyectos beneficiosos para la región, empezando por la usina hidroeléctrica en la Garganta del Diablo. Padilla veraneaba en Maimará y aprovechaba para recorrer los rincones de la Quebrada. Al regreso de cada excursión llevaba anotados los pedidos y necesidades de los vecinos, especialmente de los más pobres. Agradecidos, los jujeños lo invitaron a recibir el cargo de “gobernador honoris causa”.
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Figuras destacadas en el devenir tucumano asoman varias; pero los estadistas son otra cosa. A Padilla, que gobernó, legisló y pensó con los pies en la Tierra, la mirada en las estrellas y el porvenir como bandera, el traje de estadista le queda pintado. Y no hubo muchos estadistas en 200 años de historia tucumana. Como a todo estadista le caben críticas, la mayoría focalizadas en su alineamiento con los intereses de la clase empresaria, propios de su extracción social, de su anclaje familiar y de las relaciones que tejió con la flor y nata del liberalismo argentino. También el hecho de haber sido funcionario de la dictadura de José Félix Uriburu tras el golpe militar de 1930 (ministro de Justicia e Instrucción Pública, además de un brevísimo paso por la Intendencia porteña). Es una mirada real de Padilla, pero a la vez parcial e injusta. Su obra de gobierno (1913-1917) es tan vasta como su legado social, cultural y filosófico, objeto de numerosos libros, tesis, análisis, artículos y revisiones. Ese Padilla-estadista al que Tucumán logró sacarle el jugo parece difuminarse a medida que pasan las décadas y van perdiéndose las referencias. En Padilla la honestidad, la ética y la modestia no eran el fin, sino el principio, la esencia de su personalidad, pero no las herramientas de la gestión. Para eso le sobraban iniciativas y, sobre todo, ideas.
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Porque entre lo mucho que enseña Padilla aparece la recomendación de eludir la trampa del “honestismo” (concepto acuñado por Martín Caparrós). No es suficiente con ser honesto para gobernar, para legislar o para juzgar. Al contrario; la honestidad es un atributo que ni siquiera debería discutirse, mucho menos tratándose de la función pública. No sólo es una cuestión de honestidad -implícita en quien aspira a un cargo- sino, principalmente, de capacidad.
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El voto secreto y obligatorio amparado por la Ley Sáenz Peña modificó el rumbo político nacional. La Unión Cívica Radical y su raigambre popular coparon un tablero en el que ya no podían sostenerse las elecciones fraudulentas. Dos veces intentó Padilla volver a ser gobernador de la provincia y dos veces fue vencido por los candidatos radicales: por Octaviano Vera en 1921 y por Miguel Campero -otro de nuestros contados estadistas- en 1924. Aún así consiguió el apoyo suficiente para regresar al Congreso y para seguir pugnando por mejorar la calidad de vida de los tucumanos. En ese sentido, la democratización del acceso al agua potable y a la energía eléctrica fueron dos objetivos que nunca dejó de perseguir. En esa columna, a la misma altura, se inscribió otra de sus obsesiones: la educación.
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Los escritos de Padilla, su correspondencia, sus discursos, exponen su capacidad para tomarse las cosas con humor -lo que explica en buena medida su longevidad-, su pasión por el folklore y por las tradiciones del Noroeste, los estudios teológicos y ese costado de naturalista que lo emparienta con el legado de Miguel Lillo. Todo a la par de su gestión de Gobierno, de la actuación legislativa, de la minuciosa urdimbre política y del cultivo de una rica vida familiar. Muchos frentes abiertos en ese viaje del abogado recibido con medalla de oro que junto a Juan B. Terán plasmaron el sueño de una universidad tucumana. Estadista, sabio, erudito. ¿No correspondía, a 70 años de su muerte, otra clase de reconocimiento?
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Por esas cosas tan particulares de nuestra historia, a quien pudo haber sido un Presidente representante de la más clásica Argentina liberal, le tocó fallecer en pleno primer peronismo, cuando -según definió Félix Luna- “el país era una fiesta”. Los hechos y lo contrafáctico suelen jugar en esta clase de escenarios. Padilla aceptó el rol de actor principal, honró su hora y al momento del adiós, tan caballero, eligió el silencio. Pero que él haya optado por la discreción no quiere decir que hoy condenemos a semejante tucumano a la indiferencia.








