La vuelta a la presencialidad no es exactamente un regreso a la normalidad que conocíamos. Los protocolos obligatorios en las escuelas hacen más lento el ingreso de los chicos. Suelen durar un cuarto de hora, más o menos, entre que los alumnos llegan y se quedan esperando a que les toque el turno de entrar. El paso es de a uno y el horario es escalonado, por secciones, con diferencia de algunos minutos. Si bien adentro de los establecimientos todo es ordenado y controlado, a veces, afuera se producen aglomeraciones, en la vereda, que rompen con el sentido del protocolo.
Para los padres que ofician de “remiseros”, que van y vienen con hijos propios y ajenos, el ingreso escalonado es una complicación porque están con los minutos contados. Las actividades que se suman con la presencialidad no son pocas: escuelas, instituto de inglés, academia de danza, club de fútbol, casa de los abuelos, cumpleaños, tarea en grupo, psicóloga, fonoaudióloga ... Hay chicos que hacen de tres a cinco actividades en la semana y que se desplazan en distintos horarios. “Los padres ya estábamos bastante desacostumbrados a este ritmo que no teníamos desde marzo de 2020”, reconoce Valeria Pache, mamá de tres niños, cuyo auto es un verdadero remise con seis u ocho desplazamientos diarios.
“El problema no es llevar a los chicos. La gran complicación son los protocolos. No se puede dejar en la vereda a un chico hasta que le tomen la temperatura y le pongan el alcohol en gel, necesariamente hay que esperarlo. Pero uno tiene otros chicos más para dejar”, plantea Alejandra Gauna, con dos niños en la primaria y tres en la secundaria. “Han hecho una presencialidad muy hostil para los chicos. Por eso entre los papás nos organizamos para ver quién los puede llevar al colegio y quedarse hasta que ingresen”, explica.
“Yo tendría que haber sido Uber y sería millonaria en este momento”, bromea Eli Rodríguez. Ella tiene una hija en la facultad, otra en la secundaria y un niño de 10 que va a la primaria. Pero, además, mientras ellas también van a ballet y a inglés, él concurre a la psicóloga y al fonoaudiólogo. “Como no me dan los tiempos para ir y volver tantas veces, a mi hijo lo espero en el auto a que termine su sesión. Lo mismo hago con mi hija cuando la llevo a Educación Física, que hace en un club. Mientras los espero aprovecho para hacer la planificación de la semana o leer un libro”, dice con resignación. “Si mis chicas van a lugares opuestos y a la misma hora, por lo menos las dejo en la parada del colectivo, así me quedo más tranquila, por la inseguridad”, comenta. Eli tiene además su propio horario laboral, es docente. “Siempre aviso que me voy a demorar cinco minutos hasta que mi hijo entre al colegio”, aclara.
Para Valeria Lix Klett el retorno fue muy favorable. Su colegio pasó de la doble escolaridad a la jornada completa, con lo cual sus hijos se quedan a comer en el establecimiento. Un problema menos. Pero no se libra de los días en que sus hijos tienen fútbol, maestra particular y gimnasio.
Paola Gómez es mamá “remise” pero de a pie. Sus niños no hacen ninguna actividad extra, pero ella no para de caminar sus 13 cuadras de ida y vuelta al colegio: a las 7.20 lleva a su hija de 12 años, y a las 11.10 o a las 13, la busca. En el ínterin corre a dar de comer a sus hijos de 9 y 5 años y los lleva al colegio a las 13.45. El más chico sale a las 17 del jardín, pero a ella no le queda más remedio que esperar a las 18 a que salga el hermanito, para volver juntos. La nueva normalidad llegó para quedarse y los chicos la celebran.








