¿Los debates se ganan o se pierden? Hay tantas respuestas a estas preguntas como gotas en el océano. Lo interesante de estas exposiciones es que los que se paran detrás del atril se muestran como pueden, como son, como quisieran ser y como otros les dicen que deben ser.
Encontrar un ganador o un perdedor es parte del reduccionismo vacío en el que suele caer la política. Es comprensible porque la intención última es triunfar. Y en esa bajeza también caen actores de la prensa. Sin embargo, los debates tienen una riqueza mayúscula. Detrás de quienes hablan hay historias, hay miradas, hay gestos. Aparecen la educación, el respeto, la inteligencia, los reflejos, los nervios, la vergüenza y la des-vergüenza, la confianza y la des-confianza y las mesuras y las des-mesuras.
Los participantes se preparan para no tener sorpresas. No quieren que se ponga en juego su tiempo de reacción, algo tan simple que suele desafiar la física. Sin embargo, inesperada e indefectiblemente en algún momento del debate se los ve tal cual son y ahí se notan las diferencias.
Por distintas razones que no vienen al caso en este texto –aunque muchas veces se hayan expuesto sus causas- una importante mayoría de la sociedad termina cayendo –y repitiendo- aquella burda frase de que todos los políticos son iguales. Seguramente, quien así piensa suele hablar del enriquecimiento corto de algunos dirigentes, de la discrecionalidad con que administran el bien común y muchas veces a las mentiras con que disimulan sus incapacidades. No obstante, no son todos iguales, ni piensan lo mismo aunque puedan mimetizarse en sus yerros.
Esta semana en LG Play, el canal televisivo de LA GACETA, se vio a un joven político expresando una palabra que no se había escuchado en un debate. Alejandro Melo, precandidato a diputado nacional por la lista oficialista, desparramó el desusado concepto de que la política está asociada con el amor. Sorprendió. En medio de tantas presiones, agresiones, grietas y violencia, dejó en el estudio una idea distinta a las que se vienen escuchando.
Casi como un acto de intuición se podría leer lo que escribirán debajo de esta nota desprestigiando (por otras cosas y no por esto) a Melo o a quien escribe, sin valorar, además, la posibilidad que tienen de expresar su opinión, algo que podría no hacerse, pero que editorialmente LA GACETA defiende aún a costa de recibir mandobles poco serios.
Pasión colectiva
El martes que viene se cumplirán 78 años de la muerte de Simone Weil. Esta filósofa francesa estaba obsesionada con advertir que un partido político era una máquina de fabricar “pasión colectiva”. No estaba equivocada y tal vez su preocupación por el riesgo que significaba aquella pasión es que hoy los partidos se han desguazado, deviniendo en “espacios”. “El problema es que muchos viven la política como si fuera el fútbol”, explica a Weil el filósofo español Eduardo Infante. “En vez de pensar juntos sobre el bien común, la mayoría vive la política como una lucha en la que se busca derrotar a un adversario. Nos han inculcado que quien opina diferente a mí es mi enemigo. ¿Qué hacen los partido ante eso? Alimentan nuestras más bajas pasiones: el miedo, el odio, la ira”, completa el autor de “Filosofía en la calle”.
Ni Weil ni Infante le están hablando a Melo, quien supo desempolvar un pequeño diamante olvidado como es rescatar un sentimiento positivo del barro en el que se salpica la política. Pero tal vez tanto Weil como Infante estén interpretando lo que se viene viviendo después de que los argentinos constataron que el presidente de la Nación mintió.
La desesperación de vivir la política, justamente, como un barrabrava ha distorsionado bruscamente el hecho. Todos han salido corriendo a disimularlo o a distorsionarlo todo. Una vez más, repasando a Weil interpretada por Infante, la finalidad de un partido político es su crecimiento, sin límite. La verdad, la justicia, el bien público o el amor (al que refiere Melo) no son la prioridad. “Esto significa que se puede usar la mentira y la injusticia por el bien del partido”, olvidando aquellos valores que son los esenciales para para la vida diaria.
Por eso se convierte hasta en una parodia ver a las autoridades principales de nuestro país preocupadas en nimiedades. Con desesperación quieren saber cuántas fotos hay. Quién o quienes sacaron las imágenes de la vergüenza. Cómo explicar. Otros se desesperan por demostrar que en la oposición hubo quienes hicieron lo mismo. Para entender esto no hace falta recurrir a los filósofos, basta con la frase de algún abuelo: “mal de muchos…”
En el mismo lodo
Pero no es un problema del oficialismo que no sabe qué hacer con los desaciertos de Alberto Fernández. Es el desconcierto en el que ha caído la política argentina. Referentes del Frente de Todos y de Juntos por el Cambio salen corriendo en busca de sus gurúes para que hagan rápidas encuestas y les digan cuánto daño puede hacer aquella foto. Y unos se estremecen cuando les dicen que uno de cada cuatro votantes del oficialismo podría cambiar su voto porque se siente ofendido o agredido, mientras otros se sienten felices por la misma razón. Entonces comienzan las estrategias. Los primeros aplican esas raras teorías de “control de daño “para que rápido se olvide; y los segundos tratan de profundizar el tema, estirándolo como chicle para que dure lo más que se pueda.
Esta semana, Victoria Donda vino a Tucumán a hacer fuerza por el manzurismo. La titular del Inadi tenía en agenda hablar sobre inquietudes planteadas por trans y comunidades afroargentinas y se sintió incómoda cuando le preguntaron sobre el tristemente célebre cumpleaños en Olivos. “El presidente ya dio las explicaciones y pidió disculpas”, fue su lacónica respuesta. Cuando en realidad el Presidente y todo su equipo tratan de hablar de la foto del cumpleaños, pero evitan la cuestión ética. Olvidan que ser Presidente es ser el máximo referente del país y eso conlleva la obligación de dar el ejemplo, tal cual se lo recordó el político jubilado uruguayo. “Pepe” Mujica, con su simpleza y sin nombrarlo mucho, desarticuló la coartada de Fernández que consiste en definirse como un hombre común que a veces olvida su rol presidencial.
El daño no controlado
Expresiones como esas, o los desplantes de Cristina, no son simples reacciones de temperamentos diferentes ni de pasiones diferentes a la hora de ver la política. Hay un grave daño a la investidura y el primero en arrojar el bumerán es Alberto Fernández.
Cuando el siglo XXI era apenas una centuria en pañales, Dante Caputo, el ex canciller estrella de Raúl Alfonsín, volvió a su despacho en calle Córdoba espantado. Venía de la Casa Rosada y estaba muy preocupado. Había visto el estado de confusión del entonces presidente de la Nación. La anécdota que comentó fue que Fernando de la Rúa intentaba repetidas veces apagar el televisor con el control remoto del aire acondicionado. Simbolizaba el estado de desborde en el que estaba viviendo aquel mandatario. Tiempo después ocurrió el episodio del programa de Marcelo Tinelli, por donde De la Rúa, un estudioso del Derecho y un político con experiencia, pasaba como un pobre tipo desquiciado. Fernández corre ese riesgo cuando su propio entorno y su equipo siguen mostrando su preocupación por la famosa foto y no por el Presidente y sus obligaciones. Como Tinelli y sus chistes, ya cualquier ciudadano abusa del prestigio y de la investidura presidencial.
La política no es fútbol. Sólo unas veces cuando revisan resultados se parecen. Sólo en esos momentos.
Confusión total
Pero si la política vive en esa confusión, también el resto de la sociedad se enreda en la misma madeja. El periodismo, en primer término, que anda corriendo detrás de las fotos o de las explicaciones de los actores olvidando los valores de la política y los que exige la sociedad. En la necesidad de verlo todo como el partido de fútbol, aparecen los periodistas militantes de uno y otro lado, desvirtuando el verdadero rol de la prensa.
Y ni hablar de la Justicia. Tal vez imbuidos por el espíritu barrabrava en Tucumán, los magistrados Carolina Ballesteros y Dante Ibáñez terminaron peleándose entre ellos y diciéndose improperios durante una audiencia. “No sea autoritario, señor Ibáñez. No me cierre la palabra. Usted es un autoritario y un guarango”, reclamó ella. Antes de salir de la sala el juez le respondió: “no todos tenemos problemas médicos como usted”. Fue una irónica alusión a que antes Ballesteros se había medicado por ser dependiente de la insulina.
Con este episodio propio de una película de Almodóvar se profundiza el deterioro institucional. La Corte Suprema deberá tomar una vez más cartas en asuntos que están lejos de la deontología del derecho. Para peor, en el máximo tribunal ya hubo un vocal que dijo que desconfiaba de una colega de la Corte. Así ocurrió cuando Daniel Leiva recusó a Claudia Sbdar. Un triste ejemplo que contribuye al desamparo ciudadano.
La política tiene oportunidades todos los días. Encontrar valores como el amor ayudarían a no dejarse llevar por pasiones incontrolables. Así Fernández podría entender que su mentira y su preocupación por disfrazar lo que ocurrió en el cumpleaños de la primera dama es mucho más trascendente y perjudicial para el país que el ilícito por el cual se lo investiga. E incluso, más que los comicios que se avecinan.
Será por todo eso que los debates son un fiel reflejo de la política: se puede ganar o perder, pero lo importante es todo lo que dicen y lo que dejan.








