Juan Manuel Asis
Por Juan Manuel Asis 08 Agosto 2021

Veamos, ¿hacen falta códigos de convivencia política? No de la forma en la que se los promueve, porque la dirigencia muestra así la hilacha, no cabe esconderse en “prolijidades de ocasión”, cual si para obtener una banca haya que engañar a cara descubierta, disfrazar verdades o inventar chicanas ingeniosas. ¿Acaso no pueden convivir, señores políticos? Parece que les encanta chapotear en el barro.

Hay cierta despreocupación por proponer ideas para mejorar la calidad de vida de todos, sólo se apunta a denigrar a ese otro que les puede birlar un voto; claro, si es que este no miente con más sutileza a esos sufragantes anónimos que aún creen en la honestidad intelectual de los que llegan a ocupar espacios de poder. Esos mismos que se enamoran de él y al que se aferran como adictos.

El miedo a perder lo poco o mucho que se ha obtenido, material o no, los expone ambiciosos y desmedidos. Juegan con lo que estiman es la ingenuidad o la inocencia ciudadana, por no decir algo que algunas veces se escucha en las charlas de café, “la gilada”. Tal concepto despectivo respecto de cómo se mira al que decide quién lo representará es una actitud cuanto menos despreciable.

Nobleza obliga, no son todos -por suerte-, no es la mayoría, pero cuando esas son las características de los que ocupan los espacios más significativos de poder, los discursos no están destinados sólo a engañar al pueblo, sino también a degradar la acción política, porque se abusa de falsedades para inducir el voto. La democracia cruje con esta dirigencia política.

El sistema se debilita. Sin embargo, los supuestos inocentes desprevenidos advierten la falta de sinceridad. El descrédito no vino solo, ni es gratuito. Estalla en tiempos electorales. Están en el medio los que meten en la vida pública, se inmiscuyen en la acción política portando buenas intenciones, desinteresados, convencidos de que pueden mejorar la calidad de vida del prójimo, ideologizados o pragmáticos. Tal vez sean los menos, los invisibles, porque si es por los resultados se impone pensar que los que llegan a lugares claves no han servido para devolver la credibilidad a la política. Se equivocaron de ruta, se contagiaron, no lo supieron hacer, o sucumbieron ante las adversidades. O ante las tentaciones.

O se doblegaron ante otros poderes menos visibles, que actúan detrás de bambalinas, pero que necesitan de la política para defender sus intereses. De cualquier forma, unos y otros no hacen más que privilegiar su propio juego, donde el votante es un vehículo para sus propósitos. Al que hay que atrapar, seducir o engañar. Todo vale. Un instrumento al que hay que convencer, mintiéndole o disfrazando la verdad; endulzando los oídos con discurso creíbles, con promesas convincentes; el objetivo es persuadirlos de que son los mejores pero más que nada que los otros son los peores, los invotables. Es el esquema que predomina, la forma más común de ejercer la acción política, por eso se insiste en hablar de grieta, de división, de trincheras, de las dos orillas, de que se es blanco o negro.

Las batallas verbales para demostrar que tienen razón y que el otro se equivoca no tienen límites e inducir miedo es parte del esquema, o de apelar al orgullo patriótico negándole al otro la condición de un par que ha nacido en la misma tierra y bajo la misma bandera. ¿Se puede llegar al punto de negar la condición de compatriota al que sostiene otra ideología, creencia o valores distintos? Dónde quedó lo de la patria es el otro, o de que para un argentino no hay nada mejor que otro argentino.

A no ser que desde algún centro de operaciones oculto se esté influyendo sobre las conductas de la dirigencia, cabe pensar que algunos referentes no saben otra cosa más que ofenderse para conquistar electores. Pero también para acercar a aquellos que quieren ratificar sus pensamientos, sus creencias sobre el adversario, sobre ese enemigo al cual no hay que tenerle piedad, misericordia o un poco de benevolencia.

Este proceso electoral, como todos los de los últimos lustros, viene sacando lo peorcito de la política, se entiende así entonces por qué tratan de imponer códigos de convivencia. En una sociedad civilizada, con dignidad y rasgos éticos, no harían falta. Pero lo hacen para que no se enfrenten entre los propios, los de una misma trinchera, para que no caigan en la trampa del manual de la política donde al que compite por obtener el mismo espacio se lo ataca.

La imposición de tal código proselitista implica el reconocimiento del fracaso colectivo, pues está destinado a evitar que se usen las mismas armas degradantes para con los propios compañeros, correligionarios o camaradas de ruta. Toda una admisión de que la política no es lo mejor que se practica en el país. ¡Ojo, entre nosotros no, eh, con los otros sí! El otro. Los palos tienen que ser para el que forma parte del equipo contrario, no para los subgrupos del mismo círculo. Aunque algún chirlo se tiran.

Es lo que es esta primaria abierta muestra por lo menos en Tucumán; han aparecido líneas internas que se van a enfrentar en el oficialismo y en la oposición. Como no es posible convivir pacíficamente, ni siquiera entre los propios jugadores del mismo equipo, es que algunos promueven esta idea de apostar a la convivencia impuesta. Pero momentánea, hasta el 12 de septiembre; después cuando queden en pie los victoriosos; se profundizará el enfrentamiento verbal entre los hayan triunfado en cada interna abierta. Chau convivencia, que se vengan los palos.

Se volverá al cauce normal de la diatriba, al léxico guerrillero, al vocabulario de trinchera, como si el otro fuera un enemigo a destruir, despellejar socialmente, destruirlo moralmente, presentarlo de la peor manera posible. Debe ser el monstruo frente al electorado, no puede parecer confiable, porque eso restaría votos en la propia carpa. El otro es el abominable, el que quiere destruir la república, el que la quiere vender, el que se quiere apropiar de los recursos para enriquecer a unos cuantos; el que privilegia intereses de tal o cual grupo; no hay términos medios, buenos o malos, de los dos lados.

¿Por qué se habrá llegado a este punto en el que la única forma de hacer política es denigrar del otro? ¿No hay otras formas razonables e inteligentes de abordar la acción política? ¿Se subestima al ciudadano, al que tiene que elegir entre las diferentes opciones?, ¿o es que no creen que el que debe elegir merezca mejores opciones de las que hay? ¿Será que no están convencidos ni siquiera en sus propias intenciones?

La democracia es el mejor sistema, pero ofrece flancos que lo debilitan y que han sido aprovechados por lo que usufructúan de esta forma de vida en sociedad. Sea quien sea el que llega al poder, siempre arrecian las denuncias de corrupción, sean liberales o no, peronistas y antiperonistas, radicales o lo que sean. La condición de ser político que se alcanza parece que los convirtiera en lo que no tendrían que ser para asegurar el bienestar general. No debería ser así la película, pero parece que en el país, en la provincia, o en cualquier municipio, no se conoce otro argumento que el de apostar a la fractura, al quiebre, al desconocimiento del otro para surgir.

No hay debate de ideas en las calles, en los cafés ni en los escenarios de multitudes, sino cruces de chicanas ingeniosos. Faltan propuestas, se multiplican las promesas de un futuro mejor, las apelaciones al sentimiento, a la pasión partidaria, a la emoción, pero no a la razón. Apelaciones al corazón; una forma de subestimar al votante. A ellos no se les está pidiendo un apoyo limitado sino una adhesión sin condicionamientos. Una falta de respeto.

Tal vez en el gen argentino, el de la viveza criolla, es el que sigue imponiéndose, el que premia al pícaro, al que hace la mejor chanza, la mejor burla, al que se presenta más astuto frente al rival porque lo minimiza mejor.

Por eso la dirigencia sólo se preocupa por profundizar la grieta, porque sabe que ese terreno es el más fértil para abonar con discordias y sacar mejor provecho, porque sabe que la ciudadanía una vez se volcará por una lado, otras veces por el otro. El péndulo alguna vez les tocara en suerte, no porque hayan hecho bien las cosas, sino porque el otro las hizo peor. Y así hay que mostrarlo.

Le dicen alternancia democrática, tal vez sea hartazgo ciudadano o cansancio de que les estén mintiendo y le den un voto de confianza al que creen el menos peor y por lo tanto le den un aval. Mientras se siga eligiendo el mal menor y los que están arriba crean que los votan porque han sido más efectivos en pintar peor al otro -y que por eso han sido elegidos-, se irá debilitando al país.

¿Cómo se cambia este modo de hacer política? ¿O se lo frena? Será difícil, pues están tan arraigadas las costumbres, y tan enamorados algunos del método agrietador, que el país parece condenado a continuar empeorando sus índices sociales, que son los que deberían preocuparse por modificar los que llegan a los principales espacios de poder.

Que el país tenga la mitad de su población en condiciones de pobreza sólo habla del fracaso de un método de hacer política; donde la preocupación pasa por deslegitimar al otro, por someterlo y defenestrarlo.

Se están exponiendo en este proceso electoral, como en los de antes, las mismas metodologías. Así los resultados serán anecdóticos, porque la conclusión de la historia será que el ciudadano habrá elegido otra vez al menos malo de todos; porque toda la dirigencia se preocupa más por exponer como peor al rival que por mostrar sus propuestas para mejorar las condiciones de vida de todos. Así nadie se salva, todos son malos.

Revertir esta costumbre arraigada será difícil; un verdadero desafío. Será porque los que practican y viven de la política no se atreven a aceptar el reto y porque lo más cómodo es apostar a la grieta. Así se mantendrá viva la espiral de degradación social. Por el miedo a cambiar el método.

O por el miedo a perder los privilegios conseguidos a costa de convencer, cuando no engañar, a los que convalidan o truncan continuidades. ¡Qué tan difícil será ponerse de acuerdo en unos cuantos puntos básicos para mejorar la calidad de vida de todos¡ Y sí, parece más fácil dividir. Toda una ingenuidad colectiva. Porque al fin y al cabo todos están en el mismo barco. Y condenados a convivir.

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