“La pandemia afecta la vida, pero la política sigue su curso”

El analista político Ignacio Labaqui advierte que en América Latina la tendencia que se acentúa es la percepción de que no se gobierna para la mayoría, sino para unos pocos.

Por Álvaro José Aurane 08 Agosto 2021

- Las campañas proselitistas, ¿cambiaron con la pandemia?

- La forma de hacer campaña había cambiado antes. Las concentraciones masivas habían sido reemplazadas por las caravanas. O por reuniones más reducidas. Pero me parece que a grandes rasgos las política no varió mucho. Tomemos como ejemplo, hace unos días, la despedida del ministro (de Salud) Daniel Gollan y la asunción de Nicolás Kreplak en la provincia de Buenos Aires. En algún punto, es como que todas las actividades y la vida se ven afectadas por la pandemia, pero la política sigue su curso.

- En pandemia, ¿se vota más o menos?

- Hubo elecciones en República Dominicana el año pasado, en el fragor de la pandemia, y hubo una caída de la participación. En Ecuador hubo una participación superior al 80%: ahí no cambió, pero el voto es obligatorio y la multa por no sufragar es muy alta. En elecciones provinciales en la Argentina, como en Misiones o en Jujuy, si se vio algo de caída en la participación. En Chile, la participación en la elección de constituyentes, que se realizó junto con la de los alcaldes municipales y gobernadores regionales, (la afluencia de electores) estuvo a tono con los últimos nueve años, desde que el voto es voluntario. De modo que la incidencia de la pandemia en este aspecto todavía es indecible. Y después hay casos como el de Perú, donde hubo un claro rechazo a los partidos y a la política en general. Cuando uno ve tanta fragmentación y tanto voto en blanco y nulo como allí, la abstención es un componente más. Y no sé cuánto se puede achacar al miedo de contagiarse y cuánto a las consecuencias socioeconómicas de la cuarentena.

- Se vienen observando cambios políticos en América Latina. ¿La pandemia los acentúa o vienen de procesos anteriores?

- Diría que vienen de antes. Incluso antes de la pandemia en varios países ya se habían producido cambios bastante profundos en el sistema de partidos. Brasil es un ejemplo con la elección de Jair Bolsonaro y con un aumento muy fuerte de lo que se denomina “la volatilidad electoral”, que consiste básicamente en observar la variación agregada entre una elección y otra respecto de cuántos votos tiene cada partido. En México, la elección de Andrés Manuel López Obrador también fue un cimbronazo para el sistema de partidos. En El Salvador con Nayib Bukele también se terminó el esquema de los últimos 30 años, entre un partido surgido de ex protagonistas del último golpe militar y otra agrupación que era una ex guerrilla. En Costa Rica, la elección presidencial de 2018 mostró un cambio: en primera vuelta ganó un “outsider”, un pastor evangélico (Fabricio Alvarado Muñoz, de Restauración Nacional) que tomó el voto de protesta contra el matrimonio igualitario. En segunda vuelta perdió contra el candidato de un partido relativamente nuevo (Carlos Alvarado Quesada, de Acción Ciudadana). Pero se acabó el bipartidismo entre el Partido de la Liberación Nacional y los social cristianos se acabó. Así que se ve en varios países que hay un descontento muy acentuado con la oferta partidaria.

- ¿Hubo un cambio de ciclo en materia ideológica o estos virajes son por el cambio de ciclo de los precios de los commodities?

- Yo diría que hubo un cambio natural en la democracia: la alternancia. Los gobiernos de izquierda de la primera década del siglo XXI se beneficiaron con el alza del precio de los commodities y dispusieron de más recursos para gobernar y más capacidad para sortear la crisis financiera global de 2008.2009. Pero, evidentemente, el agotamiento de esto y el desgaste propio de la permanencia en el poder, junto con la aparición de nuevos votantes y de nuevas demandas en la sociedad, plantearon nuevas opciones. Entonces uno diría que entre 2013 y 2015 se agotó ese giro a la izquierda propio de la primera década de este siglo. En algunos países se extendió la permanencia de la izquierda en el poder, pero ya no por medios democráticos. Nicaragua y Venezuela son perfectos ejemplos de ello. No fue muy distinto a lo que les pasó a los gobiernos reformistas de la década de 1990: cuando les tocó un contexto internacional algo más adverso, el electorado no se volvió repentinamente de izquierda o de derecha, sino que usó el voto como herramienta para castigar a los oficialismos.

- En tus estudios das cuenta de que, a partir de la falta de estabilidad económica en la región, cambió la percepción de los latinoamericanos sobre la democracia.

Sigue habiendo apoyo alto a la democracia, pero hay un menor nivel de satisfacción. Hay descontento hacia los partidos políticos y hay desconfianza hacia los parlamentos y hacia el Poder Judicial. Y hay una tendencia cada vez más acentuada: la creencia de que se gobierna a favor de unos pocos y no a favor de la mayoría de la ciudadanía. Y eso tiende a minar la confianza en el voto como herramienta de cambio. Esto coincide con la desaceleración de la economía latinoamericana durante la segunda mitad de la década pasada.

- ¿La prosperidad económica es una deuda de la democracia con los ciudadanos?

- El problema es el exceso de expectativas que a veces uno puede tener respecto de la democracia. La democracia es un conjunto de reglas, un conjunto de instituciones, que para lo que sirven es para elegir autoridades. Les fija cierto marco acerca de cómo pueden gobernar y le da margen a la ciudadanía para que, si está descontenta con la forma en que gobiernan, lo manifieste con el voto. Pero también se dice que “con la democracia se come, se cura y se educa”, como si él régimen (democrático) pudiera garantizar resultados materiales. Y la verdad es que eso es absolutamente contingente. No se desprende del hecho de elegir al Presidente mediante el voto, o de tener a un Congreso que representa a la ciudadanía.

- En tus análisis remarcás, también, que si bien hay una caída en la credibilidad de las instituciones de la democracia, también es baja la adhesión hacia opciones autoritarias.

- Sí. Pero también nos enfrentamos con situaciones paradójicas. Esto le permite a muchos gobernantes, que son prácticamente autoritarios, montar la farsa de que son democráticos por el sólo hecho de celebrar elecciones. Un ejemplo es Nicaragua. Dentro de poco habrá elecciones y la gente irá a votar, pero la mayoría de los candidatos opositores, ocho hasta el momento, han sido arrestados o están proscriptos. Entonces: no está avalada la participación de los militares dando un golpe de estado, como en el pasado, pero eso no impide tener estos procesos de “muerte lenta de la democracia” o de “autoritarismos competitivos”: autoritarismos que llaman a elecciones en las que hay una oferta plural, pero donde las chances de alternancia no existen.

- La creciente insatisfacción con las democracias, ¿cambia los sistemas de partidos?

- Es lo que se conoce como un proceso de desinstitucionalización de los sistemas de partidos políticos. La ciudadanía, en circunstancias normales, cuando está descontenta con el oficialismo vota algún partido de la oposición. Ahora, ¿qué pasa si hay alternancia, gobiernan el partido A, luego el B y después el C, pero los resultados son los mismos? Llega un momento en el que la ciudadanía dice “son todos lo mismo” y prefiere algún tipo de opción más radicalizada, que denuncia que A, B y C han traicionado al pueblo. Lo que a veces se etiqueta como “populismo”. Son figuras nuevas o personas que vienen de los partidos, pero compiten como “outsiders” antielitistas, antisistema, antipartidos. A veces, eso les rinde y les va bien.

- ¿Cómo se presenta el caso argentino?

- De momento, la Argentina parece más una isla respecto de lo que ocurre con América del Sur. Ecuardor y Perú tienen sistemas de partidos políticos débiles y eso se ha acentuado en las últimas elecciones. Hay otros como Chile, que tenían un sistema de partidos institucionalizados y lo están perdiendo. En Bolivia, el MAS (Movimiento al Socialismo) ganó las presidenciales cómodamente el año pasado, pero en las municipales de este año le fue muy mal. En Colombia las protestas sociales tienen a maltraer al gobierno de Iván Duque. La Argentina, y yo diría Uruguay, se muestran bastante estables en este mar de inestabilidad. Y nuestro país sobre todo, más allá del profundo deterioro económico que ya lleva más de una década, y que se acentuó en los últimos cuatro años y en particular durante la pandemia, pese a todo, presenta dos coaliciones que parecen seguir conteniendo al electorado. Y eso es algo bastante destacable. En las PASO vamos a tener algún indicio de si a la ciudadanía les gustan algunas figuras “outsiders”, que critican a los dos polos de eso que llamamos “la grieta”, o si la política seguirá girando en torno del Frente de Todos y de Juntos por el Cambio.

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